Arrierías 83.

Por: Juan Diego García.

Los procesos políticos tienen en el grado mayor o menor de consciencia política de la población probablemente el mayor de los determinantes. Alcanzar un suficiente nivel de consciencia de los verdaderos intereses es seguramente la mayor condición para que la libertad sea un ejercicio cierto y no el fruto de alguna pasión intensa, o resultado de la llamada manipulación mediática o más íntimamente, de valores primarios, esos que funcionan de forma automática, que por lo tanto no requieren meditación alguna, que funcionan como simples resortes inconscientes de la conducta humana (el racismo, la xenofobia o el patriarcalismo, por ejemplo). En algunos casos esa pasión sin frenos es fruto de crisis profundas del orden social que diluyen las visiones cotidianas equilibrantes y desemboca en escenarios casi apocalípticos; La actual crisis global en todos los órdenes alimenta este tipo de situaciones y arrastra a la gente a desconfiar de todo y a buscar en salidas tantas veces absurdas un horizonte menos oscuro. Un ejemplo claro sería la aparición y fuerte expansión de formas religiosas extremas como el islamismo radical o el cristianismo fundamentalista (tanto protestante como católico). Eliminando todo espacio al pensamiento crítico (es decir al análisis, a la ciencia), estas corrientes que afectan a colectivos nada desdeñables provocan formas de apasionamiento desenfrenado y juegan un papel muy importante en algunas de las corrientes políticas actuales, en las cuales predomina la pasión por encima del racionamiento. El predominio del pensamiento mágico va muy bien con el mensaje de la extrema derecha.

La manipulación mediática es, por su parte, un mecanismo de control de las mentes similar al que en su día jugaron el púlpito, la predicación y el confesionario. Solo que ahora, con los modernos medios de comunicación tales como la radio, la televisión y sobre todo con internet (al que ahora habría que agregar la llamada «inteligencia artificial») ese control y la manipulación adquieren niveles y extensiones nunca antes registrados. Un ejemplo de hasta dónde puede afectar al comportamiento masivo la imposición de mensajes carentes de toda lógica aparece cuando estos medios modernos reemplazan al cura predicador y manipulador de la conducta de sus fieles; fué así con la propaganda fascista, no menos que con la propaganda contra el comunismo en radio, televisión, periódicos y el cine, que transmitieron su mensaje reaccionario y lograron convencer a millones de personas.

Habría dos factores que ayudarían a entender los motivos por los cuales la cultura política actual, en tantas ocasiones, se muestra tan reducida, tan infectada, tan deformada, dando paso a manifestaciones a veces dramáticas, que se registran en amplios colectivos sociales que eligen como dirigentes a verdaderos personajes afectados de alguna forma de demencia, a dirigentes sociales y políticos que son voceros de un mensaje patológico y a los cuales terminan llevando al gobierno.

 Un primer factor sería la profunda crisis que en la izquierda comunista produce el fin dramático del Socialismo Realmente Existente de la URSS que dejó sin referentes a casi todos los partidos comunistas del planeta. No pocos, de importancia histórica, sencillamente desaparecieron. Un segundo factor sería la no menos dramática disolución de la alternativa reformista de la socialdemocracia que terminó por asumir como propio el discurso neoliberal (con pequeñas e insignificantes matizaciones) y que hace profunda crisis cuando ese modelo muestra todas sus limitaciones. La izquierda se quedó sin discurso, no menos que la propia burguesía que ahora mismo parece debatirse entre intentar alguna solución reformista o mantener el actual modelo sin descartar alguna forma actualizada de fascismo si las circunstancias lo requieren. El renacimiento de la extrema derecha en el mundo no sería posible sin los apoyos decisivos de la burguesía (o al menos de una parte cada vez más significativa de la misma). La falta de un discurso convincente, de una propuesta estructural como en su día fué ese estado del bienestar o el socialismo no afecta entonces tan solo a la izquierda; afecta igualmente a la burguesía, pero su debilidad como clase dominante se compensa con la debilidad aún mayor de las fuerzas sociales del cambio.

Las fuerzas sociales del cambio -sobre todo el moderno asalariado- en buena medida se adhirieron al capitalismo reformado posterior a la Segunda Guerra Mundial olvidando o manteniendo solo como un discurso formal su propio ideario. Ahora no tienen un referente teórico nuevo que les permita reformular sus tradicionales consignas de «expropiar a los expropiadores», de «emancipar el trabajo», de «poner fin a la explotación del ser humano por el ser humano». La relativa calma social y el relativo mejoramiento que trajo para las clases trabajadoras el llamado Estado del Bienestar en las sociedades centrales del sistema -y sus versiones muy limitadas en la periferia-, ha dado paso a un descontento universal ante el fracaso evidente de todas las promesas neoliberales. La teoría del «derrame», por ejemplo, que sostenía que, aunque el modelo neoliberal permitiría crecer al capital (la única promesa que realmente se ha cumplido) habría necesariamente un derrame de esa riqueza en favor de las mayorías sociales. La realidad es que no hay ese derrame, en cambio sí se produce la limitación dramática cuando no la anulación de derechos básicos en todos los órdenes: laborales, sociales, políticos y culturales. La izquierda carece en lo fundamental de un referente teórico-práctico de suficientes dimensiones (los tradicionales se han diluido) ni cuenta tampoco con instrumentos de acción de suficiente entidad pues las formas clásicas, partidos y sindicatos, no parecen estar a la altura que exige la crisis actual. Este escenario afecta tanto en los países centrales del sistema como en su periferia. No debe sorprender entonces que, aunque el descontento social se manifiesta de tantas formas y por todo el planeta, en no pocas ocasiones las tendencias más perversas del capitalismo aparecen en el escenario político y social de forma amenazante y consiguen el apoyo o al menos la tolerancia de importantes sectores sociales. El descontento popular, la forma primera de la consciencia política es tan solo un punto de partida; para que se consolide una cultura popular de suficientes dimensiones es necesario que se disponga de ese discurso global, del escenario hacia el cual se propone a las masas el avance y la lucha. Reformular ese objetivo estratégico al menos en líneas generales es la condición indispensable para vincular las tareas inmediatas con esa meta estratégica.

En los centros del sistema no menos que en la periferia esas tendencias de la derecha más primitiva avanzan y amenazan mientras la izquierda no parece encontrar la manera de hacer frente al reto con suficiente eficacia (al menos de forma inmediata). A los referentes teóricos clásicos -revolución y reforma- no se proponen aún otros nuevos que asimilen de manera crítica la experiencia anterior y consigan afianzar su influencia en esas masas asalariadas que ahora constituyen no solo la mayoría de las fuerzas de trabajo, sino que funcionan como eje fundamental de la economía y son en consecuencia la base para la construcción de un orden social nuevo. Tampoco parece exitosa una estrategia semejante para movilizar a sectores amplios de las clases medias, indispensables para detener al moderno fascismo que avanza en las metrópolis no menos que en la periferia del sistema. Esa necesaria formulación de los objetivos inmediatos (las reformas posibles) no menos que los mediatos (la sociedad no capitalista, el cambio radical) así como los avances en los instrumentos prácticos que permitan movilizar las fuerzas sociales del cambio resultan ser los retos que permitan generar la cultura política indispensable, es decir los valores básicos que constituyen una cultura de emancipación, esos resortes primarios que determinan el sentimiento, la pasión por la lucha y que al mismo tiempo sustentan el conjunto de propuesta prácticas para transformar radicalmente las formas de propiedad  de manera que sea factible que democráticamente se pueda decidir qué producir, qué no producir, de qué manera y en qué medida, y de forma que se pueda resolver igualmente y de forma racional  el vínculo del orden social con el medio natural.

La izquierda tiene aún la dura tarea de avanzar revolucionariamente en la esfera de la cultura, de la consciencia verdadera, de superar la falsa consciencia. Los avances indudables en la esfera económica y en el ámbito político han llevado a dejar para el futuro la tarea de transformar las mentes de las mayorías sociales para avanzar hacia una emancipación global.

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