
Arrierías 107
Pedro Luis Barco Díaz, Caronte.
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En Cali y Buenaventura (y en todo el mundo) potabilizamos millones de litros que jamás llegan a la boca: agua convertida en champán para apagar incendios. Descubre en mi columna cómo la religión global de la pureza nos condena al derroche monumental.
En el curso de la civilización, la humanidad se enorgullece de sus adelantos técnicos y científicos; sin embargo, en esa carrera hemos acumulado errores dignos de figurar en el museo universal de las torpezas. Las sociedades antiguas veneraban al Sol y a la Tierra como divinidades —es decir, a la naturaleza misma—, mientras que el mundo moderno, armado de cálculo y soberbia, los redujo a simples mercancías.
El modelo dominante de la gestión hídrica, decidió potabilizar absolutamente toda el agua, como si cada gota que circula por nuestras tuberías estuviera destinada a un banquete de dioses; cuando, en realidad, gran parte termina en el inodoro, en el riego de césped ornamental o en el lavado de automóviles… todo para que suene la caja $registradora$.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que una persona necesita entre 2 y 3 litros diarios de agua potable para beber, y alrededor de 50 a 100 litros para cubrir higiene y preparación de alimentos. Sin embargo, muchas ciudades modernas potabilizan volúmenes que duplican o incluso triplican esas necesidades básicas por habitante al día, de los cuales solo una fracción mínima se destina realmente al consumo directo.
En Cali, Emcali potabiliza entre 8 y 9 m³/s —unos 700 millones de litros diarios—, lo que equivale a casi 300 litros por habitante. Sin embargo, el consumo real en los hogares apenas ronda los 140 litros, porque más de la mitad del agua, en las últimas tres décadas, se pierde en la red. Esa agua no se factura de manera individual, pero el costo de producirla se traslada a las tarifas, de modo que los usuarios terminan pagando por un sistema ineficiente. Si no hubiera pérdidas, bastarían unos 4,5 m³/s para cubrir las necesidades domésticas; y si la potabilización se reservara solo para lo vital, la ciudad requeriría apenas una fracción de esa producción.
En Buenaventura el panorama es aún más crítico: las pérdidas de agua potable se estiman entre el 80% y el 90% del agua producida. De cada diez litros que se potabilizan, apenas uno o dos llegan efectivamente a los hogares. El resultado es un derroche monumental de energía, químicos y dinero para convertir agua en apta para beber, aunque la mayor parte jamás se consume.
Y el problema no es exclusivo de Colombia: ciudades como Nueva York, París o Ciudad de México repiten el mismo ritual. Han convertido sus plantas de tratamiento en templos hidráulicos, donde cada gota se purifica como si fuese indispensable, aunque la mayoría termine en usos secundarios. Es la religión global de la pureza, un culto que transforma la técnica en exceso y la inteligencia en paradoja.
Lo lógico sería contar en los hogares con dos llaves: una de agua potable y otra de agua no tratada o reciclada, destinada a usos secundarios como riego, lavado de autos, limpieza de calles o descargas de inodoro. Aunque la inversión inicial sería alta, a largo plazo se reducirían costos, energía y emisiones. Japón ya ha implementado sistemas de doble red en varios contextos urbanos: una tubería lleva agua potable y otra distribuye agua reciclada para usos no vitales, logrando eficiencia económica, ahorro energético y menor huella de carbono.
Para Colombia sería más práctico, en una primera etapa, contar con dos llaves en los hogares: una de agua potable para lo vital y otra de agua no tratada para usos secundarios, ya que el reciclaje resulta costoso. Esta solución reduciría pérdidas, energía y gastos, evitando el absurdo de potabilizar lo innecesario.
En próximas columnas abordaré el caso del manejo integral del recurso hídrico en Cali y la región, ya que hemos hecho todos los esfuerzos para figurar en el Museo Universal de las Torpezas Hídricas. Y por favor, no olvidar: «Potabilizar hasta el agua del retrete es como apagar incendios con champán: un derroche disfrazado de progreso».

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