Edición 106

CRÓNICA DE OSKAR SALAZAR HENAO Y LAS MANOS DEL MUERTO

By 7 de febrero de 2026No Comments

Arrierías 106

 Pedro Luis Barco Díaz, Caronte

Disfruta y comparte con tus amigos esta narración llena de humor, misterio y emoción que te atrapará desde la primera línea.                      

Oskar Salazar Henao, sevillano. Político, escritor, ambientalista y magnífico intérprete de acordeón. Fue concejal, diputado y finalmente alcalde. Buen discursero, brillante en la réplica, aguerrido y valiente. Hoy, a sus 87 años, lúcido, vive en Cali, Colombia.

Sigue repitiendo que es más difícil ser acordeonero que alcalde:

—Alcalde, cualquier hijue****; pero acordeonista no lo es cualquiera. Hay que dominar tres sinestesias: la mano izquierda, la mano derecha y el fuelle. Tres destrezas al mismo tiempo.

Cuando fue alcalde de Sevilla, sintió que no contaba con el respaldo del gobernador Angelino, quien hasta entonces jamás había puesto sus zapatos en el Balcón del Valle. Por eso decidió hacerlo aparecer.

Pidió prestado a Francisco Cruz, conocido como Pacho Tablas y dueño de la funeraria, un primoroso féretro de abedul adornado con cristos, velones y candeleros. Encargó a Julián G, El Grifo, artesano, que modelara en cera el rostro angelical de Angelino. Y dispuso velarlo en el Concejo Municipal durante tres días.

Rafael Duque, hermano de Lizandro, regó la noticia por los alrededores del Congreso y la chispa prendió. Solo faltaban cinco minutos para enterrar al muñeco, cuando apareció el gobernador en el despacho del alcalde, acompañado por el doctor Orlando Riascos.

—Alcalde fabulista y mentiroso, ¡aquí estoy vivo!

Oskar se levantó de su silla y gritó:

—¡Milagro, milagro! ¡Resucitó el gobernador Angelino!

Pero hoy, amigos lectores, no corresponde relatar sus múltiples anécdotas y aventuras, sino compartir un suceso poco conocido, fantástico y profundamente emotivo:

En octubre de 1990, siendo gobernador del Valle Carlos Holguín Sardi, Oskar fue comisionado para atender un acueducto rural en una vereda montañera de Alcalá. Tras la refacción y limpieza con la comunidad, Rubiela Bacca, doña Rubí, matrona de autoridad, los invitó a su finca a almorzar frijoles con abundante garra.

En la cocina, Oskar vio un acordeón en su estuche, colgado en la pared. Preguntó por él. La señora respondió que había pertenecido a su hermano, músico de profesión en Bogotá, serenatero, fallecido diez años atrás.

Oskar pidió tocarlo. Ella lo bajó y se lo entregó. Apenas lo colocó en su pecho, sintió que una fuerza poderosa se apoderaba de él. Tocó, con una maestría que jamás había tenido, el hermoso valsecito criollo Luna de Arrabal, compuesto por Julio César Sanders (música) y Enrique Cadícamo (letra).

Doña Rubí, mientras tanto, no podía contener las lágrimas que se secaba repetidamente con su delantal.

—¿Por qué llora? —preguntó Oskar.

—Ese acordeón era de mi hermano. Todos los días lo pedía y tocaba esa misma melodía. Es como si lo estuviera tocando él.

Oskar agradeció, colgó el acordeón y se dispuso a partir. Pero la señora lo detuvo:

—No. Lléveselo usted. Mi hermano me dijo, horas antes de morir, que cuando llegara alguien que lo tocara con la misma maestría, se lo regalara. Así podría descansar.

Oskar lo aceptó, agradecido. Y hasta hoy asegura que aquel acordeón no lo tocó él, sino el muerto. Que fue el espíritu del intérprete quien puso la música en sus manos.

Oskar lo conserva. Aún lo toca todos los días, convencido de que en cada nota sigue respirando el alma del generoso difunto.

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