Estudiante de Licenciatura en Literatura

Universidad del Valle

            ¿Quién en Cali no conoce el motel Kiss Me? La cotidianidad caleña se llenó de chistes y bromas desde que el peculiar edificio se erigió en la ciudad: “Ajá, se van temprano, eso es que van pa’ Kiss Me”, se volvió una frase común, un chiste cliché que a veces genera gracia y otras veces espanto: “uy no, qué boleta”. Sí, este motel es un lugar de amores y odios, y no precisamente por el servicio que presta, sino por su arquitectura, un asunto difícil de ignorar. Para unos es “bastante loba”, para otros “bonita y temática”. 

Se fundó en el año 2002 y desde eso es casi imposible no detener la atención en su fachada, este detalle y el diseño de sus habitaciones le ha valido reportajes en medios como Semana, El Tiempo, Soho, Don Juan, Puzlo, Vice México, entre otros. Todos estos reportajes acompañados, por supuesto, de vistosas fotografías y alusiones al por qué puede llegar a existir sitio como este y, como sucede con las opiniones de los caleños, no de todas las notas periodísticas sale bien librado, pero el caso es que allí está, figurando, llamando la atención y consolidándose en el imaginario de locales y turistas.

Uno llega a preguntarse si después de tanta reseña todavía queda algo diferente para decir sobre Kiss Me. César Aguirre, quien parece ser un asiduo cliente, dice: “el que entre con el deseo de vivir la experiencia sexual de su vida, al menos en un sentido de fantasía, está muy equivocado. A mí me resulta muy divertido por su decoración exagerada y cursi tipo kitsch. Cada vez que voy le encuentro algo nuevo”.

Buscando ese algo nuevo, eso diferente para contar y queriendo corroborar lo que ya se ha dicho antes, me dirigí al lugar. Desde el norte, tomando la carrera quince, justo en la que podría ser la zona más opaca de la ciudad por ser aquella en la que se encuentran los talleres de mecánica para carros, allí en medio de locales sucios de grasa que hacen ver la cuadra como la escena de una película en escala de grises, se impone el frente colorido de Kiss Me, como un pastel de seis pisos culminado por la imponente figura de Venus, la diosa del amor.

El motel queda en la calle 25 del barrio Saavedra Galindo, estigmatizado como sector “olla”. La fachada es un paisaje de unicornios, leones, tigres, osos pandas, árboles gigantes y casi que toda la fauna de aves que los de la Colombia BidFair desean avistar, figuras hechas de yeso, repasadas con pintura de aceite.

La entrada parece la de un parque de diversiones, tal como la definen en Ciudad Delirio, filme de la directora española Chus Gutiérrez, que en el 2013 grabó una de las escenas en este establecimiento, el diálogo sucede a través de “Javier” el protagonista que supone ser un turista español que llega a Kiss Me para pasar una noche: “¿Tú estás segura que esto es un motel? ¡Esto es un parque de atracciones!”.

Ese era mi pensamiento en aquel momento, terminé de entrar al edificio y descubrí que, en efecto, Kiss Me pretende ser un parque de atracciones sexuales. Hay una fuente pequeña que recibe en la puerta y sobre ella posan las diminutas figuras de parejas practicando en Kamasutra, en la recepción lucen unos aparadores iluminados con luz roja que aguardan juguetes sexuales de una rareza pervertida, como para amantes experimentales.

De la recepción me dieron paso a las oficinas, para llegar a ellas tuve que atravesar un parqueadero, un patio y subir unas escaleras. En todo ese trayecto era inevitable no mirar, pues todo alrededor despierta la curiosidad, paredes totalmente moldeadas para la creación de lo que podría considerarse un “Kissmacondo”. En este motel ninguna pared es totalmente lisa, ni siquiera en esa franja de espacios que no son de interés para los clientes, aspecto para asumir que César Aguirre no está lejos de lo pensable: En Kiss Me, siempre habrá algo nuevo para ver.

La jefa de comunicaciones ya estaba a mi espera, y en la buena realización de su trabajo me llevó a un tour por las instalaciones mientras me hablaba de lo original del negocio: sus habitaciones temáticas.  De ellas me dijo lo que saltaba a la vista, que se trataba de alcobas inusuales que buscaban en su ambientación dar la sensación de que se está en otro lugar.

Así, recorrimos aposentos egipcios con esculturas de faraones y pirámides para que sea usted el o la de la soberanía; españoles donde las camas se convierten en ruedos de plazas de toros, para la faena; romanos que hacen alarde de carruajes de guerra, leones y gladiadores para el panteón de amor que será su romántico encuentro; brasileros evocando a punta de garotas el Carnaval de Río de Janeiro, acompañadas de una estantería de crital en la que se exhibe un auténtico traje traído de la zona carioca, como para que no le falte el entusiasmo; submarinos dizque espaciales con estrellitas y astronautas, aunque no faltan los pececitos y los buzos, es como un mensaje subliminal a tocar fondo para llegar al cielo; y los más solicitados, los polares, compuestos por relieves de pared de yeso escarchado que simula nieve y aires acondicionados programados a bajas temperaturas, junto a osos caricaturescos que se aparean a sugerencia de hacer lo mismo en los iglús que sirven de lecho para bajarle las fiebres al deseo.

En el tour por Kiss Me corroboré que allí tienen aforo personajes de la vida pública, lo que implica jactarse de un buen bagaje para reconocer el pretendido encanto de elegir por nido de amor una suite en el distinguido negocio. En la habitación jamaiquina, por ejemplo, acompaña un Bob Marley que en un principio tuvo unos ojos rojos que le fueron modificados para no llamar al mal ejemplo, pues con lo único que se puede alucinar en el lugar es con las sustancias de la pasión; en la venezolana, por capricho y admiración del dueño del negocio aún viven el comandante Chávez y Fidel Castro; en la de Estados Unidos, por el contrario, la situación no es tan amena, allí aparece Bill Clinton con las manos en la cabeza reaccionando a la pérdida de un juego de ajedrez con Osama Bin Laden, mientras las torres gemelas siguen en llamas y se observa un avión con intenciones de impactar a la Estatua de la Libertad, una imagen que se insinúa profética desde la perspectiva del dueño del local.

“¿En serio podrán estas escenas excitar a alguien?” Pensé mientras me perdía en el recorrido, sí, perdía, dado que caminar Kiss Me es casi atravesar pasillos y escaleras como si se tratara de un laberinto, una nueva duda me invadió “¿cómo harían las parejas para evacuar en caso de un temblor?”.

Mientras me iba en pensamientos mi guía se detuvo estupefacta, vio un muro intervenido por vándalos del amor “Carlos y Palsy”, así citaba un pequeño grafiti hecho a marcador  en la habitación 404, “¿ves? La gente disfruta tanto nuestros servicios que hasta les queda tiempo para escribir sobre las paredes” dijo un tanto disgustada. Menos mal no había notado los otros “autógrafos” que yo vi en los cuartos anteriores.

Pienso que el hecho de algún modo causó vergüenza, creo que con finalidad de pasar a un mejor panorama fui dirigida a la terraza en la que se alza la popular Venus, ¡todo un espectáculo monumental! Al igual que Cristo Rey, solo que con diez metros menos de altura (16 mts), esta dama tiene una visual privilegiada de gran parte de la ciudad, y, también al igual que Cristo Rey, la diosa hace hito a las miradas levantadas de algunos caleños. Ella, no con brazos abiertos, porque no tiene, sino que con sus senos al descubierto, también recibe a sus fieles.

La gigantesca escultura ya anunciaba el rin del recorrido, la representante de Kiss Me y yo volvimos a caminar todo el motel, en ello recreaba y descubría más y más figuras, más porcelanas y suvenires sobre las mesas que había al paso, mi acompañante me dice que gran parte de esas cosas son objetos traídos por Humberto Villegas, el dueño del chuzo, de otros países, pues don Humberto viaja mucho. Haberlo nombrado fue casi una invocación, cuando ya estábamos nuevamente en la recepción un señor con una bolsa cargada de plafones recién comprados en una ferretería era saludado cariñosamente por los empleados del motel.  Tal parece que en Kiss Me habrá algunas mejoras eléctricas.

Muy diferente a lo que uno pudiera imaginarse, don Humberto Villegas no luce estrafalario, la sencillez de su vestuario raya con su proyecto de motel despampanante: un polo negro, unos jeans clásicos y unas zapatillas. Me hace un gesto y yo aprovecho para preguntarle ¿Por qué un lugar como Kiss Me?

  • Un lugar como Kiss Me debe existir porque aunque la gente le ponga tanto tabú al sexo, es el sexo, el hacer el amor, una de las necesidades más latentes en el ser humano. En Cali tanto baile es inminente un espacio como el que nosotros ofrecemos. Acá todo se piensa para que sea creativo, se salga de lo tradicional y a las personas, aunque me acusen de corriente, es algo que les llama la atención. A mí me han dicho que aquí encuentran la inspiración y el tono afrodisiaco, se han salvado matrimonios, se genera empleo ¿Entonces por qué no un lugar como Kiss Me?
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