Edición 109

MAKANA DE CAICEDONIA.

By 6 de mayo de 2026No Comments

Arrierías 109

Pedro Luis Barco Díaz, Caronte.

Conocí a Marcos Ríos, Makana muchos años después de que hubiera perdido su mano izquierda. Quedó mocho, pero no derrotado. Al contrario: era un negro afable, dicharachero, con alma festiva. ¿O eso queríamos creer todo el pueblo?

Ya lucía su barba blanca que le daba un aire venerable y una barriga redondita como un tambor de fiesta. Se patoneaba todo el pueblo a paso lento y saludaba a todos —hombres, bestias, piedras y árboles— porque en su mundo todo tenía alma.

Makana había llegado a Caicedonia como policía, pero el destino lo despojó de la placa y se convirtió en ayudante del médico legista, el doctor Heriberto Ramírez de la Pava. Allí halló su verdadero oficio, áspero y silencioso, cargado de muerte y dignidad. Se volvió experto en preparar cadáveres, dejarlos listos para la última cita con la justicia. Era un trabajo sin aplausos, con la sombra sobre los hombros, pero indispensable. Makana asumió esa tarea como quien cumple un rito: con paciencia de sacristán, destreza de campesino y discreción de confidente. No era funcionario municipal, aunque todos lo creyeran; era más bien el guardián, el Caronte criollo de la frontera entre la vida y la eternidad.

Llegaba primero al sitio del hallazgo, con su linterna de petróleo y ayudaba a levantar el cuerpo. Preparaba la mesa de la morgue empotrada a un costado del cementerio y lavaba los instrumentos. Con mano firme, hacía los cortes iniciales en la carne con el bisturí, abriendo camino para que el médico pudiera cumplir su labor con precisión.

La morgue, aunque cerrada, nunca estuvo del todo aislada: los muchachos del pueblo, curiosos y atrevidos, habían hecho un boquete en la pared para atisbar la faena de Makana. Desde allí, con ojos brillantes de miedo y fascinación, miraban oficiar entre el chirrido metálico de los instrumentos y el silencio solemne del cementerio.

Su salario era precario, apenas un estipendio, pero su presencia era indispensable. En él se mezclaban la destreza manual del campesino, la paciencia del sacristán y la discreción del confidente. Su oficio era custodiar la dignidad del muerto y facilitar la verdad del médico, sin reclamar protagonismo.
Era muy popular, pues se ayudaba la vida con otro oficio, ese sí espectacular: era el polvorero del pueblo, quien elaboraba los voladores, cohetes, tronadores y demás fuegos artificiales. Conocía las proporciones exactas de azufre, carbón y salitre, y las manipulaba con destreza y cuidado. Su trabajo estaba ligado a las fiestas patronales, las procesiones religiosas y las ferias del pueblo. Era el encargado de que la pólvora estallara en el momento justo, marcando el ritmo de la celebración.

Un Domingo Santo de hace sesenta y pico de años, el pueblo entero gozaba con la quema de Judas Iscariote, una creatividad jocosa que mezclaba pólvora con burla. Makana, maestro del estruendo, preparó su famosa Serpiente de Fuego que terminaba en la cabeza de Judas. Pero algo inesperado ocurrió: la cabeza no voló en pedazos, sino que se apagó como si hiciera un gesto de desdén. Makana, olvidando los rituales de la previsión, se acercó confiado, metió la mano y… ¡Bum! La explosión fue tan brutal que un dedo fue a parar en la solapa de la camisa del estudiante Bernardo Quiroz, mientras los otros cuatro salieron disparados hasta quedar colgando de un árbol de guamo del parque de Nuestra Señora del Carmen.

En sus días de convalecencia, Makana no dejaba de temer por la inminente pérdida de su labor, pero don Chucho Calandria, solidario como pocos, le mandó a hacer un hermoso garfio a su medida, dorado y brillante como relámpago de pólvora. Ya recuperado, Makana volvió a su oficio al lado del cementerio.
Y aquí es donde la historia se vuelve turbia, aunque en el pueblo nadie quisiera recordarlo.

Para poder trabajar con soltura, le tocaba hundir el garfio en el pecho o la espalda del occiso y desde allí se afirmaba para abrir camino con el bisturí. Era su manera de ganar firmeza para facilitar la labor del médico De La Pava. Y a partir de entonces, todos los asesinados en la época de la violencia que habían sido baleados, contrariando las versiones de los testigos, aparecían también con heridas de punzón, algunas necesariamente mortales.

Eso es lo que aún se cuenta, pero nadie certifica. Makana no fue solo un hombre: fue un relámpago que cruzó la memoria de Caicedonia. Sus dedos colgando del guamo se volvieron leyenda, y su garfio dorado, más que herramienta, es símbolo de resistencia.

Pero también fue sombra. Sin proponérselo, falseaba la realidad y torcía la justicia. Cada cadáver que tocaba quedaba marcado por su garfio, y esas huellas confundían los hechos, borraban certezas, alteraban pruebas. En un tiempo de violencia, donde la verdad ya era frágil, Makana la volvió aún más turbia.

El pueblo, entre risas y pólvora, lo convirtió en mito. Pero detrás del mito quedó la paradoja: el hombre bueno que, sin querer, ayudó a disfrazar la muerte. Su oficio, mitad rito y mitad fiesta, terminó siendo también un acto de encubrimiento.

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