Revista Digital Arrierías 71

Los momentos de solaz a veces se convierten en un hervidero de recuerdos, los que retrotraen con afecto o nostalgia los sucesos que se han hecho historia que se pierde en los ayeres. Uno de ellos tiene que ver con la celebración de la Semana Santa, la que incluía variadas y vistosas procesiones a más de una masiva congregación de la feligresía.

El Domingo de Ramos, desde muy temprano el atrio de la iglesia, que para entonces contaba con unos espacios altamente peligrosos en sus escalas de acceso, se copaba de campesinos vendedores de los ramos, cogollo de la palma de cera nativa de la zona cordillerana, y sin que en ese entonces se insinuara el daño ecológico.

Aquel domingo, la procesión de los ramos recorría varias de las calles del municipio para concluir en el templo, donde el mecer de las palmas durante su bendición, era un llamativo espectáculo. Muchos hacían especiales artesanías con los ramos, lo que por igual se volvía otro atractivo, y que generaba la obligación de guardar la palma, la cual era quemada, de manera especial en medio de tempestades.

Los días siguientes, lunes, martes y miércoles, determinaban las convocatorias de la iglesia al rezo del viacrucis, la hora santa y las denominadas cuarenta horas al igual que las infaltables conferencias, las cuales obligaban al refuerzo sacerdotal durante esos días, incluyendo además las infaltables confesiones.

El jueves ya sería un día especial, había recogimiento y silencio en las comunicaciones, y obligaba a acudir al templo de manera temprana, para alcanzar lugar en las bancas para participar en la ceremonia de la Ultima Cena, donde se notaba la presencia de un grupo de jóvenes que acompañaban al Señor, y cuya natural prolongación generaba el cansancio que no se podía exteriorizar.

En la misma fecha, en la noche, la denominada procesión del Prendimiento era exclusiva para los hombres y el portar de antorchas o velones era la simbología en el rezo nocturno, y la que partía desde uno de los extremos municipales para concluir en el templo. Parte de la noche era complementada con la visita al o a los Monumentos, adecuados estos en el propio templo y en otros sectores como los colegios.

Llegaba el Viernes Santo, el silencio era sobrecogedor, mientras obreros del municipio sembraban las destapadas calles de entonces de ramas traídas del campo, para semejar la vía dolorosa. La congregación ciudadana se hacía en el sector de Leticia frente a la casa de don Antonio Londoño, destacado ciudadano conocido como “tolrá” en alusión a su pequeña empresa procesadora de café.

Sobre la elva que daba a la vía pública se escenificaban pasajes de la sentencia en las voces y actuaciones de ciudadanos de la localidad, entre quienes destacaban Edgar Tobón Navarrete y Raúl Munar Echeverri, los que eran acompañados por otros grupos  que conformaban la soldadesca romana, las mujeres de Jerusalén, los apóstoles, estos últimos casi todos menores estudiantes, y sumándose al acto estaba la comunidad católica que iniciaba desde el sitio el rezo del viacrucis que habría de terminar en el templo.

Después de la actuación se iniciaba la procesión con paradas diseminadas a lo largo del que calificábamos en ese entonces de extenso recorrido, para que en determinados sitios, lugar de las estaciones se incorporaran a la masiva procesión diversas imágenes, las que en hombros de cargueros voluntarios iban sumando vistosidad a la marcha religiosa del Viernes Santo, y cuando los relojes de la torre marcaban el medio día, después de una inevitable sudada, con inusitada frecuencia al concluir la procesión frente al templo, se iniciaba un aguacero.

Era la hora del almuerzo y un merecido descanso para la continuidad participativa de las actividades religiosas de la tarde. En las casas, incluyendo la nuestra era una tradición sintonizar a esa hora a través de la radio las reflexiones de las Siete Palabras emitidas por Monseñor Augusto Trujillo Arango, quien en alguna ocasión rectorara los destinos espirituales de Génova, y las cuales iban concluyendo cerca de las 3:00 de la tarde.

Un poco después se cumplía un nuevo desplazamiento hacia el templo parroquial. Por igual se escenificaba la reflexión de las Siete Palabras, la Adoración de la Cruz. La reflexión tuvo variantes, pues en los primeros años era el párroco o alguno de los sacerdotes acompañantes o invitado de la época, quienes hacían la extensa oración reflexiva, y tiempo después la misión le fue encomendada a algunos laicos que en asocio del sacerdote, le daban un cambio sustancial a la tradición. Esta actividad variable, se encomendó por años a los integrantes del Club de Leones.

Se continuaba con el descendimiento del Cristo de la cruz y su ubicación en el Santo Sepulcro, para darle paso a la procesión correspondiente que recorría las principales vías con un silencio sobrecogedor. Durante la noche se prolongaba la visita al sepulcro custodiado por unidades policiales o bomberiles, mientras se colocaba a lado y lado de la imagen diversos objetos que las gentes consideraban con esta permanencia su propia bendición sagrada. Un espacio del templo la más de las veces era acondicionado para establecer el sepulcro, aunque en algunas ocasiones se llevó a cabo en otro lugar como el colegio San Vicente o la de entonces casa campesina.

El sábado transcurría con un gran respeto y activo silencio, visitas al sepulcro, y al caer de la tarde la proyección de la procesión de la Soledad ocupaba a muchas personas. La administración, los grupos cívicos, las fuerzas armadas y policiales, bomberos, estudiantes, y comunidad, se iban congregando en el punto de partida para que poco después de las 6:00 de la tarde, cuando ya oscurecía se iniciara la marcha que habría de concluir de manera solemne en el templo.

Un rato después, la ceremonia de bendición del fuego y del agua, se iniciaba desde el frente de la iglesia, donde una gran pira activada por grupos como la Cruz Roja y la Defensa Civil, permitía el encender el cirio pascual que en manos del sacerdote iba multiplicando la luz salvadora en todos los espacios del templo.

Luego la bendición del agua con aspersión durante recorrido interno por parte del prelado, y finalmente la simbología de la resurrección que contaba con silencio y oscuridad para dar paso al canto de ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya! y la iluminación del espacio sagrado como punto culminante que a la vez dejaba ver la imagen del Resucitado.

Llegaba el Domingo de Pascua o de Resurrección, y hacia las 10:00 de la mañana, escuelas y colegios acompañados de la banda musical, la que en años precedentes ha tenido activa participación en todas las ceremonias procesionales, se hacía el recorrido con la imagen del Resucitado, la que concluía en la iglesia con la celebración de la santa misa, y con lo que se ponía punto final a la máxima celebración religiosa católica en esta zona del país.

Sacerdotes, coadjutores, monaguillos, apóstoles, participantes, cargueros y una gama de colaboradores, habían hecho posible una nueva versión de la Semana Santa, la cual, a lo largo del tiempo, manteniendo la misma filosofía se sigue repitiendo en cada congregación cristiana del orbe.

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