Edición 106

MARIO RIVERO

By 7 de febrero de 2026No Comments

Arrierías 106

Harold Alvarado Tenorio

Una de las deleznables imposturas, de cierta crítica interesada, fue el embuste de hacer del colombiano Mario Cataño Restrepo (Envigado, 1935-2009), un poeta, y el autor de “uno de los más bellos libros de la poesía”, y de contera, sustentar que, con su primera extravagancia, titulada, impunemente, setenta años después de Baudelaire, Poemas urbanos, habría cambiado el futuro de la lírica en Colombia.

Cataño Restrepo usó como seudónimo el nombre de un autor de comedias para la radio conocidas como Tangos con argumento. Nacido en Argentina, pero radicado en Montevideo, como Cataño Restrepo usó diversos nombres: Mario Aparicio Rivero Prevosti y Mario Bartolomé Rivero [1913-1983], pero se le recuerda como Mario Rivero por haber sido progenitor, junto al bandoneonista Donato Racciatti, del tango Muchachos que peinan canas, cuyo estilo y materia fueron los arquetipos de la futura “obra” poética del colombiano:

Muchachos que peinan canas

los invito a recordar,

con este tango que es compás y que es cadencia

la bohemia hermosa de nuestra juventud.

Te acordás de aquellos tiempos

de Yerbal y el murallón,

del tranvía de caballitos

y los bailes de “La Unión”.

Cuando cantaba en el “Royal”

el dúo Gardel – Razzano,

y el maestro Piendibene

era el crac de la afición.

Te acordás de los malevos

de taquito militar,

la terraza de Pocitos

y los giros de aquel vals.

Siguiendo tras una estrella

de ilusión que se apagó,

fue la plata de la noche

que las sienes nos blanqueó.

Porque el ayer no sé evocar

de corazón,

y del pasado nos hablás

de corazón.

Nada se hace con llorar

la juventud,

si aquí está la realidad de nuestro hogar

remanso de felicidad.

Siendo muy joven, Cataño Restrepo visito varias ciudades de Sudamérica, librando varios oficios, hasta que decidió fungir de milonguero usando el nombre del autor de aquel que la radio difundía días y noches, adquiriendo credibilidad inmediata ante el público de mercados y plazas donde se presentaba.

Como escribieron en El Tiempo María Mercedes Carranza,  Dario Jaramillo Agudelo y Federico Diaz Granados, quien fuera desde párvulo su recadero y extractor de los cinco mil pesos diarios del cajero del Banco Popular de la carrera séptima con calle doce en Bogotá, y había prometido hacerle su heredero, Cataño Restrepo fue “el propietario de la única empresa cultural y poética que dejaba utilidades en Colombia: Golpe de dados”, revista donde la inconmensurable obra del “bardo” fue publicada, reeditada, extensamente comentada y elogiada con las generosas remesas que le obsequiaba el Gerente Cultural del Banco de la República. Golpe de dados fue la mejor tribuna de su gloria y el más dilatado pedestal de su estatua: la hizo circular más cuarenta años en 217 números, haciendo creer al respetable que llegaba a cientos de manos y lectores, cuando en realidad no imprimía más de cincuenta copias, en imprentas de tipos de plomos y con papel que en inmensos rollos le habían regalado los millonarios de Carvajal y Cía., que hacían las cosas bien, y que remitía con su corre ve y dile a los cinco ricos que le patrocinaban, diez para el autor que publicitaba y a quien cobraba enormes sumas, y diez que su amigo, el homófobo Hugo González, gerente de la librería Lerner de Bogotá, regalaba a los aficionados al verso libre.  

Mario Rivero, seudónimo de Mario Cataño Restrepo, más que su llamada obra poética, merece una novela, o una biografía como la que hizo Fernando Vallejo de Barba Jacob, con quien Cataño tiene más de una semejanza, al menos, desde el momento cuando comenzó a disfrutar de la gloria y los frutos de sus bizarras empresas bursátiles.

Nacido, al parecer, en Envigado, la misma patria de Pablo Escobar, hijo de un obrero de una fábrica de telas, recorrió, como correspondía a un típico vástago de la Antioquia pendenciera, todos los caminos del calvario hasta llegar al monte de los Olivos de la satisfacción que da la fama y la fortuna.

Según todas las malas lenguas, Cataño habría sido veterano de la guerra de Corea, trapecista de circo y domador de elefantes, contrabandista y vendedor de refrigeradores, enciclopedias y colecciones de premios Nóbel, cantante de tangos en el bar Manhattan de Mario Vélez y la casa de putas El Rosedal de doña Blanca Barón, “manager” de boleristas, empresario e inventor de hojas de vida de toreros, locutor de radio, marchante de obras de arte, “crítico” de arte, vendedor de esmeraldas, cambista de moneda extranjera, avicultor, técnico en maquillaje de estrellas y gigoló de viejas damas de los radioteatros de la capital de Colombia, aparte de un consuetudinario enamorado de las secretarias de las oficinas de los abogados de la carrera séptima, a quienes habría conquistado con un método tremendamente eficaz: medio pollo asado y un par de zapatos de tacón alto de los almacenes Ley.

“Mario, cuando estaba chiquito, – escribió Gonzalo Arango Arias- dejó la escuela pública para trabajar de obrero en Rosellón. Después se aburrió de trabajar y se dedicó a vivir. En el bello sentido de la palabra es un gran «vividor». […]Cuando lo conocí  me dijo que se llamaba «Mario del Rivero», que era argentino, más exactamente cantante de tangos, y que acababa de regresar de una gira triunfal por Europa y París. Como yo era bachiller y existencialista, le pregunté por Sartre en francés, y él me contestó cantando un tango de Gardel, ese que dice: «Che madame que parlás en francés»… y con eso se salió del lío. Entonces supe que Mario no sólo era un «vividor», sino también un impostor y un poeta milongo, bailongo y tanguero. […]Así fue como lo conocí. Después lo seguí viendo en circos ambulantes, esos de carpa, donde hacía «extras» de galán joven, acróbata, levantador de pesas, prestidigitador, fakir, recitador. Combinaba su estrellato de barrio bajo con líos sentimentales que, por pasarse del límite, lo encerraban en la cárcel de La Ladera inculpado de seductor, secuestrador y falsas promesas. Yo creo que cantando tangos o recitando poemas de Asunción Silva, este avivato lograba evadir la culpa y el presidio. […] Como tenía una memoria prodigiosa se aprendió varios discursos y emprendió una gira de conferenciante por los pueblos de Antioquia, ofreciendo veladas culturales donde alternaba las ideas estéticas, las recitaciones románticas, y el tango milonguero. Entre los discursos de Maya había uno de coronación, y de él vivió dos años, pues se hacía contratar en los pueblos para coronar la reina del civismo, de la bondad, de la cebolla, del huevo. Sólo tenía que cambiar el nombre de la reina que coronó Rafael, por la de turno. Todo esto lo hacía con candorosa inocencia, con genial inocencia. Aún no había escrito sus primeros versos, pero ya era un poeta; el poeta épico de su propia vida. Pues este joven se defendía de la miseria con las uñas, con la poesía de otros. En su feroz batalla por subsistir legitimaba todas las armas. Su mayor triunfo, creo yo, es haber sobrevivido a las adversidades y tentaciones de una existencia conformista. Pero la naturaleza y la raza lo habían dotado de una prodigiosa imaginación que usaba contra la penuria y los límites. […]Hace ocho años se sintió frustrado en Medellín y vino a probar «fortuna» a la capital. El hambre y la soledad lo arrojaron en las tinieblas de la poesía y se operó en él una conversión. Pasó del infierno de la imaginación al de la creación, y se volvió poeta con sus propias manos.”

Adscrito al Nadaísmo, el cual aborrecería luego, Cataño publicó en 1966, en lujosa edición, un cuaderno con sus escritos al cual tituló Poemas urbanos, con una prosodia, sintaxis y vocabulario extraídos de si mismo y que pretendía representar el mundo citadino de entonces. Un lenguaje que por lo ordinario y banal, pretendidamente proletario (¿cuál será el lenguaje de los proletarios?), es la antítesis de cualquier poema. No ha existido nunca, en ninguna lengua, poesía a partir de la trascripción llana y ramplona del habla. Ninguna germanía fue por si sola, sin la intervención de los poetas, obra de arte. La escritura de Cataño es pura y simple realismo socialista: sus personajes son pobres diablos, gente fea y triste, las víctimas del Frente Nacional, que, por ello, no se convierten en poesía, así sea poesía lumpemproletaria. Y sin ideología pues ni ellos ni su creador la tienen.

Lo cierto es, que cuando Mario Rivero publicó su primer libro, hacía cinco años que Jorge Gaitán Duran había publicado Si mañana despierto y siete de la aparición de La vida cotidiana de Eduardo Cote Lamus, y sólo faltaban dos para que se recogieran en libro los artefactos de Jaime Jaramillo Escobar, conocido entonces como X-504. Dos de esos libros, el de Gaitán y Jaramillo, hicieron trizas las tradiciones, tanto formales como ideológicas, de la poesía en Colombia. La insistencia en querer ver en las mecanógrafas, gamines, banqueros y empresarios que aparecen en los “poemas” de Rivero a los sujetos, per se, de una nueva lírica que se opondría a las visiones y tonos de Gaitán y Jaramillo, demuestra la ignorancia, o la mala fe, de los comentaristas de libros de entonces. Porque leídos hoy, con más de doce lustros encima, los Poemas urbanos no resisten una segunda lectura. Ayer como hoy son mediocres, nada dicen, usan de un pobre español.

¿Por qué pensó Rivero que para celebrar la miseria y la mezquindad de la existencia había que ser avaro con el lenguaje? Mas que narraciones, estos textos son caricaturas. En esos poemas de Rivero, como en casi toda su obra posterior, escasea el tono, la voz que como de un dios crea la vida en los textos. Cobo Borda ha dicho que esos poemas se han ido “descascarando” con el paso del tiempo. ¿Qué otra cosa son esos domadores de pájaros, obreras de quince años que van al Parque Nacional, unos astronautas, otras secretarias aburridas, y esos tipos parados en las esquinas mascando chicle, sino caricaturas? Y qué decir de esas insólita serie de Vietnamitas de Rivero dignos de la tradición de la pobreza que habla Cobo Borda?

Lastimosamente nada queda ya de la obra de Rivero, recogida en más de una docena de libros. Un “poeta” que pretendió hacer el retrato de su tiempo a través de los hombres y mujeres silenciosas que recorren las metrópolis contemporáneas, o están recluidos en las prisiones de sus habitaciones, o venden toda clase de objetos en las calles, o tragan el fuego de su miseria, o cosen atadas al pedal de una Singer o mueren en las calles en plena juventud. Pero ni la señorita Betty, ni Saulo Salinas, ni Irma la Dulce, ni el Tío Ho Chi Min, Ernesto Guevara, Bonny & Clide o Gertude Stein viven en sus “poemas”. “Fotos y postales callejeras, ha dicho Cobo Borda, que narran lo que pasó, lo que está pasando, lo que ya dejó de existir, efímeras como un periódico”. Porque lo que circula en sus libros son los despojos de una lengua, un español atropellado y caótico, sin voz ni música. Por eso sus textos son su más grande derrota.

Mario Rivero, escribió Hernando Valencia Goelkel, “es una ilusión; de él sólo podemos contemplar las cambiantes máscaras, el rostro infinitamente mudable y esencialmente inexpresivo de un ser al que correspondió pasar la vida en un trabajo secreto, invisible: el de ajustar el rostro a la máscara, el buscar las palabras distintas que correspondieran a la persona nueva, el de pretender sustituir al hombre viejo de la poesía y, vanamente, tratar, de exterminarlo”.

Por algo había dicho en uno de sus furiosos poemas:

He venido de cualquier municipio

como el mago que hace salir del cubilete

una liebre para cada boca mugrienta,

mientras estallan paros, revolución,

secuestros y noticias de atracos.

Nunca podré ser olvidado pues cuido de estar

en primera página de los periódicos.

Infiel a todo, incluso a mis amigos,

he sabido hacer con cualquier frase,

a la gente enteramente feliz.

¿Quién soy?

Como pista os diré que me acuesto

con esa vieja puta de la política, soy su amante.

Estuve contra las dictaduras,

lo que no quita que hoy las defienda

porque todo mi yo es un banco de oportunidades.

¿Me conocéis por fin?

[Adivinanza]

Bibliografía de Mario Rivero

Poemas urbanos, Bogotá, 1966; Noticiario 67, Bogotá, 1967; Vuelvo a las calles, 1972; Baladas sobre ciertas cosas que no se deben nombrar, Cúcuta, 1973; Poesías varias, en Golpe de Dados, revista de poesía, Bogotá, 1970 hasta el presente.

Bibliografía sobre Mario Rivero

Jotamario Arbeláez: La vida es un tango, en Casa de Poesía Silva, nº 3, Bogotá, 1990; María Mercedes Carranza: Mi poesía es un crimen, en Nueva Frontera, nº 123, Bogotá, 1977; Miguel Méndez Camacho: Mario Rivero vuelve a las calles, en Casa de Poesía Silva, nº 3, Bogotá, 1990; Juan Manuel Roca: Nuestros asuntos, en Magazín Dominical de El Espectador, Bogotá, 11 de Junio de 1995; Darío Jaramillo Agudelo: Mario Rivero, en Historia de la poesía colombiana, Bogotá, 1991; Santiago Llano Luna: Golpe de Dados una mirada al país de los poetas, tesis de grado, Universidad Javeriana, Bogotá, 2016.

Actualizado 24 de enero 2026

Total Page Visits: 34 - Today Page Visits: 1

Leave a Reply