Edición 106

Letrados y sus letras: CAMILO VELÁSQUEZ Y SUS NOVELAS

By 7 de febrero de 2026No Comments

Arrierías 106

Umberto Senegal

Agradezco al escritor y profesor Juan Manuel Acevedo Carvajal quien me dio a conocer en PDF dos novelas de Camilo, de las cuales nada sabía yo. La pobre calidad del agujero, nouvelle de 88 páginas. Y esta que reseño, aunque solo he leído el primer capítulo: Sacro Pop.   “Indians scattered on dawn’s highway bleeding”, una de cuyas profusas traducciones al español puede ser “indios esparcidos en la carretera del amanecer, sangrando”, con estructura completa de cuento atómico en sus ocho palabras, es el verso de la canción del poeta y cantautor estadounidense Jim Morrison, quien fallece a los 27 años de edad, joven como Camilo. Y como este, azotado y vencido por la desesperación y las drogas. Tal verso le sirve como turbador epígrafe para esta su segunda novela, Sacro Pop. Publicada a los 36 años de edad. La editorial Mar y Tierra aclara que “la reproducción total o parcial de este libro, es permitida y alentada por los editores”. El bien escogido verso del cantante de The Doors, advierte sobre los trágicos espacios interiores y externos donde se agitarán sus protagonistas, entre la realidad y la ficción, sumergidos en tribulaciones y ansiedades, irremediables conflictos sociales y personales para los cuales este destacado narrador quindiano no presenta soluciones ni alivios de ninguna clase. Contiene tres capítulos. Voy por el segundo. No resistí el satisfactorio reto de comentarla al sentir cómo su lenguaje y sus personajes, las innumerables referencias a la literatura, la ciencia y la historia, se nos vuelven familiares desde los primeros eventos en Chile. Afortunadamente, Velásquez no alcanzó a experimentar con el 5-MeO-MALT (5-metoxi-N-metil-N-aliltriptamina), relacionado estructuralmente con el 5-MeO-DMT. La nueva molécula de Dios. Seductora y peligrosa sustancia utilizada por psiconautas avezados. Bajo sus efectos, habría iniciado otra fuerte y extraña novela. O habría desertado del mundo con antelación al mes de octubre. O habría escrito las más alucinantes páginas de la narrativa quindiana y tal vez de la nueva novelística colombiana. Como persona, Camilo marchó a la par con el delirante destino que asigna a sus personajes, yendo con ellos por entre la continua fatalidad, hacia el desastre. Este fragmento a continuación, no es de la novela. Para su caso, propongo entrar en ella pasando primero por entresijos de su vida. Hace parte de un ensayo que escribió a sus 29 años de edad en el blog de Revista Arcadia, 22 de agosto de 2014, desarrollando el tema de la suicidalidad: “Después de esa consulta con el doctor León mi vida cambia. Cada medicamento aportó su cuota. Recuerdo bien que no llevaba ni dos semanas tomando paroxetina cuando bajaba por la calle setenta, desde la séptima hacia la novena; recuerdo la luz ambarina de las seis de la tarde, una luz que casi se podía tocar, o probar, cayendo sobre las hojas de los urapanes que no paraban de moverse. Me sentí algo así como feliz. Estaba pleno, reconfortado en un júbilo bastante raro; fue la primera vez que sentí esa idea: este sería el momento perfecto para morirme. Y que nadie me fuera a quitar el Rivotril. Las drogas no eran nuevas para mí. Había tenido experiencias, pero nunca había sentido la necesidad de estar bajo el efecto de ninguna sustancia; no conocía esa clase de rigores. Con el Rivotril las cosas cambiaron.

“Después de esa consulta con el doctor León mi vida cambia. Cada medicamento aportó su cuota. Recuerdo bien que no llevaba ni dos semanas tomando paroxetina cuando bajaba por la calle setenta, desde la séptima hacia la novena; recuerdo la luz ambarina de las seis de la tarde, una luz que casi se podía tocar, o probar, cayendo sobre las hojas de los urapanes que no paraban de moverse. Me sentí algo así como feliz. Estaba pleno, reconfortado en un júbilo bastante raro; fue la primera vez que sentí esa idea: este sería el momento perfecto para morirme. Y que nadie me fuera a quitar el Rivotril. Las drogas no eran nuevas para mí. Había tenido experiencias, pero nunca había sentido la necesidad de estar bajo el efecto de ninguna sustancia; no conocía esa clase de rigores. Con el Rivotril las cosas cambiaron”.

En octubre 27 de 2024, el diario La nueva Crónica tituló así su fallecimiento: “Investigan muerte de hombre en una finca de Barcelona”. Esta obra es una de las mayores y sin lugar a dudas, la más singular representante de la nueva novela quindiana con categorías literarias a la altura de cualquier notable novelista contemporáneo colombiano. Junto con las otras dos de este autor, funda un hito narratológico que escinde la historia novelística quindiana en dos campos bien demarcados. Volveré, en próximas columnas donde comentaré los otros libros de Velásquez, sobre esta afirmación mía que abarca la producción novelística quindiana desde la novela Bajo la luna negra, (1929), de Eduardo Arias Suárez, escrita por este en la Guayana venezolana, hasta novelas como la de César Cano, (2023) cerca de un siglo de novelística quindiana, que recientemente comenté. En entrevista que concedió para La Crónica, octubre 21 de 2014 (Armenia), Velásquez señaló que había empezado a escribir una novela llamada Visitas a Mediacuesta, “porque leía muchas novelas y me dio por escribir una con la intención de ensayar estructuras que tenía en mente para ver cómo era eso de componer algo con tantas cosas en juego”. Por sus cualidades narrativas, por sus temas y estructura, sus componentes cronotópicos y el realismo temático de sus enunciados argumentativos, se ubica dentro de una corriente narrativa cuyo ethos y pathos literario, social y psicológico, confirman al gran novelista que es. Nunca tuve la menor aproximación con Camilo. Le hubiera prestado con gusto toda la obra de Foster Wallace, que lo hubiera disuadido de su decisión final o lo habría conducido más rápido a ella. Y le habría prestado, para entrar en diálogos profundos sobre el tema, Los tres Cristos de Ypsilanti. O de Daniel Paul Schreber, su libro Memorias de un enfermo de nervios. En febrero de 2012, en la revista Santo y Seña, de Armenia, leí por primera vez uno de sus textos titulado Las olas que regresan. Camilo tenía 27 años de edad. Entre octubre 18 de 2012 y julio 7 de 2013, publicó en el diario La Crónica ocho breves columnas. La primera, fue Piedecuesta. La tercera, Eco Extremismo. Falleció el 27 de octubre. Siguió el camino de Morrison, de Andrés Caicedo, de Foster Wallace, para mencionar solo tres que limitan un poco con la edad en que decide abandonar las angustias que casi nunca lo abandonaron a él.

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