Por primera y última vez el par de tanguistas se ve forzado a bailar sin música. El compás de la canción, Tango flamenco, solo en la memoria. Y en sus ritmos más turbulentos que de costumbre, la letra. Su contrato es conmover al propietario de la sombría estancia. Aunque con cada paso y en los abrazos ambos desentrañaron su talento, sensualidad y experiencia para erotizar el ambiente, tan pronto concluyeron la intervención fue forzoso el sacrificio, bajo el turbador aplauso de los mariachis. Entre el desamparo general nadie acude en su ayuda. Incisivo epitafio oral, de Alejandro Dolina, uno de los músicos es obligado a balbucir: “Qué se haga ya la oscuridad. Deténgase la sucesión. En una ausencia tan brutal que es uno mismo el que no está. Y no sentir ningún dolor es lo que duele más”. No solo el pavor implícito sino un infame placer inflamando a los nueve hombres, les disuaden de socorrer a la pareja. Cualquier distante espectador atestiguaría que todo aquello es una extravagante comedia para calmar fantasías sexuales del millonario anfitrión. Ángelus de tequila y sangre. Noche de tango y sangre. De huapangos. Rancheras y corridos y sones jarochos. Los integrantes del mariachi son obligados a lamer la sangre coagulándose sobre ambos cadáveres.

Luego de la opulenta cena, abandonan el comedor para introducirse vestidos en la piscina. El negro vestuario de bordados refulgentes acentúa la fúnebre atmósfera del lugar, mientras acomodan sus instrumentos alrededor de esta: guitarras, guitarrones, violines y trompetas en cuyas superficies destella la luna, observan enmudecidos a los mariachis sumergidos hasta el cuello. Destacan sus amplios sombreros. Cada mariachi adopta la tiesura de una estatua tan pronto llega a su sitio. Cuando ocupan sus lugares, el cantante principal interpreta a cappella:

No hace falta que salga la luna

pa’ venirte a cantar mi canción,

ni hace falta que el cielo esté lindo

pa’ venir a entregarte mi amor,

no encontré las palabras precisas

pa’ decirte con mucha pasión,

que te quiero con toda mi vida,

que soy un esclavo de tu corazón…

Dentro y fuera de la piscina, esa intrusa luna es la principal protagonista dela ceremonia. Poco a poco, imponentes mariposas llegan a reposar sobre los instrumentos reservados para ellas. Entre la noche, desfallecida con lejanos aullidos de perros que nada saben de música ni ceremonias, los mariachis esperan otra hora más, allí sumidos. Entonces el peregrino del tiempo, señor de la melancolía de umbríos caminos, reflejada en sus ojos y su lánguido paso, asediado por el lamento de infinitas voces plañideras, aplaude el homenaje de los charros. Aunque cada uno de aquellos varoniles mariachis, por instinto de supervivencia desea entregarlo todo, su sed de sangre ya la mitigó con la pareja de tanguistas. Solo le resta penetrar, con ancestral sabiduría, a esos nueve hombres, frente a sus compañeros cantando en coro y sin fatigarse, ni hace falta que el cielo esté lindo pa’ venir a entregarte mi amor. No necesita que le concedan amor. Mucho menos que le hablen de amor. Cuando escucha tal palabra, siente deseos de vomitar. Igual que cuando escucha la palabra Dios, regurgita la sangre que ha bebido. Le basta con sus cuerpos. Sus culos. Traspasarlos como a huérfanos niños, sodomizarlos como a pasivas mujeres. No sacrificará a ninguno de ellos. Antes que salga el sol, podrán marcharse sin instrumentos y permanecer en silencio. O relatar, cada cual a su manera y con imprecisas palabras, una escabrosa historia de vampiros durante esa noche de música, que nadie creerá. “Y no sentir ningún dolor es lo que duele más”, le susurró en el oído, al primero de los mariachis, bajándole imperturbable sus mojados pantalones y dejándole al descubierto el estremecido culo mientras lo arrojaba bocabajo y desmoronado contra el césped.

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