La convicción religiosa a pesar de las encontradas manifestaciones partidistas, determinó a los fundadores del villorio hacía principios del siglo pasado, la escogencia de un espacio para lo que habría de ser la sede católica que aunara a la naciente comunidad.

Poco después de la oficialización del proceso fundacional, dos misioneros católicos, de nacionalidad española llegaron a la región, a quienes siguiera poco tiempo después el Presbítero Ismael Valencia. Los tres, mediante convocatoria a las gentes, talaron árboles para adelantar una ramada que les sirvió de vivienda y a la vez como centro para las celebraciones religiosas.

Ya solo, el Sacerdote Valencia más adelante inició la construcción del templo y de la sede cural, tarea que emprendió con el apoyo de la feligresía y la conducción del maestro Federico Quintana.

Génova, dependiendo de Colón, hoy Pijao, y donde oficiaba el sacerdote Tulio Efrén Arias Ocampo hacía 1926, este se encargaba de las tareas religiosas, visitando la población al menos una vez al mes, o cuando era solicitado en alguna emergencia, atendiendo en la obra que había dejado casi concluida el sacerdote Valencia.

La primera Semana Santa, debió tener ocurrencia en el año de 1928, promovida por el Presbítero Arias Ocampo, quien, en compañía de otros dos sacerdotes, impulsaron la actividad, que contó con una masiva asistencia.

En el año de 1932, la Diócesis de Manizales creó la parroquia de Génova, designando como primer párroco al Sacerdote José Domingo Osorio, oriundo de la capital caldense y a quien se conocía como “chocolito”, una derivación del remoquete de su padre a quien llamaban “chócolo”.

El Padre Osorio permaneció en Génova hasta 1933, siendo sucedido por el Párroco Roberto Naranjo Duque, quien se interesó al igual que sus sucesores a promover el evangelio en todas las áreas de la población.

Erigida Génova en 1937 como municipio, y después de los significativos avances que ello determinó durante varios años, se hizo notoria la necesidad de construir un nuevo templo. La ocasión se hizo propicia con la nominación como párroco del Sacerdote Ángel de Jesús Arteaga Barrera, quien arribó al poblado en 1951, y quien mostró su disposición para impulsar la obra. Se nombró entonces una junta donde figuraron, entre otros, Uldarico Rojas y Florentino López, mientras que Luis Felipe Restrepo, llegado de Antioquia, y quien había ejercido la minería, fue encargado del proceso de dinamitado de las grandes rocas.

La tarea constructora fue encomendada al señor Luis Salazar, quien, sin título de ingeniero, había elevado varios templos en Antioquia, iniciando la edificación de la cúpula trasera y ábside del nuevo templo, lo que gracias a la contribución de la feligresía mostraba un gran avance para la Navidad de 1955.

Una de las notorias acciones en este proceso, lo constituyó el gran desfile de San Isidro el 29 de junio de 1954, donde una recua de mulas que se aproximaba al medio centenar desfiló desde Leticia hasta el templo, cargadas con café, acompañada de vacunos y porcinos, caballares y una variada suma de productos agrícolas, lo que era una muestra del compromiso comunitario con la obra, que, a finales de 1956, se encontraba casi lista en su estructura.

Al prelado Arteaga Barrera, le sucedió el sacerdote eudista Jesús Antonio Vallejo G, quien se encargó de las tareas de decoración, la adquisición de las puertas –cuatro en total- las que se fundieron en Medellín, y en el año de 1956, con el beneplácito ciudadano fueron instaladas; las mismas presentan especiales características, la del centro muestra la Virgen del Carmen y haciendo marco, pequeños retablos con la significación de los misterios del rosario, las otras muestran relieves con las imágenes de San José, patrono de la Iglesia y San Isidro, patrono de los campesinos; las bancas de madera fueron gestionadas en Bogotá con el Minuto de Dios; las campanas, fundidas en Francia pero adquiridas en Medellín, tienen grabadas los nombres de los principales benefactores, siendo denominadas la pequeña como San Isidro, la mediana como San Juan de la Montaña, y la grande, como Virgen del Carmen; a la vez el reloj, fabricado en Suiza, se adquirió igualmente en la capital antioqueña. En los cuatro ángulos de la cúpula trasera, un pintor payanés dejó su obra, con medallones que significan las imágenes de los cuatro evangelistas.

La mayoría de las imágenes, adquiridas en Medellín, fueron engalanando el interior del templo gracias a la colaboración de la feligresía y la iniciativa sacerdotal. En el año de 1962, el arribo del Sacerdote Luis Horacio Gil Bermúdez, en medio de difíciles momentos, lo motivó a la lucha por la tranquilidad, y resultado de ello, el cuadro de “Nuestra Señora de la Paz de Génova”, pintada por el artista Eduardo Hernández Duque.

En las últimas décadas uno de los prelados oriundos del municipio, hoy con el rango de Obispo de la Iglesia Católica, Monseñor Francisco Antonio Ceballos Escobar, gestionó y donó para el templo una réplica del Señor de los Milagros, imagen que ya atrae amplio número de feligreses, con celebración especial el día 14 de cada mes.

Con el paso del tiempo, la imponente obra, que destaca como un especial referente desde la distancia, se ha convertido en uno de los principales atractivos de la sureña población, en el símbolo de la fe católica y calificado como el primer templo del Quindío, por su estructura, tamaño y decorado, todo lo cual le da un aire de basílica, y espacio receptor de la fe católica en la esmeralda verde natural, que es Génova.

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