
Arrierías 107
Luis Carlos Vélez
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Observo desde la ventana del Instituto de Bellas Artes a una mujer que está ante la vitrina: mira una muñeca e imagino que realiza el siguiente monólogo:
“Cuando era niña quise tener una muñeca como esta. Su compañía hubiera consolado mis temores, aliviado mis horas de silencio en que, sumergida en la soledad de mi casa, llegaron a creer que había perdido la voz. Le habría hecho lucir hermosos vestidos, que serían la envidia de mis amigas por modernos y esplendorosos. La vida me negó muchas cosas; esta es una de ellas. Pero creo que no es tarde para mí, si intento disfrutar de su amistad”.
Ahora, como un juego creativo, para descansar de las preocupaciones inesperadas que me causan otros escritos, imagino que la mujer y la muñeca conversan; que descubren mi presencia y agradecen “su libertad” para compartir detalles “increíbles”.
—Hola, mujer, cómo estás de linda hoy.
—Me gusta compartir cosas.
—¿Y qué te parece si saludamos al hombre de la ventana para agradecerle nuestro encuentro?
—¡Pero qué ocurrencia la tuya, querida!
—La mía no, la de nuestro creador. Mira cómo escribe en su libreta.
—Parece divertirse con nosotras.
—Dejémoslo en su ventana.
—Dime algo de tu vida. ¿Cuál es tu nombre?
—Cuando el dueño quiere algo, lo oigo desde el sótano gritar a una de sus empleadas que baje por mí; ella obedece y, luego de abusarla, le pide que lo ayude a escoger las prendas que debo lucir; termina por ordenar: “Metan ese maniquí a la vitrina”.
—No puede ser.
—Es. El abuso… Aquí abajo escucho a las empleadas; comentan que algunos gerentes y patrones tienen por requisito que acepten sus insinuaciones para no despedirlas… Y tú, ¿cuál es tu nombre?
—Bueno, a ti te dicen maniquí y a mí: mujer, tráeme esto, mujer tráeme aquello. ¿Tienes padres, hermanos, hermanas?
—Solo tengo hermanas; aquí somos muchas. Puedes verlas en otras vitrinas. No conocemos a nuestros padres. Nacimos por millares en una fábrica. En el sótano permanecen desnudas seis de ellas, las desechables, las desbaratadas por el uso y el abuso, de las que el dueño dice que “no tienen remedio, hay que echarlas a la basura”. ¿Y, tú?
—Hija única. Cuando vivía en casa, mis padres y mis hermanos eran quienes me daban órdenes. Me casé y, por contrato de la iglesia y la sociedad, ahora me manda un hombre.
—Pero tienes quien te oiga; yo ni siquiera tengo a quien hablar.
—Afuera da igual, tengo voz, pero es como si no la tuviera, nadie me oye. Y tú, ¿vives aburrida en tu urna de cristal?
—Lo—lo que no acepto es mi “mundo” tan pequeño y ruin.
—¿Y si un día lo rompes?
—No está en mis manos. El cristal no es mío. Y tú, ¿qué haces afuera?
—Ya te lo dije, obedecer. Sufrir acosos, abusos disimulados. Soy un trofeo para mi esposo, su conquista, una más para mostrar.
—Y yo, como puedes ver, estoy peor: soy un adorno, al vaivén de los caprichos de mi dueño.
—Un dueño basta para perder la libertad…
—Espera, espera un momento.
—¿Qué ocurre?
—Mira hacia la ventana.
—Sí, lo veo. Hace señas con su mano…
—¡Oh, no! ¡Míralo, hace el gesto de cortar…, como si nos borrara!
—No puede ser.
—Puede. Mientras imagine, existimos.
—Despidámonos.
—Cuando desees, puedes volver a la vitrina.
—No es fácil. Si deja de mirarnos, volvemos al silencio. Al cristal.
—Ah, ¿él lo puede todo, igual que mi dueño?
—Sí, sí, poco más o menos.
—Entonces, nada que hacer. Chao. Me gustó conocerte, querida. Chao.
—Chao…
El vigilante me apura a salir. Cierro la ventana. Con un ínfimo punto termino. O creo terminar. Llegas tú, lector.
Y yo, el lector, disfruto que el autor descubra mi presencia.
Armenia, noviembre 10 de 2002

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