
Arrieritos 108
Laura Alejandra González Vitonas
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Es extraño. Y usted no podrá contradecirme porque bien sabe que es extraño, realmente extraño. O dígame, acaso es normal que aquello que empezó como una simple y pequeña mancha nocturnal y naturalmente silente. Que apareció en la pared recién pintada de la cocina hace apenas unos días y que, en un principio le atribuí sin mucha relevancia al hollín producido por el fogón, ahora haya crecido al punto de tener el mismo tamaño de mi mano.
Y dirá usted, o tal vez se reirá frívola y sarcásticamente de mí. O, por el contrario, sentirá pena, porque muy seguramente pensará que estoy redomadamente histérica, ya que es normal atribución por parte del hombre que no comprende el sentir de la mujer, el dedicarle aquella categoría. Pero créame, por favor créame, porque es extraño, realmente extraño, que, en cuestión de un solo día y una sola noche, aquella mancha que antes no era más grande que el diámetro de la uña de un infante, ahora sea del tamaño exacto de mi mano.
Además, he de confesarle algo realmente extraño. Aquella mancha pareciera tener vida propia. Y más allá de la vida. Pareciera tener una conciencia que yo siento verdaderamente odiosa ya que pareciera observar y anhelar todo a su alrededor con gran recelo y desbordante egoísmo, que raya en lo pecador.
A estas alturas quizá este usted totalmente convencido que ya no es solo cuestión de histeria, sino de locura. Pero créame mi buen amigo que faltan aún ciertos aspectos que le harán reforzar su idea respecto a mi condición. Y que le harán perder toda duda respecto a esta manía mía que sobrepasa los límites imaginativos y de locura que antes se hayan conocido.
Y perdone usted, pero es extraño, realmente extraño porque esa mancha tiene un olor en extremo molesto y desagradable, que le trae a uno la imagen de algo en descomposición, o no, más bien le trae a uno a la mente la representación de la muerte, sí, la representación de una muerte próxima. Es extraño, realmente extraño porque ella también produce un sonido leve, pero siempre presente, que recuerda a los réquiems y los llantos desgarradores de los funerales.
Es extraño, realmente extraño, porque han pasado dos días desde que aquella mancha se ha quedado estática, sin olor y sin sonido. Como detenida en el tiempo. Pero el ambiente y las cosas del hogar están tensas y yo igual. Porque reside en mí una inquietud de presa. Como si aquella mancha fuera un cazador. Es extraño, realmente extraño. Anoche cuando el reloj marcó pesadamente el punto altivo de la luna y el cielo nocturno reflejaba una calma y tenue luz morbosa, una extraña sensación se hizo presente en mí, como un instinto olvidado del actuar humano o más bien del actuar animal, que me obligó a abrir mis estupefactos ojos para darme cuenta que aquella mancha insana se había desplazado hasta allí, y que su deseo de consumirlo todo a su
paso era tal que sentí cercana su necesidad de consumir y adjuntar a su malévolo ser un alimento más apto para satisfacerlo. Escucho aquel sonido. Antes no deseado. Pero, ahora pacífico, casi evangélico. Y parece reclamar imperativamente por mi ser.
El temor ya no habita en mí, solo un sentimiento de calidez y de silencio peyorativo que baña tiernamente lo que solía ser y lo que seré.
Adiós a todos.
Porque al fin de cuentas todo es un adiós constante y prorrogativo.
Es extraño, realmente extraño.

Laura Alejandra González Vitonás, nació el 11 de julio del 2010 en el municipio cafetero del Valle del Cauca, Caicedonia.
Actualmente cursa el último grado de secundaria en la Institución Educativa Rural Caicedonia. Considera la lectura su mayor pasión, fuente de conocimiento y compañía.

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