Edición 105

NOSTALGIAS DEL ACETATO

By 10 de enero de 2026No Comments

Arrierías 105

Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo

La nostalgia, ese hogar de regreso. Estoy en el centro de Armenia. Me dirijo al negocio más espontáneo, informal y con una tradición muy singular para los melómanos. Un local público, sin puertas, protocolos ni mobiliario. Un negocio de unas cuantas horas, pero que jamás cierra para los transeúntes. Allí no hay auxiliares, certificados de comercio, facturas, ni Iva. Mucho menos avisos ni bienvenidas. Su publicidad es un pequeño muro donde se expone, en orden espontáneo, su mercancía de nostalgia. Su aviso más destacado son las carátulas descuidadas de ídolos pasados de moda. Saludo a “Mechas”, el vendedor más legendario de discos de vinilo de la capital del Quindío. Esta vez me tiene guardado tres discos de mi gusto: Joven y activo de Paul Anka, Selección de canciones de los Tres Reyes del sello RCA Víctor y Canciones a Latinoamérica de Los Chalchaleros. Me dice que hoy tiene música nueva, ya que unas señoras de Sevilla, Valle le trajeron música de los años 70s. Me muestra con entusiasmo, pero hoy sólo me llevo estas pequeñas joyas musicales para soñar esta tarde.

Un día escuchas una canción en acetato y regresas a lo más común y universal que tenemos los humanos: la nostalgia. Suenan esas letras que ni siquiera recordabas, “esa insaciable sed de memorias” que describía León Tolstoi. En ese presente de una melodía olvidada, volvemos hacia nuestro pasado. Regresamos a momentos sagrados cuando suena ese estribillo, esa voz única que nos lleva a ese lugar o momento inolvidable de la infancia o la juventud. Como aquella frase de Miguel de Unamuno “Vuélveme a la edad bendita en que soñar es vivir”. Sonidos melódicos que no se pueden explicar con palabras, pero que al sentirlos nos regresan a esos paraísos perdidos que nos atarán por siempre a la nostalgia.

II

Hace más de quince años colecciono discos de vinilo. Es una paradoja, mientras tengo acceso a millones de canciones de forma ilimitada con un solo clic, elijo un disco en forma física que tiene un límite de canciones, sin la posibilidad de saltarse ninguna. Quizás al elegir este tipo de música, estoy asistiendo al ritual primigenio de los primeros reproductores de sonidos: encender el tocadiscos, sentir el disco al tacto y escuchar el roce de la aguja entre los surcos del vinilo. Esta ceremonia nos conecta con la nostalgia. Llegar a casa y elegir un disco de la Sonora Matancera o Julio Jaramillo es sentir el ambiente de los bares y cantinas que veía, de niño, en los pueblos cafeteros de mi región. Al elegir un disco de acetato asistimos a una experiencia tangible y profunda con la música. Podría también enfatizar sobre las carátulas de estos vinilos. Hoy, muchas de ellas, son íconos que se elevaron a nivel de coleccionistas y melómanos. Carátulas de los Beatles, Pink Floyd, Los Rolling Stones, ídolos del Jazz y grandes clásicos universales, se convirtieron en piezas sobrevaloradas y de gran valor económico. Me encanta la ceremonia de escapar al frenesí de esta época y detener las prisas. Sentir que el tiempo se hace más pausado entre disco y disco. Escuchar estas piezas musicales requieren de atención y escucha, cierta actitud de melancolía. Detener el frenesí del presente y revivir un pasado habitado de saudades.

III

El negocio de José Ever Serna o “Mechas” empezó en una de las calles de la ciudad. Inició tomando fotos con una Canon 250. Tiempo después, el hijo de un fotógrafo reconocido le vendió un archivo de negativos y fotos de la antigua Armenia. En un andén de la calle 20, las empezó a colocar a la vista del público. Con la novedad de estas imágenes vivió por un tiempo. Pero al no tener más fotografías, su negocio se vino a menos. Un día le dejaron un paquete de discos en acetato para revenderlos y así comenzó su actual negocio. Su local de exhibición es el corto muro de un edificio esquinero; allí sus dueños lo aceptan con gentileza. Desde hace trece años abre su espontáneo local. Hoy es reconocido por los demás comerciantes y los habituales transeúntes que aprecian su arte y dedicación a esta cultura de la nostalgia.

El gusto por la música antigua es parte de su pasión, la valora “por sus letras hermosas y sus melodías”. Rechaza la música popular y urbana de hoy por su vulgaridad y sus mensajes de violencia. A pesar de tener una amplia colección de boleros, tangos y baladas de los años 60, s y 70, s, prefiere los clásicos del rock como Super Tramp, Kiss, Rolling Stones, Queen, Pink Floyd, Air Supply y los Beatles. Sabe que muchos jóvenes vienen a comprar discos de salsa clásica y rock de las bandas clásicas. Pero estas piezas son escasas y costosas porque los coleccionistas no salen de ellas. La mayoría de sus discos los adquiere por personas que llegan a dejarlos porque están “encartados con ellos” o no tienen espacio en sus casas. También viaja a pueblos cercanos por recomendaciones de compra. Sabe que sus clientes “Vienen por la nostalgia del disco físico. Mucha gente culta está pensando en esta música por las letras y su significado, vienen por el recuerdo de trasladarse a los lugares de su infancia y juventud”. Con orgullo dice que este oficio del rebusque le “enseña a ser culto”.

IV

Alguien llega a su casa, enciende el tocadiscos y escoge, al azar, un álbum de son cubano o baladas de Air Supply. Escucha esa canción, que no recordaba, pero que conoce demasiado bien. Se trata de una melodía que sonaba sin parar aquel año que se enamoró. Recuerdos de noches de rumba en aquellos años de universidad o con viejos compañeros de oficina. Bien lo decía Óscar Wilde: “El arte de la música es el más cercano de las lágrimas y los recuerdos” Las canciones nos llevan al lenguaje más universal de las emociones. Una expresión que no se puede explicar, pero que se vive en un silencio interior, en nostalgias de lo que extrañas y quizás no regrese.

Vivimos tiempos frenéticos, con formatos digitales y electrónicos que cambian sin cesar. Todo se vuelve anacrónico por el consumo desmedido, con un clic puedo acceder a la totalidad de lo digital. Ante este incesante progreso, este ritual del vinilo se convirtió en un acto de resistencia cultural. Esta ceremonia física, tangible y personal de sentir la calidez del acetato, apreciar la carátula del artista favorito, contemplar su rostro inmortal, su atuendo anticuado y escuchar su voz sin envejecer, es una conexión única con el pasado. Escuchar como cruje la aguja en el redondel de los surcos del vinilo es quizás una experiencia de inmersión única y romántica para estos tiempos donde los objetos se usan y tiran al poco tiempo. Neil Young, el gran solitario del rock, dijo sobre el disco en vinilo, “captura el alma de la música de una manera que ningún otro formato puede lograr”. El tocadiscos nos permite oír un pasado, evocar épocas donde fuimos felices y no sabíamos. En una época de dispositivos y entidades sin rostro, multinacionales que expenden entretenimiento masivo, hacer esa pausa y concentrarnos en esta esencia, es reencontrar una espiritualidad personal. Entre las letras de esa vieja canción que suena en nuestro presente, encontramos un pasado que niega su rostro.   

V

Miguel de Unamuno, implorando a Dios le decía: “Vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar “. En muchos de los discos de mi colección, descubro nombres de personas, dedicatorias de amor, despedidas con dolor, fechas y lugares. Firmas y nombres para demarcar una efímera propiedad en el tiempo. Algunos con nombres de antiguos bares y tabernas, quizás no existentes hoy. Pienso en las historias de cada disco. De quién prometió un amor para siempre. De quién lloró por una pena o rompió un alma. De quién se sintió inmortal en un abrazo y dedicó una canción. Cuántas almas y sombras habitan en estas caligrafías que buscaban permanecer y hoy no están. Es bello y nostálgico pensar en el envés de estas carátulas, en las huellas de recuerdos que las acompañaron. Al dejar rodar la aguja sobre el disco, estoy dialogando con una o dos generaciones de melómanos anteriores. Me encuentro en un espacio íntimo que conecta con mis años de juventud.  Al bajar el brazo de la aguja lectora sobre el acetato, evoco mi niñez en los bares de mi pueblo, mientras sonaban tangos de arrabal y música de carrilera. Allí entre cafés, billares y canciones montañeras, la nostalgia de lo atemporal me salva del frenesí actual.

VI

Aliosha, un personaje de Los hermanos Karamasov, decía que lo esencial que podía dársele a una persona en su infancia era “un recuerdo sagrado”. Una evocación de un tiempo feliz. Hoy, cuando los dispositivos reproducen infinitas músicas, cuando el frenesí de las tecnologías trae cambios cada vez más radicales, cuando nadie puede predecir hacia dónde nos llevará esta apuesta sin límite de lo digital, encontrarme de nuevo con José Ever y su colección anárquica de discos, puestos sobre improvisado local, me detiene en una memoria más atemporal. Ver y tocar estos vinilos, me llevan hacia una forma de vida que se niega a desaparecer, a consumir y desechar. Estos objetos físicos me recuerdan que el pasado está escrito para ser ese camino que nos iluminará en los años de oscuridad. A conectarnos con esas memorias que se niegan al olvido. En un lugar cualquiera, un joven estará acariciando una antigua carátula de Pink Floyd o una chica contempla el rostro eterno de Roberto Carlos, mientras piensa en los primeros amores de su madre o su abuela. Así son estas nostalgias de la música en acetato.  

Carlos Fernando

Nació en Quimbaya, Quindío, en 1967. Su ejercicio académico e intelectual lo equilibra entre dos oficios: la docencia y el trabajo de taller. Se licenció en español y literatura y se especializó en Enseñanza de la Literatura, en la Universidad del Quindío. Es Magíster en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, director del Taller de lectura y escritura Café & Letras Relata Quindío desde el 2006 y coordinador del programa literario Club de lectores Letras Mayores, Biblioteca Comfenalco Quindío, desde el año 2013.

Carlos Fernando ha sido catedrático de literatura en las universidades del Quindío y Tecnológica de Pereira. Además, es docente de secundaria, dirige y asesora talleres de escritura creativa en Red Relata del Ministerio de Cultura. Dirigió el Club de lectores Letras Mayores en la biblioteca Comfenalco. Como editor ha compilado los libros Narrativas en movimiento (I, II y III), del Taller de lectura y escritura Café & Letras Relata Quindío; allí selecciona los trabajos literarios de quienes han sometido sus textos a revisión en los talleres de escritura creativa. Uno de esos libros fue publicado en 2014 con la colaboración de Nancy Ayala Tamayo, bajo el título Crónicas oficios perdidos del Quindío: antología del taller de escritura creativa Relata-Quindío.

Algunos reconocimientos otorgados son: Finalista del Concurso de relatos de viaje Moleskin en Madrid, España, en el 2016, y en varios concursos de cuento y poesía regionales y nacionales; Ganador del concurso nacional de cuento Red Nacional de Talleres Relata, Ministerio de Cultura, en 2017 y del Concurso regional de cuentos hiperbreves Comfenalco Quindío, 2019; Capacitador de docentes en el Gran Caldas del Concurso Nacional de Cuento RCN y Ministerio de Educación Nacional. También ha sido jurado del Concurso de cuento RCN y MEN.

Carlos Fernando es autor de los libros de poesía Ensambles (1990), Geografías interiores (1996), Territorios (1998), Trazos de ciudad (2006). Como ensayista publicó La poesía en el Gran Caldas – Estudio crítico (2010), un amplio panorama de lo que ha significado el cultivo de la poesía en el occidente colombiano.

Total Page Visits: 23 - Today Page Visits: 23

Leave a Reply