Edición 106

EL OTRO COLOR DE LAS HOJAS VERDES ENTRE LA NEBLINA 

By 7 de febrero de 2026No Comments

Arrierías 106

Umberto Senegal

ABETO AMARILLO

Si se te dificulta y no quieres afrontar la vida y la muerte ahora que estás vivo, ahora cuando posees un cuerpo sano o fatigado, pero lo tienes y lo sientes y puede ayudarte, ¿crees que podrás confrontarlas cuando seas un fantasma? ¿Que como espectro, o en cuanto te convertirás donde llegues al morir, resolverás las dudas que ahora, con tiempo, vida, cuerpo y conciencia, no consideras prioritario resolver, preocupado solo por almacenar objetos y anhelar sin medida y tener al máximo todo aquello que en el fondo es una carga para tu efímera vida?

El místico sufí Sahl dijo a uno de sus discípulos: “Intenta decir continuamente durante un día “¡Allah! ¡Allah! ¡Allah!” y haz lo mismo al día siguiente, y al otro, hasta que se convierta en una costumbre”. Luego le dijo que también lo repitiera por la noche, hasta que se hizo tan habitual que el discípulo lo repetía incluso cuando dormía. Entonces Sahl expresó: “Ya no repitas más el Nombre conscientemente, pero ¡deja que todos tus sentidos sean absorbidos por Su recuerdo!”. El discípulo así lo hizo, hasta cuando el recuerdo de Dios lo absorbió por completo. Un día, un trozo de madera le cayó sobre la cabeza y se la rompió. Las gotas de sangre que caían al suelo llevaban la inscripción: ¡Allah! ¡Allah! ¡Allah”.

 ACACIA AZUL

Qué buen trabajo en equipo, cuánta solidaridad y unidad entre ellos, de Dios y el paisaje, mis sentidos y mi cuerpo, mi cerebro y el silencio y la soledad, mi conciencia y el poeta contemplativo habitándome para forjar entre todos un poema. Un modesto verso que nunca se publicará y no tendrá lectores. Poema breve. Muchas veces, un frágil haiku sin métrica que, aunque nada agregue a la naturaleza ni a la creación, surge como fruto del instante y es palabra. Sentimiento directo. Emoción y testimonio de la existencia en un momento concreto donde los atrás citados pusieron lo mejor de ellos mismos para revelarme la majestuosidad de una montaña, de una brizna de yerba o de un perro ladrando en algún lugar del barrio. La iluminada poeta y mística sufí, Rabi’a, cuya extraordinaria vida y obra deberían conocer todas las mujeres de cualquier edad que ven más allá de lo material, escribió: “Oh, Dios, si te venero por miedo al infierno, quémame en él; y si te venero en espera del paraíso, exclúyeme de él; mas, si te venero por ti mismo, no me niegues tu belleza eterna”.

ACEBIÑO ROSADO

El sermón diario de la flor es su perfume. Un milenario sermón que nunca se repite, aunque parezca siempre el mismo. Su mantra expansivo es cualquier canto de ave que se encuentre por allí cerca. Cada segundo, minuto y hora del día desgranándose entre la eternidad y el vacío, son las transparentes cuentas del majestuoso japamala con que ella practica la pronunciación de alguno de los nombres divinos. Yo digo: Ram Ram, Rama Ram. Ram Ram, Rama Ram. La repetición de alguno de los nombres divinos, es práctica primordial para recordar a Dios. Cuando la flor no puede perfumar, su homilía es entonces el murmullo de su silencioso marchitamiento junto a otras flores. Estarás sordo para este bello y sabio sermón de vida y muerte si intentas escucharlo con ideas preconcebidas y conceptos rígidos en la mente. Hay más sabiduría en las mariposas o en el colibrí, y son mejores discípulos del paisaje porque liban la miel de la flor mientras tú quieres explicar o negar cuanto no comprendes y que, en uno u otro aspecto, riñe con tu formación intelectual y filosófica o con tus creencias religiosas. Un sabio consejo del maestro sufí, Nuri: “Aquellos que consideran que las cosas han sido determinadas por Dios, retornan a Dios con cada cosa”. Llegar a la montaña es un buen punto de partida hacia tal retorno. Y pensar que puedes ser indiferente al florecimiento de los guayacanes, por todos los rincones del Quindío.

ACEBO MARRÓN

Si te sales del momento en el que estás, no estarás en este ni en el anterior ni mucho menos en el posterior. Estarás perdiéndolo todo. Pero si estás al máximo en este, entonces también estarás en lo mejor del pasado y lo mejor del futuro. Todos serán parte tuya sin antes ni después. Cada momento y todo lugar, están colmados de esas maravillas que puedes descubrir si no tienes prisa. ¿Sabes, quién te llama con cada forma que hay a tu lado? ¿Comprendes el valor de todo aquello que menosprecias o no es objeto de tu amor ni de tu atención? Multiplicidad de voces para que acojas aquella que te asombre. Oraba un discípulo sufí: “Quiera Dios vaciarme de todo, excepto de Su presencia”.

ACHIOTE GRIS

“Lo que a mí me ocurre es toda mi física y mi metafísica”, escribió Montaigne. Las mías nacen por las veredas quindianas. Cuanto me sucede al vagar por los pueblos, sin compañía, por próvidos y solitarios caminos de veredas es mi religión. Mi filosofía. Mis principios estéticos y morales. Mi credo literario y poético. El camino lo compendia todo para mí, con sus árboles y relieves, sus tornasoles y fragancias. Con cada paso que doy, cuanta mayor conciencia tenga de dichos pasos y de quien los da, desde cuando salí del pueblo, me ocurre no el raciocinio cerebral de conceptos e ideas sino lo filosófico en sí. Lo místico en sí. La moral por ella misma y la belleza en sí. Me sobrevienen sin confusiones espirituales ni poéticas. Tal vez ni suceden y siempre han estado ahí, desde la madrugada hasta el alba, en el camino y en las miradas al camino. En la pausada respiración de mis pulmones y de la montaña, inhalando y exhalando su atmósfera. No requiero de ninguna reflexión para confirmar que soy parte de aquello que me ocurre. En uno de sus gazales, dice el poeta persa Hafiz: “En la casa del amor no te enorgullezcas de tus preguntas ni de las respuestas. Oh, Saki. Échame vino porque las locuras de Hafiz han sido comprendidas por el Señor de la alegría”. Esta es mi mayor religiosidad. Tengo sed y bebo agua en un torrente limpio. Mis manos son la copa. Siento que algo entre mi boca y sobre mis labios, destilando por mi garganta, reza y bebe y canta. Esta es toda mi metafísica. Es mi poesía. Es la vida y es la muerte.

ACIRÓN DORADO

Aquí, entre el detenido silencio de Peñas Blancas, cuando sé escuchar y sé ver, aprendo entre árboles a desgajarme de la presencia y memoria de los seres humanos. Me quedo con la levedad y la blancura de la translúcida neblina mientras Pessoa y Caeiro sonríen a mi lado y cuánto me revelan me lo dicen sin palabras o con algún verso: “¿El misterio de las cosas? ¡Qué sé yo lo que es el misterio! El único misterio es que haya quien piense en el misterio”.

AGNOCASTO VIOLETA

Hoy, de nuevo, nos encontramos cara a cara con Dios en el poema 48 del Canto a mí mismo, de Walt Whitman. Traducción de Alberto Manzano. “¿Por qué desearía yo ver a Dios mejor que en este día? / Veo algo de Dios a cada hora del día, a cada momento, / En los rostros de los hombres y de las mujeres veo a Dios, y en/ mi propio rostro en el espejo”. Son abundantes los lugares desde donde Él me llama para que le observe. O desde donde lo invito para que se presente vestido con los acostumbrados ropajes del mundo y de la vida. Saadi, el sufí, me reconcilia con mi soledad: “Yo vivo entre la multitud, mas, mi corazón, vuela lejos de ella”.

AGUACATE ROJO

Dios mío, si algo quieres darme, concédeme lo más pequeño que tengas en tu creación. Sabré agrandarlo con los ojos, las miradas y el corazón que me diste. Aprendí, de Abysaid el místico sufí, que sufismo es aquello que tengo. Recibo lo tosco y lo devuelvo refinado. Con el verso de Lezama Lima, le digo a Dios, bajo todas sus manifestaciones: “Estoy mirando tu pregunta preferida”. Por cualquier camino, conozco las respuestas preferidas de los árboles al caminante sin prisa, acariciándolos con sus miradas o sus manos. Sin embargo, no encuentro palabras para compartirlas. Mucho menos, personas que sepan escucharlas.

AHUEHUETE GRANATE

Por el sendero, en una mano la hoja de limoncillo; en la otra, una de eucalipto. Cada paso que doy, en mi nariz el aroma de las hojas es una reverdecida oración. Mantra que no necesita sílabas. Presencia del Dios que no reclama genuflexiones ni diezmos. La iluminación sencilla acrecentándose cotidiana cuando al lado del arroyo me siento sobre las piedras a escuchar la canción del agua deslizándose entre ellas.

ARCE PLATEADO

Esta nebulosa, melancólica melancolía que, si no me hace presagiar grandes catástrofes del alma o del mundo, me hace ver pequeños desastres de la existencia personal en un acanto marchito. En la guayaba pudriéndose bajo el árbol en cosecha. En un carpintero oliváceo, muerto en el nido junto a sus dos pichones. O en la brizna de tomillo, donde reposa el cadáver de un minúsculo insecto. La dacnis azul interrumpe su canto y vuela, sin saber yo hacia dónde. Honda laxitud de las esperanzas. Y en este vasto abandono, la irremediable desaparición de personas, nombres, sucesos y cosas. Un descomunal árbol. En su tronco áspero, una mariposa transparente. ¿De luz? ¿De aire? ¡De cristal! Triste tristeza, alegre alegría mezclándoseme afuera y adentro de los sentidos, aquí sentado bajo la refrescante sombra del roble, a la sombra del verso de Nezahualcóyotl: “¡Hágase el baile, / comience el dialogar de los cantos! / No es aquí nuestra casa, / no viviremos aquí, / tú de igual modo tendrás que marcharte”.

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