(Divertimento inesperado)

Arrierías 83.

Por: Luis Carlos Vélez.

Son las ocho de la noche.

Ella usa peluca, abrigo gris y zapatos rojos oscuros.

Vigila la ventana del segundo piso por donde se asoma el esposo.

Le resulta difícil lo que hace. Trata de pasar saliva pero siente la lengua áspera y la garganta seca, los zapatos clavados al piso,  y el sudor que baja en hilillos por su espalda. Ya no sabe qué hacer con el temblor de las manos. Abre la boca; recuerda las clases de natación, cuando le explicaban cómo llevar y sostener el aire en los pulmones. Con el corazón a punto de estallar, toma una bocanada: la siente como si un ladrillo bajara por su esófago.

El esposo, profesor de natación del colegio, ahora el bebedor que la engaña con cuanta mujer cruza por su vida, la acaba de ver… le indica que lo espere y abandona la ventana. 

Pese a lo crítico de la situación y aunque teme que la haya descubierto, calcula con calma el tiempo que él demorará en bajar… Entonces dobla la esquina y camina despacio. El peso del plomo de sus piernas no le permite correr.

Arrebujada en el abrigo, se ajusta las gafas, acomoda la peluca, y a punto de arrepentirse de la osadía, antes de pasar la calle el marido le da alcance, la retiene por el hombro, y pregunta:

-Hola chica, cómo estás de linda. Dime muñequita por qué vas tan solita. Preciosa, ¿quieres que te acompañe?-.

Cuando descubre que la situación toma de repente un rumbo inesperado y notar que quizá por lo achispado su marido no advierte nada extraño, decide divertirse con sus halagos, y recordar las palabras del maquillador:

-“¡Quedaste divina! Sorprenderás con tu disfraz. Querida: ¡te dejé irreconocible!”- Pero al mirarse al espejo, éste le mostró que no quedó divina, pero sí distinta.

A pesar de respirar con dificultad, no pierde los estribos ni la conciencia de los primeros instantes, y al contrario, se arma de valor cuando acepta con alivio que, sin esperarlo, su disfraz es perfecto: su esposo no la reconoce.

Aun sin recorrer una cuadra empiezan las inesperadas propuestas de su “fiel esposo”.

Decidida a dejarse llevar por el rumbo de las cosas, imita la voz de su actriz de televisión predilecta, se mete en el juego y responde coqueta:

-Claro que sí, lindo-.

-Quieres ir a bailar-.

-No, gracias, mira, es tarde-.

-¿Eres casada?-.

-Como si no lo fuera-.

-Ah, estupendo, mejor así… ¿A dónde quieres ir?-.

Tiene claro lo que no debe prolongar la conversación. Opta por hacer el papel de mujer fácil, y dice:

-Adonde tú quieras, queeeriiidooo-.

-Eres arriesgada. Soy un lobo y busco a caperucita-.

-Y yo, no soy la indefensa abuelita-.

Siente que ya no puede con su papel ni quiere más rodeos ni devaneos.

-Atrévete caperucita roja a terminar el cuento conmigo-.

-Donde nadie nos vea, sólo un ratico y con la luz apagada. ¡Qué tal que aparezca mi abuelita!-.

Acelera el final de la aventura: permite que la abrace y acepta la propuesta.

Mientras suben la escala del hotel, cuenta en voz alta los peldaños, y él, trastabillando un poco apoya sus manos en las paredes para ayudarse a subir, y hace la segunda voz en el conteo: una, dos…

Una vez en el cuarto, ella apaga la luz y de inmediato entra al baño; hace un lío con la ropa y lo envuelve en el abrigo, no sea que por su vestido la descubra.

Después de ducharse, sale y lo pone con cuidado en el taburete que está junto al nochero y el espejo gigante que cuelga en la posición exacta que permite observar a ambos, en sus ajetreos de cama.

El esposo ya tiene la toalla alrededor del abdomen.

En la cama lo deja hacer.

Descubre que él se desempeña igual en cualquier cama; que no habla, no acaricia; que su galantería desaparece, y que no gasta tiempo en preliminares. Que ataca y ataca como una bestia.

Se asquea; ahora lo ve calvo, panzón y más torpe. No entiende cómo pudo apostar con sus compañeras de colegio al amor de este hombre, y lo peor, ganar.

Mientras él jadea, suda y gruñe, ella se entretiene recordando a la dueña del almacén donde alquiló el abrigo, quien la miró de arriba abajo, y dijo: “te queda largo, querida”, pero ella decidió llevarlo.

Recordó a la chismosa que la tenía informada de las andanzas del esposo, la misma que le prestó la peluca y aseguró que él salía con una compañera de trabajo. También, recordó los zapatos rojos que llevaba y que estuvieron sin estrenar hasta hoy, porque no le gustaron; y las gafas, que le costaron una bicoca y las arrojaría a la calle antes de volver a casa para no ser descubierta.

Deja de recordar cuando en la casa, él se levanta, entra al baño envuelto en la toalla, y en minutos sale vestido. Ahora toma el abrigo y hace lo mismo que él, y antes de salir, decidida a representar bien su papel, dice sin empacho:

-Cariño, creo que debes darme algo. No me irás a hacer el “conejo” que decimos-.

-¿Cómo, acaso eres…?-.

-No me vengas con cuentos de amor a simple vista-.

-Y, ¿cuánto…?-.

Advierte que él está nervioso y tiembla al ofrecerle sin mirar ni contar, varios billetes. 

Lo ve como una cucaracha.

-¿Te parece bien?, le oye preguntar-.

Segura ya de controlar la situación, se vuelve insolente: En medio de la oscuridad del cuarto, separa las piernas, coloca las manos en jarra y mira agresiva. Increpa:

-¡Creo que merezco algo más de lo que das a todas, estúpido!

-No tengo más dinero… Mira-.

-No sólo eres un pobre diablo, también eres pobretón y además… repetitivo. ¡Me largo!

-¿No vas a esperarme?

-Lo dijiste: ¡No!

Baja las escalas, y él se queda en la recepción. Pero lo conoce… sabe que…

Ella espera el taxi y piensa que el plan para sorprender la traición del esposo falló, pero que valió la pena: está determinada a perderlo todo.

El taxi se detiene y cuando pide al chófer que espere un momento, se da cuenta que su esposo corre hacia ella y corrobora cuánto lo conoce.

Él llega agitado a su lado, y ella, envalentonada, para cerrar con broche de oro su plan, le propone coqueta al oído:

-Sube. Nuestra noche de amor aún no termina… o… ¿acaso eres cobarde? Te invito a mí casa, papito. Sí vienes, prometo que te llevarás una sorpresita-.

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