
Arrierías 105
Luis Carlos Vélez
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Es sábado. Madrugué con mi hermano mayor, Romualdo, que no para de alabar el juego de Omar Pérez, a comprar las boletas para el partido entre mi equipo del alma y los leoncitos rojos del Santa Fe.
Hoy domingo camuflo mi chuzo; entre pecho y espalda, mi gloriosa camiseta azul… azulita; la mejor que tengo. Mi hermano no sospecha la bronca que siento cuando se pone la suya y toma otro rumbo para ir al estadio.
Aunque conozco su respuesta y que con ella me encalambra, le grito furioso:
¡Cámbiala por la mía! ¡Te la regalo con el alma! ¡Güevón!
Óscar, respétame, no me importa la camiseta que lleves, me importas tú, hermanito.
Vivo al sur de la capital, en un peladero de invasión. Verraco con mi hermano, cruzo las calles sin pavimentar de mi barrio, por entre ranchos de cartón y cantinas de mala muerte, donde le dan y le dan a la música de despecho que se encarga de no permitir el olvido de los pesares, la prostitución y el machismo. Llego a la plazoleta en una de cuyas esquinas, frente a la iglesia del Buen Pastor, queda la ventanilla donde compramos gaseosas, cigarrillos, cerveza para las chicas y aguardiente. Los míos, los azules, no caben en sus pantalones y ellas se quieren salir de los suyos.
El jefe de mi barra grita: ¡Vamos muchachos, por la Caracas y en la cincuenta y siete volteamos!
Recorro las calles rumbo al estadio y empiezo a soplar la yerba que ayuda a dejar atrás las miserias de mi casa. Me olvido de ellas por esta tarde y paso por entre edificios con ascensor panorámico, almacenes con ropa de marca, y sueño que entro con mi chica a los clubes de entrada restringida. El guaro de contrabando que bebo con mis barristas sabe a dulce y enloquece mi cabeza; hago escándalo y, mientras agito la bandera estrellada que me regalaron los patrocinadores de la barra, esos mismos que nos pagan para comprar la dosis y crear desorden, pido a Dios, si es que existe, se atraviesen en el camino los rojos para darles chuzo.
Lo mejor de la vida, el relajo, meter ruido. A dos cuadras del Campín, soplo un poco del cacho que pasa de mano en mano. A la puerta, la fila es tremenda. Los compadrazgos entran en escena y quienes madrugaron para guardar puestos a sus amigos, se enfrentan a quienes los amenazan o se van a las manos y aparecen las trompadas. Los tombos, indiferentes, observan y ríen mientras no asome un arma. Me esculcan; pasan sus manos por mis costillas, cintura, me tocan las nalgas y como siempre, no encuentran nada; cómo les gusta a las tombas tocar las tetas y culos de nuestras amigas. Mi barra sube corriendo y metiendo ruido por las escalas que llevan a las tribunas. Los vendedores en sus puestos de fritanga, hamburguesas y perros calientes, se asustan, pero siguen atendiendo a la clientela de su comida chatarra. Ya en las graderías, estrujo y madreo a todo mundo, mientras atropello y paso por encima de quienes se atraviesan en mi camino hacia el sitio escogido por la alcaldía para mi barra. ¡Millos! ¡Millos! Grita a coro mi barra, y se me enciende el alma.
Aullamos, ladramos, hacemos gestos obscenos y amenazantes a quienes nos rodean. Los viejos se intimidan y las viejas se santiguan. Meter miedo es bacano. El estadio, esa olla grande donde hierven las pasiones está a reventar. ¡Que viva, mi ballet! Deliro cuando veo salir a mi equipo al trotecito hacia la cancha. ¡Lo máximo! Sentarme entre azules, me excita y grito: ¡Qué viva Millos!
Al frente diviso la barra de mi hermano y espero y sueño patearlo cuando llegue a casa. Hemos tenido más de un tropel, pero no cambia, es terco el muy malnacido.

El pitazo inicial y el estadio ruge, se agitan las banderas y se mezclan cantos e insultos entre las barras. La pelota va y viene. La tienen los rojos, la quitan los azules; un cabezazo, un tiro al arco, una atajada… mis azules disparan y los rojos la tiran a la esquina; un banderazo, saque de banda, fuera de lugar; rojos y azules se estrujan y patean para luego darse la mano, y así, hasta cuando el árbitro, ese vendido hijueputa mete su mano y se inventa faltas contra mi equipo hasta robarnos el partido: deja de pitar un penalti, dos tiros libres, además no aplica dos leyes de ventaja, y en la única jugada de contraataque, los rojos la meten por una falta contra Luis Carlos Arias… cobra Omar Pérez y la clava por los noventa, al rincón de las telarañas. Ni Higuita ni el diablo la atajaban. Nos ganan a punta de pito; cuando Millos avanza el árbitro inventa faltas a nuestro favor con el único propósito de cortar el juego de mi equipo y permitir que la defensa roja se arme. De sobremesa, no da tiempo adicional; suena el pitazo final y perdemos uno-cero, por culpa de un árbitro malparido.

¡Árbitro hijueputa! ¡Árbitro vendido! ¡Árbitro rojo!, rugen a coro en las tribunas las barras azules.
Las rojas gritan, se burlan de las azules, que lloran, muerden la derrota y juran desquite. Las medidas de seguridad solamente son aplicables en el estadio. Una vez en las calles, la venganza asoma. Nada gana mi general bigotudo con ordenar a las barras rojas que salgan una hora antes que las azules para evitar problemas. La pelea con los rojos es para toda la vida, a cualquier hora y en cualquier lugar. Pensar que mi barra pueda enfrentarse a los rojos, me excita. Nos acaban o los acabamos. Es la consigna, pero esta vez parece que me voy en blanco, ningún rojo se atraviesa.
Entre desórdenes y protestas desando las avenidas de la ciudad y los barrancos de mi barrio. Los transeúntes huyen, se esconden. Los taxis corren a mil y los Trans-Milenios pasan de tiro largo por temor a las pedreas. Me separo de la barra y me soplo la última dosis que me queda. Estoy verraco; no hago más que pensar en el partido, en las oportunidades de anotar de mi equipo del alma y en lo que nos hizo el árbitro malparido; quiero desquitarme, trompearme con mi hermano y como no llega, me pongo de carriel a mis hermanos y hermanas. Enciendo la radio a todo volumen, pateo las sillas desbaratadas, tiro la comida servida contra la imagen del Sagrado Corazón de Jesús; pateo a mi perro que entre gemidos escapa; mi vieja mira aterrada, mi desorden y locura.
Es solo un partido, Romualdo…, deja hijo tanta grosería contra tu hermano…
Nada, nos robaron y voy a acabar hasta con este nido de la perra…
Mi viejo aparece borracho:
Lárguese y no joda aquí…
Me echa a la calle. Que me vaya a poner problemas a otra parte. Antes que siga su cantaleta, salgo maldiciendo y doy un portazo. En la esquina encuentro varios amigos azules; comentan que en un barrio vecino le dieron chuzo duro a un rojo. Una hora después, todavía con la bronca viva, regreso.
No escucho nada; todo está en silencio. Busco en las dos piezas y descubro que mi padre duerme en el colchón hecho de plásticos y, por miedo a mis amenazas, el resto de mi familia huyó por esta noche del rancho de cartones. Con la traba me importa un bledo. De malas digo por el muerto que dicen mis amigos. Las barras rojas cubrirán con banderas el ataúd; jurarán venganza, pero nada de nervios; lo mejor, tienen uno menos. Me siento a la puerta a esperar y Romualdo todavía no aparece. Hace frío y empiezo a recordar los partidos que jugábamos en la manga, sus palabras suaves, las que ahora, casi de madrugada, y con este frío tan teso, me encalambran.
Octubre 18 de 2010

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