Hacia una ontología metafísica del bolero

Segunda parte.

Arrierías 83.

Por: Francisco A. Cifuentes S.

“Ese bolero es mío

Desde el comienzo al final

No importa quién lo haya hecho

Es mi historia y es real

Ese bolero es mío

Porque su letra soy yo”

(“Ese bolero es mío”. Mario de Jesús. 1924-2008)

Para Mario, mi bolerista insigne. 

EL YO LIRICO DEL BOLERO

“Un bolero sincero, alegre y travieso

Un bolero que te rompa el corazón

Un bolero para amarrar tu cintura.

Un bolero para alcanzar la locura”

(“Un bolero”. Emilio José)

Normalmente se habla del Homo Sapiens para distinguir el animal del ser  pensante, de Homo Económicus para establecer la diferencia entre el animal y  el hombre como ser trabajador y productor, del Homo Ludens para señalar la  necesidad y la caracterización del juego y el ocio en el ser humano; del ser que  habla para radicalizar la diferencia en el lenguaje, que hace al hombre un ser  que articula y habla frente a los otros sonidos de los animales; del ser que  interpreta para darle valor a su condición hermenéutica y semiológica y el ser  humano como sentipensante, en la medida que siente y piensa a la vez y esa  es su condición, más allá de todo positivismo y racionalismo. En este panorama tan rico y complejo del ser, abierto a múltiples posibilidades y arrojado hacia el infinito (Heidegger), no se nos puede olvidar la mejor característica que aquí nos interesa: Existe un “Homo Musicus” desde hace 40.000 años, justo cuando el hombre pudo imitar los sonidos de la naturaleza; primero como colectivo y después como individuo; primero con su cerebro, sus sentidos y su voz y posteriormente ayudado con instrumentos básicos de percusión y sonido. Y así nació la Mousiké, como el arte de los sonidos.

Aquí nos permitimos la licencia de dar un salto histórico e invitar dos escritores importantes para la música latinoamericana; en lo que vamos a ir delineando acerca de la configuración y características del Yo Lírico. Pero es en “la Edad Media que la canción se une al verso para cantar, como el bolero, penas de amor y olvido”, según la sentencia de Guillermo Cabrera Infante en su breve texto titulado La Música Extremada (Espasa Calpe S.A. 1996). Y según Carlos

Monsiváis en su escrito Escenas de Pudor y Liviandad (Penguin Random  House. 1988), en vez de Rómulo y Rémulo, hubo una “Roma Tropical”, que fue descubierta por Benny Moré y Daniel Santos. 

En ese Yo Lírico, que está dentro de la condición natural y cultural del bolero, existe “un florido amparo simbólico”, para utilizar la expresión de la psicoanalista y escritora Laura Palacios, al analizar “el genuino lenguaje del amor en Hispanoamérica”. Allí todo es deseo, imaginario o real y, lo que se persigue es la huella del andar amoroso. Ella cita a Jaques Lacan (Seminario La Transferencia) al referirse a “la fórmula de la producción del acontecimiento amoroso, donde lo que caracteriza al amante, al sujeto del deseo, es su falta” y en esa búsqueda inadecuada es donde surge el amor y, diríamos nosotros, es ahí donde se crea el bolero. Ese pugilato permanente y eterno entre los amantes y su búsqueda infinita de algo que dice llamarse amor, lleno de celos, suposiciones y fantasmas, se caracteriza porque “su corazón es un campo de batalla, Eros y Tánatos han entrado en guerra. Es en este terreno donde la producción bolerística echa su raíz más profunda, y esa raíz se eleva al cénit” (PALACIOS, Laura. El Bolero como discurso del amor. En: Rev. Página 12.  Rosario, 19.07.2012). Así califica el bolero como “esa holística del amor desgraciado”, donde de todas maneras anida el alma, “ese último huésped flotante”. Algo tan difuso, pero a lo que se le escribe y se le canta en el bolero; pues “solo podía llamarse alma lo que permite a un ser soportar lo intolerable de su mundo”, según Lacan. Lo que es totalmente relacionable que la bella expresión de Kundera, al titular su novela “La insoportable Levedad del Ser”.  Por eso son muy dicientes estos versos del tema El Bolero de Milo J. y Yami  Sfdie: “Tengo un fantasma que to´ el día me persigue / y que me muestra tu  sonrisa donde mire / no encuentro la manera de ser libre … Ay, sácame esta  maldición … Justo ahí vuelve a atacarme / ese recuerdo de tu sabor”. 

Este Yo Lírico está antecedido del Yo Romántico, propio del romanticismo alemán, inglés y francés y emparentado con el Yo Filosófico o el Yo Fichteano.  Es la constitución del yo que piensa, desea, siente, cela, ama, clama, se rebela, padece y pide un estatuto en el mundo conflictivo y fantasmagórico, solicita un puesto en el universo. Allí existe “una reacción de los sentimientos contra la razón y contra el empirismo que exalta el misterio y lo sobrenatural y que busca un escape en el sueño, la fantasía, lo mórbido y lo exótico”. Precisamente en América se leyó demasiado Las Penas del Joven Werther de Goethe, con la cual muchos adolescentes sufrieron de amor y por lo cual han sido calificados como “Werthers latinoamericanis” (LINERO Montes, Fernando. 2008. El bolero en sus propias palabras. Icono. Bogotá). Los Himnos a la Noche de Novalis donde entrelaza el amor, la muerte y el misterio. Toda la poesía de Hölderlin cargada de genio y locura (CIFUENTES, Francisco. Historia, ciencia y filosofía en Andrea Wolff. En: Rev. Sur. Bogotá. 2023). Los ingleses Coleridge, Byron, Keats y Wordsworth aclimatados aquí por Borges en sus clases de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires (cfr. Borges Profesor) y los franceses Chateaubriand, Musset y Théophile Gautier. Al respecto valga citar el tango Margarita Gautier de Miguel Caló y la alusión a su hermano, en la canción Lamento borincano, interpretada por Javier Solís y tantos otros: “Borinquén, que el gran Gautier llamó la perla de los mares”. Y en general, por esta línea caben todos los boleros donde el yo es protagónico: yo te amo, yo te adoro, yo te deseo, yo te beso, yo te abrazo, yo te recuerdo, yo te sueño, yo moriré por ti, yo te olvido, yo me desespero, yo me enloquezco, yo me emborracho, yo me voy, yo me muero, porque yo he de llorar y un largo etcétera.

Pero ese Yo Lírico no va solo, se constituye frente al Otro, a pesar del otro, frente a la distancia del otro, soñando y deseando al otro, amando al otro, vengándose del otro, mintiéndole al otro, exigiéndole la verdad al otro, traicionando al otro, pidiéndole fidelidad al otro, acostándose con el otro. Al respecto Guillermo Cabrera Infante expresa que el bolero es la ilustración poética del conflicto: “la célula básica del melodrama entre un hombre y una mujer, desarrollándose en algunos casos la dialéctica del predominio del uno sobre el otro. Es lo que Wilhem Frederich Hegel desarrollo como fenomenología de la mente.” 

Es desde La Introducción General a la Fenomenología Pura de Edmund Husserl que se habla de la búsqueda de la esencia de las cosas, a través de la experiencia y sus distintas manifestaciones, para aspirar a la verdad objetiva del conocimiento del fenómeno; al conocer como el mundo se hace presente en la subjetividad. Precisamente por eso se le llama Fenomenología Trascendental. Esta está emparentada con el romanticismo alemán, con la visión existencialista del ser, la búsqueda y la aparición de la Otredad y, hoy día, con las tareas intelectuales de la deconstrucción en el sentido derridiano.

Muy libremente apoyados ahí, podemos hablar de una cierta Fenomenología del Amor, desde donde se puedan ver y analizar la vida, los grandes temas de la condición humana; cómo van apareciendo, cómo se van manifestando. Tratar los fenómenos románticos y musicales (y el bolero ahí) como experiencias del ser: de la noche, de la habitación, de la calle, del suburbio, de la playa, del salón, de la ventana, la cama y el cabaret. Descripción de las mujeres y los hombres vestidos y desnudos, durmiendo, relacionándose íntimamente, abrazándose y besándose, desde el machismo y el feminismo, desde la androginia. Así se puede catalogar a una Fenomenología del Espíritu Amoroso; estando atentos a lo absoluto, a lo real, a lo imaginado, a lo sentido, a lo palpado, a lo soñado, a lo irreal y a lo imposible; solo captados por la música, la poesía y en este caso por el bolero.

Más allá de la fenomenología de la mente, de la fenomenología del espíritu, de la fenomenología del amor y de la fenomenología de las caricias (Emanuel Lévinas), ya se puede hablar de una Fenomenología del bolero, como tal (CASTILLO Zapata, Rafael. 1990. Monte Ávila Editores. Caracas). Esta consiste en la experiencia afectiva y reflexiva del cuerpo, manifestada en las figuras prototípicas a través de las cuales se vive, se concibe y se experimenta el amor y se pueden escuchar en un abundante catálogo de boleros. Este ensayo se puede ver como un desarrollo de la filosofía francesa, en el pensamiento latinoamericano, a partir de la cátedra inaugural de Roland Barthes en el Colegio de Francia, titulada Fragmentos de un Pequeño Discurso Amoroso. Allí confluyen los sentimientos, las letras y las músicas del ser latinoamericano, analizadas incluso desde el psicoanálisis.

La visión y el sueño son fantasmagóricas, fenoménicas si se quiere y, a pesar, de lo aparentemente irreales, es el bolero el que nos trae su retrato y su figura, en los siguientes términos: “Como una dulce visión apareciste en mí / y fuiste una ensoñación” (Divina Mujer. Jorge del Moral). Pero, sin embargo, a pesar de tales evidencias, el amado se queja profundamente y canta así: “Y qué más da / la vida es sólo una mentira” (Miénteme. Armando Chamaco Rodríguez)

Nos preguntamos, cómo es posible asir las siguientes experiencias y sensaciones de la vida y el amor, donde se funden el principio, el final, el tormento y el amor; pues tal vez sólo pueda ser en tres versos de esta canción: “Volver a empezar a atormentarnos, / a querernos para odiarnos, / sin principio ni final” (Encadenados. Carlos Arturo Briz)

El padecimiento amoroso reclama una interpretación, que no haya paz e incluso ya no vierte lágrimas; pero que existe y por tal se siente; pues así lo han expresado las guitarras y los cantores a nombre de los enamorados en una noche de luna llena frente a las ventanas: “Nadie comprende lo que sufro yo…/ tanto, que ya no puedo sollozar.” (Perfidia. Alberto Domínguez)

Y la devoción, la renuncia y el goce del ser, manifestados en el bolero, desde el punto de vista hegeliano y psicoanalítico, analizando el amor-pasión en el texto bolero, a partir de una visión heurística, pero muy latinoamericana, valga citar el profundo artículo del filósofo Héctor Hernández (“Jaramillo canta en hegeliano”. En: Rev. Praxis 61. 2008).

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