
Arrierías 106
Luis Carlos Vélez
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No tenía de sobra para ir en bus a cumplir la invitación. Recontó las monedas, las acarició y, decidido a caminar cincuenta cuadras hasta la sinagoga, las volvió al bolsillo. Calculó tiempo y distancia para no llegar tarde, y salió de mala gana de su casa.
Quizá porque sus parientes cercanos no encontraron cómo inyectarle sus creencias religiosas, aprovecharon su amabilidad y poca disposición para entrar en disputas, para invitarlo al bautismo del niño que por esos días recién alegraba uno de sus hogares.
Decidido a evitar nuevas sugerencias y por “quitárselos de encima”, aceptó; pidió la dirección donde se llevaría a cabo la ceremonia, pero puso por condición que asistiría sin compañía.
Recordó que la noche anterior tuvo dificultad para conciliar el sueño, y esperó el amanecer imaginando la fatiga de la caminata hasta el templo, las miradas inquisitivas ante su presencia inesperada y, peor: sin saber por qué (¿lo tentaba el diablo que anda como dios por todas partes?), entrando a la boca de un lobo.
Había una silla vacía y, al sentarse, su cabeza rozó el cuadro que contenía una cita bíblica. Por educación, reprimió el impulso airado de levantarse para descolgarlo y ponerlo en el suelo. Prefirió alejar la tentación y se entretuvo en observar con atención: el tapiz persa que separaba las sillas en dos hileras, el libro sagrado sobre el atril de madera, los pasos lentos y respetuosos de los invitados que hacían fila para poner sus regalos sobre la mesa o en el piso embaldosado, y en los arabescos del altar.
Confrontó cuanto sabía sobre sinagogas y encontró que las coincidencias eran pocas. Enderezó la espalda y otra vez el roce con el cuadro; apretó los labios y maldijo en silencio.
Aplaudió la puntualidad de los congregados y rechazó el retardo del rabino que, apenas apareció, subió al estrado, sonrió y, después de saludar a uno y otro lado, se cubrió despacio con el poncho de adornos azules que descolgó de una puntilla dorada. Luego desvió la mirada hacia la dama que, apurada por colaborar, subió al estrado para ayudar al rabino a colocarse el pequeño gorro en el sitio preciso de su coronilla de escasos cabellos.

Aunque era su primera vez, le pareció extraño que el rabino se preparara ante el público. Preguntó en voz baja a su vecina y supo que el gorrito y el poncho se llaman kipá y talit.
Después del largo rato que tardó el rabino en ajustar su indumentaria, paseó su mirada sublime por la sinagoga; preguntó a la familia por el nombre del niño y sonrió al saberlo.
A continuación se despachó con una prédica larga en donde solo callaba para beber agua. El recogimiento de los asistentes contrastaba con el comportamiento de quien, a medida que subía en su arrebato, mezclaba sentencias y versículos sin fin, hasta terminar su perorata.
Casi al borde del paroxismo, tomó agua, respiró y llamó al estrado a los padres del niño que, de pie junto al atril, y quizá sabedores de que les recalcaría sobre sus deberes, se cruzaron miradas, hicieron muecas con disimulo, y cambiaron mil veces la posición de sus piernas cansadas.
Terminadas las interminables recomendaciones, pidió que los padrinos le entregaran el niño, lo puso en los brazos de sus padres e inició otro sermón en que, por sus frases sueltas, chistes y citas sagradas, fue notorio su deseo de pasar del tono ceremonioso al amistoso.
Colocó al niño la kipá y el talit. Lo cargó de nuevo, lo abrazó, lo alzó, lo besó; tironeó suave sus mejillas hasta que por fin lo bendijo y bautizó al pequeño que pasó de gemir a llorar, de chillar a gritar, patalear y viceversa.
El invitado quiso correr la silla para evitar el roce del cuadro, pero se contuvo.
El rabino bendijo a todos, anunció el comienzo de la fiesta y, metido de lleno en su ambiente festivo, dijo:
“Ojalá en la casa celebren con mariachis, aguardiente y papayera”.
Los creyentes, aliviados y extrañados por el inesperado “chispazo” anímico del rabino, se miraron sonrientes y complacidos antes de abandonar las sillas, y de camino hacia los padres del niño, hablaron y comentaron en voz baja: “Tan chistoso nuestro pastor”. Luego, se abrazaron mil veces mientras el niño variaba los sonidos de su sinfónica orquesta vocal.
El rabino quitó la kipá y el talit al niño que, asustado, lo pataleaba, no solo a él, sino a quien se le acercara. Entonces, algo cambió en el ánimo interior del pastor: cuando descubrió que ya estaba a punto de caer en el enojo sin sonrojo, y por recuperar su compostura, contuvo las ganas infinitas de arrojarlo en brazos de los abuelos, y optó por la decisión salomónica de estrecharlos agradecido y besar sus frentes con ojos llorosos de felicidad.
A los padrinos y madrinas sonrientes les entregó su porción: sin escrúpulos los apretó con manos húmedas, frías; besó mejillas sudorosas de aquí, de allá y de acullá, y por último, se apartó de todos para sacar con disimulo el pañuelo que guardaba en la manga del traje ceremonial y, por no decir lavarse, se limpió las manos harto de tanto fastidio.
Esto no escapó a la meticulosa observación del invitado, que pensó sin escrúpulos: “Con razón evité su despedida y su beso en la mejilla”.
Acto seguido, no hubo vino ni galletas. En cambio, después del inesperado regocijo por la llegada de las bandejas repletas de pasabocas y el cuchicheo incierto, acabó la ceremonia.
El invitado, harto y cansado ya de tanto espectáculo ritual, se escurrió hacia la puerta y, antes de salir, se detuvo enfrente del cuadro que le causó tantas molestias y, elevando el mentón sin reverencia, leyó ensombrecido:
“Traed los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no, no os abriré las ventanas de los cielos, ni derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Malaquías 3:10.”
Frunció el ceño y, sin importarle nada ni nadie, salió del recinto sin mirar atrás.
En la calle, metió la mano al bolsillo y, al palpar las monedas, casi corrió al desandar el camino.
Mayo 17 de 2015

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