
Arrierías 107
Lilia Magdalena Osorio*
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El bus había partido aun en la oscuridad. Éramos 31 personas ávidas de naturaleza y amantes del senderismo. Mi compañero de viaje, por casualidad, era Jorge, un hombre de unos 75 años, delgado, de mediana estatura, que vestía pantalón de paño color café, chaqueta impermeable azul y botas de cuero negras —atuendo inadecuado para escalar una montaña—. Sus manos grandes y delgadas se entrelazaron para contar su historia. En el municipio de El Limón, departamento del Tolima, en el año 1951, Jorge, contaba 26 cadáveres que habían sido transportados en costales y los tiraban al río. Para ese entonces, solo tenía siete años y presenció macabras ejecuciones que quedaron grabadas en su memoria, según me contó, en el trayecto hacia el volcán El Machín en el Tolima. Una historia conmovedora a la que no pude sustraerme, llena de dolor e impotencia, pero también de una gran enseñanza de perdón y superación. Jorge es el ejemplo a seguir y tener como modelo en estos momentos en que el país se debate entre el odio y el rencor o el perdón, la reconciliación y la paz.
Después de los horrores que tuvo que ver y vivir en el Tolima y posteriormente en Caicedonia, retornó al Quindío con la mamá y los hermanos, donde se radicó y terminó su vida laboral.
Su padre, Florentino Aristizábal, natural de Pijao, Quindío, había llevado su familia al Tolima buscando nuevas oportunidades de vida, cuando sobrevino la violencia a consecuencia del asesinato de Gaitán. Como Jorge era el más pequeño, lo llevó a Caicedonia en el Valle, donde estaba su familia materna, para huir de la violencia reinante entonces en el Tolima. Desafortunadamente, Florentino fue asesinado en Caicedonia, un mes después, y Jorge tuvo que enfrentar la muerte a temprana edad. Era la época de la violencia bipartidista, en la que mataban a los liberales por liberales y a los conservadores por conservadores.
Los estudiantes de bachillerato debían alfabetizar seis meses y Jorge quería ser policía para vengar a su papá, pero desde muy pequeño tuvo raquitismo, como consecuencia de la mala nutrición y la pobreza, por lo que solo hasta los tres años, dio sus primeros pasos. Presentaba deficiencia en la motricidad y además sentía momentos de locura y depresión continua, razón por la cual no fue aceptado en la academia de policía en su primer intento.
Cuando llegó a quinto de bachillerato no pudo seguir estudiando y se fue como capataz de una finca. Pero, tras la insistencia de su mamá para que terminara los estudios, prestó el servicio militar dos años, no seis meses, que era lo usual para estudiantes.
Las manos callosas delataban su oficio, pero, aun así, le dieron la oportunidad de presentar los exámenes del quinto grado y matricularse para el sexto curso, que terminó con exámenes satisfactorios y consiguió graduarse de bachiller, para satisfacción de Agripina, su mamá.
Sentía rabia, odio y rencor por los militares, por lo que había visto en su infancia. Pero el cabo que lo entrevistó para ingresar a la policía, le habló con cariño y le cambió el odio por perdón. A los 16 años tuvo osteomielitis, lo que dificultaba notablemente su motricidad y debió abandonar la carrera militar.
Mientras escuchaba a Jorge, mis ojos se deleitaban con las montañas majestuosas que forman la cordillera central, coronadas de blanca neblina, donde el sol tímidamente, asomaba con sus primeros rayos dorados. El autobús subía por la empinada carretera produciendo un ronroneo particular como de cansancio, y el cielo azul claro, adornado con nubes de tul blanco, servían de marco para la ensoñación. A medida que el bus ascendía, la neblina se difuminaba y el paisaje se tornaba más nítido; se veía la silueta de la cordillera coronada por dorados cúmulos que resplandecían en el firmamento. A lado y lado de la carretera, el verde era el color predominante; árboles de gran tamaño entremezclados con arbustos, helechos, plátanos, guaduales de color verde nuevo, samanes y guayabos, además de casas campesinas multicolores de estilo cafetero.
A pesar de la fascinación por el paisaje, mi atención se concentraba en el relato de Jorge. Agripina sobrevivió a la muerte de su esposo, con siete hijos, una gestación avanzada en curso y 30 años de edad; el mayor de 12 años, tuvo que retirarse de la escuela para trabajar en el campo y ayudarla. El penúltimo Jorge, fue el único que pudo estudiar y graduarse como maestro. Así logró pensionarse en el colegio Rufino José Cuervo, en el Quindío.
Al arribar a Cajamarca para continuar el viaje, bajamos del bus y abordamos un jeep Willis o Yipao, el único vehículo de transporte público, debido la carretera sinuosa, estrecha y sin pavimentar.

Entre la espesa vegetación, se levantaban palmeras solitarias, que contrastaban con el azul intenso del cielo a medida que el sol brillaba más. Después de tres horas de viaje, divisamos a lo lejos, El Machín. Un majestuoso volcán sobre la cordillera Central, cuya altura máxima alcanza los 2.700 metros sobre el nivel del mar. Los cultivos de arracacha, lulo y frijol, le daban una variedad de colores, indescriptible al paisaje. Antes de llegar a uno de los domos que taponan el cráter, arribamos a Toche, un corregimiento devastado durante el conflicto armado y que, con su testimonio, corroboró uno de sus habitantes: “Por fortuna esos tiempos quedaron atrás ya que, en época de Uribe, todos los días se escuchaban bombardeos y el pueblo y las veredas estaban sumidos en la pobreza y el terror”.
Toche es un pueblo con aproximadamente 400 habitantes, que durante mucho tiempo ha estado olvidado por el Estado. Gracias al turismo, se viene recuperando, pues es paso obligado para el cerro-volcán Machín; además de sus termales, cascadas, cementerios indígenas y el bosque de palmas de cera más grande y hermoso. La plaza principal, mostraba abandono total a juzgar por la alta maleza; sus escasas calles nos recibieron en silencio. Solo un anciano arriero y su mula, fueron testigos de nuestra llegada.
Al fondo…se veían los escombros de lo que fue la iglesia del cementerio, destruida por los continuos bombardeos.
En una posada modesta, disfrutamos el primer alimento del día: caldo de papa, huevos pericos, arepa y chocolate. Cuando terminamos de desayunar, abordamos el yipao para continuar hasta los domos. Entonces José, el conductor, narraba anécdotas vividas antes del Acuerdo de Paz y otras de la rutina del pueblo y sus veredas. También, relataba con mucho detalle, el día que el pueblo fue bombardeado por espacio de 20 horas entre fuerzas del ejército y la guerrilla: “Ese día, creí que era el último de mi vida. Me atrincheré en el establo detrás de las vacas y vi cómo el pueblo era acabado a plomo. Desde mi escondite, veía cómo se derrumbaban las casas y la iglesia del cementerio que era muy bella y quedó semidestruida. Nadie se atrevía a salir de su casa, tres días después del bombardeo, por miedo a que estuvieran escondidos los del ejército y los guerrilleros. Había sangre por todas partes, muertos de la guerrilla, civiles y unos pocos militares. Creo que esos días nunca los olvidaré”.
—Hola José, cuéntenos también, cosas hermosas—interpelé.
Entonces, el hombre comentó que, con el cese al fuego y la firma del Proceso de Paz, la región se reactivó y el turismo se convirtió en importante fuente de ingreso para la comunidad; se creó una cadena en la que todos ganaban; constituyeron una cooperativa donde involucraron a las mujeres, que ofrecen desayuno en Toche, otras venden sancocho de gallina en las piscinas y cobran por el ingreso a éstas. Los hombres venden café, refrescos y comidas rápidas; unos alquilan caballos y otros prestan el servicio de transporte. Consiguieron el arreglo de la carretera con ayuda del alcalde y los niños regresaron a la escuela.
Al fondo, el rio Toche, que nace en el Nevado del Tolima, cruza raudo por la población, para transformarse en el Coello; más abajo, vierte sus aguas al río Magdalena que, con los rayos del sol semeja un enorme espejo.
Una vez visitada la enorme montaña, cuyo cráter mide dos kilómetros y medio de diámetro, y de admirar el hermoso paisaje que quedó grabado en las retinas, descendimos hasta la rústica presa, que construyeron los habitantes con los torrentes provenientes del volcán, formando pequeñas piscinas de aguas termales, que gozamos hasta entrada la tarde.
Después de saborear un suculento sancocho de gallina, iniciamos el regreso en los Yipaos, a eso de las cinco de la tarde.
En Cajamarca, abordamos el autobús que nos llevaría hasta Circasia pletóricos de naturaleza. Pero había caído la noche, eran las siete y el tráfico proveniente de la capital era denso y dificultaba la circulación. El conductor ambientaba el viaje con música de Julio Iglesias que cantaba: De tanto jugar con los sentimientos,
de tanto gritar mis canciones al viento,
me olvidé de vivir y no sé lo que siento.
«¡Tiempos aquellos!».
Transcurrida una hora, el tráfico se detuvo por causa de un accidente a escasos metros del sitio donde se encontraba el bus. Debimos esperar dos horas en La Línea, que después de 25 años de trabajos en el tan ansiado túnel, todavía no se vislumbraba su culminación. Por lo que, solo hasta entrada la media noche llegamos a nuestro destino, Circasia, en Quindío, un domingo de junio de 2018.
Me despedí de Jorge con la promesa de buscarlo para que me contara más sobre su historia y la de su papá, víctima de la violencia, que no es diferente a la que vive el país 80 años después.
La autora*

Lilia Magdalena Osorio Mejia. Nacida en Bogotá y radicada en Circasia hace nueve años. Profesional de la salud, específicamente en diagnóstico de cáncer en especímenes celulares.
Llevó a cabo Diplomado de Estudios editoriales en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y el Diplomado para Taller de Narrativa para escritores en la Universidad Central en Bogotá.
Desde el año 2018 asiste al Taller de Escritura Creativa Cafe y Letras del Quindío.
En el año 2024 publicó el libro Acuarelas Historias de vida y soledad y prepara su segundo libro.
En 2023 fue publicado » Barranca, Velasquez y Perales» por la Revista contactus IUS. Jurisdicción Contencioso Administrativo del Quindío.
En ese mismo año en la Antología del Taller Cafe y Letras del Quindío Entre Hojas, se publicaron los textos: A la luz de la luna, Cuando el amor de madre no hace falta y El sol en lo alto.
En el año 2021, se publicó “Una visita inesperada» como ganadora de la Convocatoria de Ita Editorial, Confesiones a la muerte.
En el año 2020, como ganadora en la Convocatoria Moleskin 2020, de la Editorial Lulú de España, le fue publicado su texto: El resurgir de un pueblo.
En el año 2019, recibió la mención en el Primer Concurso Departamental de Relatos Hiperbreves de Comfenalco Quindío con el texto: Discordia por un trozo de pan.

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