Arrierías 83.

Por: Hernando Bedoya Castaño*.

Recientemente, la última de mis tías por la línea materna falleció a los 15 días de la muerte del esposo. Ella, de 84 años y, él 92 años, habían estado juntos durante 70 años de vida formando una familia de 23 hijos, 16 nietos y 8 bisnietos. El fallecimiento del varón de la pareja se dió de forma inesperada, mientras que ella, que tenía una insuficiencia respiratoria crónica, era la “más enferma” y se esperaba que se muriera primero.  La muerte de su esposo la sumió en gran tristeza y llanto, manifestando aumento de su falla respiratoria, lamentándose de que “se me fue mi vida”, “me quede sola” y aumentando su dolor torácico simulando un infarto y fallece de manera súbita a las dos semanas. 

Esta historia familiar nos muestra que la causa probable de la muerte de mi tía es el síndrome de corazón roto o síndrome de Tako-tsubo, una entidad médica descrita en 1990 por Sato y colaboradores en Japón.  El tako-tsubo es una trampa utilizada por los japoneses para capturar pulpos y su forma es similar a las imágenes radiológicas vistas en corazones de pacientes afectados como una dilatación aguda de la punta del corazón. El corazón roto es, pues, una condición real causada por extremo dolor psicológico, tanto que el saber popular la refiere que “se murió de amor” o le atribuye efectos mágicos a la muerte del ser precedente: “él se la llevó”.

El síndrome de Tako-tsubo es un síndrome de aturdimiento miocárdico intenso, precipitado por situaciones de estrés agudo que se asocian con liberación suprafisiológica de catecolaminas.  Se describe como una cardiomiopatía primaria y con manifestaciones de síndrome coronario agudo, sin hallazgos de enfermedad coronaria y con acinesia apical transitoria, de característica reversibles. Puede ser disparada por un stress intenso que libera altos niveles de adrenalina y otras hormonas relacionadas con el estrés asociada al duelo y experiencias traumáticas. 

La exposición prolongada del tejido cardiaco a estos químicos genera falla cardiaca, dilatación del ventrículo izquierdo y deficiencia de bomba, simulando la sintomatología de un infarto o síndrome coronario agudo. El cuadro clínico incluye fatiga aguda, dolor torácico severo, edema pulmonar, pérdida del conocimiento, shock cardiogénico y paro cardiaco.  En algunos casos, se superpone a las condiciones cardiacas previas del paciente (hipertensión, falla cardiaca, insuficiencia respiratoria crónica, falla renal), que junto con el estrés incrementan su letalidad y ser causa de muerte.

En la fisiopatología que explica el evento, se ha implicado al exceso de catecolaminas como el principal mecanismo (Wittstein, 2005) que resulta en espasmo coronario de las arterias epicárdicas por el incremento de tono simpático originado por el estrés mental.  Así mismo, se ha propuesto que el vasospasmo de arterias coronarias, los cambios metabólicos del miocito cardiaco y la obstrucción del tracto de salida del ventrículo izquierdo generan un desequilibrio en la oferta y la demanda de oxígeno, lo que obliga a las células afectadas a entrar en reposo y desarrollo de necrosis y disfunción celular.

El síndrome de corazón roto tiene una presentación variable, comprendiendo hasta el 9 % de los síndromes coronarios agudos.  Se presenta preferentemente en mujeres, 951 de 1109 (86 %) pacientes en la revisión de Pilliccia 2015 y, en edades superiores a los 50 años.  Han sido reportado la presencia de 1 a 3 estresores y se ha encontrado asociada a obesidad, hipertensión, tumores, dislipidemia, diabetes y fumar.   Comorbilidades presentes son los trastornos neurológicos (7%), la enfermedad renal crónica, la enfermedad tiroidea y las psicológicas y psiquiátricos (24 %) entre los que se incluye la ansiedad, las alteraciones del ánimo, el delirio o la demencia.

No es infrecuente el reporte de fallecimientos después de la muerte un familiar directo dentro de los siguientes días al fallecimiento de la pareja, hijos o amigos.  Se presenta con más frecuencia cuando la muerte es súbita e inesperada y, es menos frecuente en personas con gran acompañamiento familiar y comunitario incluido una fuerte creencia religiosa. En las enfermedades crónicas debilitantes (cáncer, pacientes con postración o encamamiento prolongado) la probabilidad de aparición del síndrome de corazón roto es infrecuente por la posibilidad de realizar un duelo anticipado y tener tiempo de decirle adiós a su ser amado.

Varios estudios han demostrado que los pacientes con el síndrome de corazón roto tienen prevalencias altas de ansiedad y depresión. El factor predisponente más reportado está relacionado con los desórdenes de ansiedad crónica.  Los trastornos del afecto son más frecuentes en los pacientes con alteraciones cardiacas que pacientes factores de riesgos como diabetes y fumar. La tendencia a no compartir las emociones negativas, que resultan de las situaciones estresantes, se cree que está asociada a la exagerada actividad simpática y respuesta cardiovascular. Las personas tienden a somatizar cuando se enfrentan a situaciones que sobrepasan su capacidad de afrontamiento: el cuerpo reacciona a una amenaza psicológica como si fuera una amenaza física. 

Una pequeña porción de los pacientes solicita atención psiquiátrica por sus quejas somáticas y la gran mayoría están deprimidos. La negación, la supresión y la regresión son los mecanismos de defensa de estas personas para controlar sus emociones y pensamientos, y comienzan a somatizar sus dolencias.  Se plantea que los pacientes psicosomáticos son incapaces de expresar completamente sus propios sentimientos y sus condiciones son exacerbadas en condiciones de estrés. Han sido descrito fenómenos de hipocondriasis en personas con tendencias altamente obsesivas, en especial con su cuerpo o con la tendencia a manipular a los demás. Estos pacientes son pasivo-agresivos, demandantes, críticos y con gran incapacidad de comunicación, que cuando se da, es como una expresión de su rabia y hostilidad. Las pérdidas relacionadas con la muerte o separación de un ser querido (esposo, esposa, hija, hijo, amigo, amiga) son disparadores emocionales en la aparición del síndrome de corazón roto y en el infarto agudo de miocardio. 

Clínicamente, han sido propuestos los criterios diagnósticos (criterios de Mayo) desde 2009, con una modificación en el 2018 por la sociedad europea de cardiología y un grupo de consenso.  A parte de estos criterios relacionados con el síndrome de corazón roto o cardiomiopatía por estrés, se han propuesto como factores desencadenantes el estrés postraumático, las guerras y los eventos deportivos, así como los siguientes:

  • Muerte o enfermedad un familiar (esposa/o, hija/o, amiga/o)
  • Malas noticias
  • Discusiones acaloradas
  • Fiesta o actividad sorpresa
  • Hablar en público
  • Citación judicial
  • Accidente de tránsito
  • Pérdidas económicas
  • Cambio de residencia
  • Procesos quirúrgicos grandes (implante de dispositivos protésicos, recuperación postanestésica)
  • Intoxicaciones y síndrome de abstinencia (uso de opioides)
  • Estudios farmacológicos con estrés o ejercicio
  • Situaciones medicas: asma, cirugía no cardiaca, neumonía, intenso dolor luego de un trauma, tirotoxicosis, hipoglicemia.
  • Trastornos neurológicos: hemorragia subaracnoidea, epilepsia

En el síndrome de tako-tsubo, corazón roto o cardiomiopatía por estrés, en su presentación clínica pura, la muerte es infrecuente porque se maneja con síndrome coronario agudo. Pero en el seguimiento a largo plazo, la insuficiencia cardiaca es frecuente; se observa sobre todo en pacientes con más comorbilidades y peores clases funcionales previas y se asocia a más eventos adversos. El pronóstico a largo plazo es generalmente bueno.

Desde el punto de vista mental y psicológico, el corazón es referido como fenómeno emocional que se produce después de una experiencia traumática relacionada con la pérdida de un ser querido o una ruptura emocional.  Se genera en la persona afectada sintomas tales como tristeza profunda, ansiedad, depresión, insomnio, pérdida de apetito, dificultad para concentrarse, irritabilidad, baja autoestima y falta de motivación.

La psicóloga Ginette París plantea que el abandono o la muerte de la pareja es una de las amenazas más grave para los seres humanos, ya que requiere que el cerebro la interprete como reorganización de la actividad neuronal urgente.  Este proceso de duelo, lleva a la presentación de un corazón roto, que, desde la actuación neuropsicológica, provoca deficiencias cognitivas, depresión, angustia, ideación suicida y acceso incontrolables de ira.

La muerte de un ser querido nos enfrenta al mayor esfuerzo de adaptación de todo ser un humano:  la certeza de no volverlo a ver.  Por lo tanto, el proceso de duelo es un más complejo porque las personas tienen una fijación e idealización de la pareja fallecida y, el duelo se convierte la frustración de vivir con un fantasma, atrapada en su propio pasado y tratando de convivir con alguien que ya no existe.  Ello implica un estancamiento afectivo, expresado como depresión, tristeza, llanto, inmovilidad, sensación de vacío, soledad, aislamiento y otros síntomas.

Entonces, corresponde a cada persona con corazón roto, en duelo o pérdida o abandono, elegir entre el estancamiento y la transformación interior para superar todo este dolor y no caer en la victimización.  Ello implica generar procesos de desapego de la figura ausente, de la pareja idealizada; en algunos casos, el desapego se puede dar por un duelo anticipado, sobre todo en los pacientes con cáncer o con enfermedades crónicas.

El corazón roto genera una grave amenaza para la salud como se ha manifestado precedentemente, por lo cual es necesario evitar que se infecte el inconsciente.  La presencia de depresión y ansiedad indica que una perdida no ha sido elaborada, una pérdida que continua recreando sus actividades de adulto. 

En resumen, el síndrome del corazón roto puede llevar a la depresión clínica y la ansiedad, manifestado con estos síntomas:

  • Tristeza profunda y persistente que puede durar semanas o meses, (concepto de duelo prolongado o duelo complicado).
  • Ansiedad y preocupación excesivas, a menudo relacionadas con el futuro y la posibilidad de no encontrar otra relación amorosa o conexión emocional significativa.
  • Pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba y falta de motivación.
  • Dificultad para concentrarse, tomar decisiones o recordar cosas importantes.
  • Insomnio o problemas para conciliar el sueño, así como falta de energía y fatiga crónica.
  • Pérdida de apetito o aumento en la ingesta de alimentos, a menudo como resultado de la ansiedad y el estrés.
  • Irritabilidad, cambios de humor y baja tolerancia a la frustración.
  • Baja autoestima y sentimientos de inutilidad o desesperanza.
  • Evitación social y aislamiento, lo que puede llevar a la soledad y la depresión.

Es evidente que la persona afectada de corazón roto, debe solicitar ayuda médica, que incluya, si lo requiere, valoración médica por psiquiatría, acompañamiento psicológico y terapias complementarias, tendientes a desarrollar estrategias efectivas para manejar las emociones y superar el dolor emocional.

La atención médica de atender los componentes neuroinflamatorios afectados por la hipertensión, la obesidad, la diabetes o el cáncer.  También, el paciente puede manejar por el manejo médico de la ansiedad y depresión con terapia farmacológica direccionada que disminución la sobrecarga cardiovascular. 

El mantenerse conectado con el medio social, evitando el aislamiento personal y social, el realizar actividades alternativas, el atender sus propias necesidades, buscar mecanismos de expresión de dolor emocional (pintar, dibujar, realizar un deporte, dormir el tiempo adecuado), cultivar su religiosidad y espiritualidad, admitir que tiene un dolor y asumir su propio dolor son elementos que pueden ayudar en la superación del corazón roto.  Ante todo, reconocer que requiere ayuda y no tener miedo de solicitarla.

*El autor es Médico Cirujano Universidad del Quindío.  Magíster Administración en Salud, Universidad Javeriana.  Magíster Cuidados Paliativos, Universidad Antonio Nariño.  Médico de Cuidados Paliativos de Oncólogos del Occidente.

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