Arrierías 84.

Un relato de Alberto de la Espriella

 Sonando discreto en los mini parlantes, contentos con la melodía y ocultos en las cuatro esquinas del lugar, un blues ambientaba mi café de origen aquel atardecer de febrero, bajo un parasol del Parque Sucre. Es una estancia inspirada en un boulevard europeo de aquellos que, gente como uno, solo ha visto en internet, o en películas de la guerra fría, o en las tarjetas postales que están en vía de extinción. Lo conforman cafecitos, ventas espontáneas de helados, comidas rápidas y fruterías, donde jamás pensé que sonara este tipo de música.

Armenia siempre me ha parecido la capital de lo inesperado.

Aroma de café y anhelo de mujer fueron la esencia de aquella tarde arrebolada. Estaba inmerso en mi contemplación cuando vi una morena caminando altiva y misteriosa hacia mí. Me lanzó una mirada indescriptible, mezcla de sorpresa, odio y felicidad… fuego tibio. Entre su traje de dotación, un ceñido conjunto color azul zafiro de chaquetilla marcada con el logotipo de una entidad financiera y su pantalón ajustado, adiviné su “divina proporzione”.

Un cuerpo de amplias curvas, cuidado y excelente, que podría frisar los 40 años. Algún plan atrevido comenzó a urdir mi mente, pero se diluyó en el instante que la escuché increparme en un tono tan doloroso y sorpresivo como el blues, que me desconcertó. Que me desarmó.

– Y vos qué hacés por aquí – exclamó, más que preguntarme –. ¿No que nunca volverías por estas tierras porque querías hacer tu vida definitivamente allá en Francia? ¿O es que venís a visitar la moza que me dijeron que tenías aquí…? ¡Sinvergüenza!

Yo, mudo ante semejante abordaje, no atiné más que a levantarme y por galante cortesía acerqué una silla invitándola a sentarse. Ella dudó, siguió de pie, y yo iba a replicar, pero casi gritando me acusó: – Ah, y me quedé esperando mis veintitrés mil Euros. Sí, los veintitrés mil que ahorré trabajando como una bestia mientras vos… bueno, ladrón resultaste, al fin y al cabo. ¿No me prometiste que cada mes sacabas una parte de mi cuenta de ahorro y me la enviabas para que no tuviera que pagar la retención aquí? Han pasado exactamente novecientos noventa y nueve días, Julián y ¿qué…? Nada, como siempre vos, ¡nada!

 Estupefacto, quise hablar para decirle que yo no era el tal Julián, que nunca había vivido al otro lado del charco y que me estaba confundiendo… pero para sorprenderme todavía más, resolvió tomar asiento frente a mí:

 – Es el colmo, venir hasta acá y ni por decencia se te ocurrió una llamada… al menos para contarme que te habías gastado la plata en un negocio chimbo. Si no es porque tu hermana, a la que me encontré hace poco, ni me entero.

Cómo fui de estúpida, -eso decimos todas-, pero esto… ¡esto sí es la tapa, Julián! – El resto de los epítetos y las palabrotas, mejor no recordarlas.

 Ya con la mirada de toda la clientela puesta en mi mesa, quise decirle que mi nombre no era Julián y que me importaba nada que él fuera un hijueputa; quise decirle que ella me encantaba, que me resultaba un oasis de erotismo en esta tarde rosada, que me moría por abrazarla fuerte, de sentirla pegada a mi pecho… Tomó rápido un sorbo del vaso de agua con que yo pasaba mi café, y bajó su tono a un susurro de reproche adolorido que empezó a inquietarme:

– Nooo… que tristeza; ¡y pensar que te di a vos esos años hermosos donde me sobraban las oportunidades…! ¿para qué? Hasta abortar a nuestra creatura me obligaste, desgraciado… Fueron años, miserable; cinco años trabajando en lo que fuera y humillándome en Europa para que vos… mientras vos… ¡ah, ya p’a qué…! Pausó dos segundos, casi lloró: – Cuando quedé agotada y ya no pude más, cuando quise retomar la vida que nunca debimos abandonar, claro: me saliste con que en realidad tu futuro no estaba en un cafetal, que no estaba conmigo, que descartáramos el matrimonio, que lo nuestro ya era un imposible.

¡Descarado…!

Ya iba yo a hablar cuando apareció un mesero colocando una lámpara en la mesita y luego, entre incrédula y curiosa, me recorrió su mirada inquisitiva y observó: – Pero… vos estás muy cambiado Julián –“Carajo, que no soy Julián”, pensé.

– Te veo como más alto, como más… como menos… como… ¡ay no! vos no sos él, que pena, Dios mío, señor. Usted es casi igualito… no sé qué me pasó, por qué los confundí… ¡no, perdón, perdón…!

 La música dejó de sonar. Las voces, como entendiendo lo que estaba ocurriendo, se acallaron poco a poco y hasta la máquina de café dejó también de funcionar. No sé qué logré balbucear mientras ella me miraba con una pena que me dio lástima, y se alejó rápida. Detuvo y abordó un taxi que, por desgracia, dobló en la calle aledaña. Reaccioné tarde, tal vez la hubiese retenido. Al contrario de Cenicienta, ella no dejó ni zapatilla, ni algún rastro… y pensar que toda la gente del lugar creyó que esto iba a terminar bien.

 Muchas vespertinas como esa, -y durante un buen tiempo recordándola-, añoré ocupar en aquél cuerpo hechicero el sitio de Julián. Pero ella, con su huida herida, jamás me lo concedió. “Maldito seas Julián”.

 

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