
Arrierías 107
Elio Favio Gutiérrez*
—
Temas de arriería.[1]
Cuando iba llegando al río, el arriero por la tarde
se olvidaba de las recuas, de enjalmas y cabezales,
y musitaba muy quedo: cuando el camino se acabe
abrazado a mi morena me despertarán las aves.
Arre mulita ligera que nos va a coger la tarde,
era un grito en son de queja, nacido de sus afanes;
arre mulita que ansioso, cuando el camino se acabe
me abrazaré a mi morena; arre mulita, arre, arre.
Los guarnieles y las fondas, las muleras y los arres,
solo están en la memoria de arrieros y caminantes.
Llevo en el fondo del alma como recuerdo inefable
el barro de los caminos y el verdor de los juncales.
Y una llamita de usencia que con mis recuerdos arde
hace brotar de mi tiple un nostálgico arre, arre,
y en las orillas del río los gritos y los afanes
del viejo arriero, mi abuelo, se renuevan con mis arres.
Arre mulita ligera: arre mulita, arre, arre.
—
Las alpargatas
Óyeme gringo pendejo, no te pongas alpargatas,
déjalas como han venido reservadas a los paisas,
que si alguien impertinente y desaliñado las calza
parece que le dolieran los caminos a la patria.
Una alpargata calienta en la más fría mañana
y refresca cuando abrasan bajo los pies las andanzas;
guarda secretos muy hondos de amores y serenatas
y recoge en sus pisadas los rastros de la nostalgia.
No mancilles la blancura natural de la alpargata,
caminante de otros lares, porque no tienes la casta
de los arrieros de antaño, ni la bravura del taita
que con el hacha en las manos canto un himno a la esperanza.
Careces de muchas cosas para calzar la alpargata:
te hacen falta los recuerdos, la magia de las montañas,
el barro de los caminos, ante todo, la templanza
que confieren los senderos sacrosantos de la patria.
—
Añoranzas de arriería
Se acabaron las fondas en los caminos,
del arriero callaron las rudas voces
que acosaban las mulas cuando la noche
prodigaba deleites de amor furtivo.
En las ferias del pueblo ya no se exhiben
con orgullo sincero aquellas enjalmas
que al lomo de las mulas llevaron lejos
maderas y recuerdos por las montañas.
En los empalancados, las alpargatas
ya no dejan sus rastros inconfundibles;
no hay clavijas de palo en los viejos tiples,
los cocuyos no alumbran las serenatas.
Han muerto poco a poco muchas palabras
como guarniel, madera, pielroja y piola,
delantal, herradura, clavo y navaja,
aguadeño, perica, fonda y vitrola.
Viejo arriero, no hables de sobornales:
dirán que no te entienden, que esa es palabra
que murió como mueren las tradiciones
añorando las trochas llenas de gracia.
—
*Elio Fabio Gutiérrez Ruíz (Tuluá 1948).
Normalista superior; licenciado en Pedagogía, Universidad del Quindío; magíster en Administración Educacional, Universidad del Valle; doctor en Pedagogía, Universidad Nacional Autónoma de México –UNAM–. Ex-Profesor titular de la Universidad del Cauca. Fue jefe del departamento de Educación y Pedagogía; decano de la Facultad de Ciencias Naturales, Exactas y de la Educación. Cofundador y codirector del Doctorado en Ciencias de la Educación de Rudecolombia. Ha sido profesor invitado en las áreas de historia de la educación, pedagogía y currículo por universidades del exterior. Par evaluador de Colciencias y del Ministerio de Educación Nacional de Colombia. Ha hecho significativos aportes en su especialidad en libros, revistas, conferencias y eventos en el país y en el exterior. 1
[1] Del libro “Rastros del silencio”. Elio Fabio Gutiérrez Ruiz. Unicauca, Popayán, 1999.

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