
Arrierías 108
Pedro Luis Barco Díaz, Caronte
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A la sombra de un totumo, en uno de esos potreros que se extendían a mediados del siglo pasado entre los barrios Alameda y Champagnat, cerca de donde está hoy la Unidad Deportiva Panamericana, transcurrió la vida de Rubén Darío Uribe, conocido como Berracol —más alucinado que Riverita, el barbero de San Nicolás —. Era flaco como aguja de coser remiendos, negro como una noche sin luna, y humilde como el pan viejo.
Todos los días, aparecía en la madrugada. Solo. Como salido de la niebla, y desaparecía en la noche sin dejar rastro. Se rumoraba que era de Terrón Colorado, pero nunca hubo certeza: Berracol era del barrio y de todos, y al mismo tiempo de ninguna parte y de nadie.
Era barbero, aunque jamás cobró por cortar pelo ni por afeitar barbas. Lo suyo, que en un principio parecía un apostolado de estética popular, estaba animado por un sueño imposible: reunir un millón de cuchillas para que la Gillette le mandara un millón de dólares. Nadie supo nunca de dónde sacó esa idea. Unos decían que se la había oído a un vendedor ambulante en la plazoleta de Alameda; otros juraban que la había leído en una revista vieja que encontró entre la basura de la antigua terminal; los más creyentes aseguraban que se le había aparecido en sueños, después de una noche de ron y delirio.
Pero la idea, fuera de donde fuese, se le metió en la cabeza como una astilla y no hubo quien se la sacara.
Día y noche, bajo el totumo, en una silla desvencijada y frente a un espejo que devolvía los rostros con dos segundos y medio de retraso, Berracol ejercía su arte. Solo pedía una cosa: que le llevaran la cuchilla para afeitarlos. Berracol la manipulaba directamente y cumplía su oficio con la precisión de un cirujano. Luego la dejaba caer en una caja de cartón.
Al comienzo, los vecinos colaboraban. Los que tenían para comprar una cuchilla nueva llegaban, se afeitaban y se iban. Pero como Berracol no les cobraba, los mismos marihuaneros y las señoras del barrio empezaron a traerle comida, ropa vieja, un poncho para el frío de la madrugada. La barbería a cielo abierto se convirtió en un lugar concurrido: se iba a cortarse el pelo, pero también a escuchar un cuento, o a matar el tiempo bajo la sombra del totumo.

Con los años, la costumbre se desbordó. Ya no le llevaban solo las cuchillas recién compradas. Los vecinos empezaron a rebuscarlas en los cajones, en las casas de los tíos, en las herramientas olvidadas. Aparecieron cuchillas mohosas de los años cuarenta, hojillas viajeras que habían llegado de otros barrios, de otras ciudades. Hasta los marihuaneros, entre partido y partido en la manga del barrio, le dejaban sus cuchillas como ofrenda.
Berracol las recibía todas. Las limpiaba con paciencia, las clasificaba en cajas que él mismo marcaba con letras que solo él entendía: las de los vecinos, las de los desconocidos, las que llegaban de la calle, las que aparecían en la basura. Y soñaba…
Así, bajo el totumo, Berracol no solo peluqueaba y barbeaba: coleccionaba, clasificaba ese arsenal de acero gastado.
Pasaron los años. El totumo envejeció con él. Las cuchillas se apilaron en cientos de cajas de cartón. Y cuando ya tenía —según su libreta de rayones— más de medio millón, con un peso de casi media tonelada, Berracol se murió. Así, sin previo aviso. Como si el cuerpo hubiera dicho: “Ya está bueno”.
El barrio Alameda, entero, se paralizó. No por la muerte, que ya se olía desde hacía rato, sino por la pregunta que nadie se había atrevido a confirmar: ¿era cierto lo del millón de dólares? ¿Qué hacer con esas cuchillas?
Un grupo de vecinos, liderado por la señora Tulia Torres y por Leonardo “El Flaco” Gómez, el marihuanero más lúcido del parche, investigó. Le escribieron a The Gillette Company. La respuesta fue un telegrama que llegó una tarde: «No señora, eso nunca existió. Con cuchillas no se gana nada. Que en paz descanse su compadre, pero eso es un cuento». Todo había sido una fábula, una invención, un hermoso delirio.
Entonces, en un acto de justicia poética y cariño comunitario, decidieron que las cuchillas no podían terminar en la basura. Un mes después de enterrado Berracol en el cementerio de Siloé, los vecinos consiguieron permiso del párroco, bajaron los bultos en una camioneta prestada, y los echaron al hueco, sobre el ataúd. Para que le hicieran compañía en la eternidad.
Y sobre la tumba plantaron otro totumo que hoy está más gigantesco que el primero.
Desde entonces, cada vez que alguien se afeitaba en el barrio, una cuchilla más llegaba al cielo. Allá, bajo un totumo eterno, sentado en una silla resplandeciente, Rubén Darío Uribe, Berracol, siguió sumando en su cuenta celestial, que pronto llegó al millón.
Fue entonces cuando, un ángel con bigote se le acercó y le entregó su fortuna.
En ese instante se oyó, en el cielo, un estruendo infinito, como si se estuvieran toletoleando las galaxias. Era el aplauso, el homenaje que Dios, los ángeles, los querubines y serafines, y hasta las cien mil vírgenes le hacían a Berracol.
Dios, conmovido por su delirio y su terquedad, dispuso que sería su peluquero oficial y de grupo mayor.
Y lo condenó —o lo premió— a barbearlo por toda la eternidad… por ambicioso.

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