Umberto Senegal

En las rancherías wayúu masacraron niños. Masacraron ancianos. Hombres y mujeres fueron asesinados sin compasión un sangriento domingo de machetes, hachas, motosierras y balas. Cerca de cincuenta paramilitares de Mancuso, de Jorge 40 y Arnulfo Sánchez, cumplían la orden de asesinar mujeres, ensañándose con ellas. A estos matadores, motivándolos para el crimen, tal vez les enseñaron vertiginosamente que en una sociedad matriarcal eran ellas la solidez y energía de la comunidad. Matador es el nombre dado por los wayúu al asesino. Los matadores debilitarían tal fortaleza comenzando por aquí los asesinatos. Y los matadores decapitaron. Los matadores violaron, cercenaron senos y clavaron cabezas en estacas, junto a las puertas de los ranchos. Fiesta dominical para los matadores, desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde. Igual habrían cumplido su faena cualquier día de la semana, pero eligieron el domingo.

A los asesinos solo les importaba que todos aquellos indígenas del septentrional desierto de La Guajira, habitantes de Bahía Portete y Pueblo Nuevo, centros de operaciones para almacenar y enviar drogas al exterior desde lo más profundo de la alta Guajira, estuvieran vivos para cumplir a cabalidad su propósito. De alguna manera, no vivían tan vivos porque les habían matado las esperanzas. Indígenas un poquito muertos y otro poquito vivos. Así es Colombia. Así fue aquel día en Portete.  A los wayúu les asesinaron buena parte de sus sueños. No todos, por fortuna. La misión paramilitar era llenar de indígenas muertos el domingo. Los indígenas vivos, en Bahía Portete por aquellos días no tenían valor. En Colombia, tal etnia compuesta por 150.000 personas, 18% de la población indígena nacional, no ha tenido mucha valía para los gobiernos desde la época de la conquista y la colonia, hasta el depravado mandato del expresidente Uribe.

Los wayúu eran perjudiciales para muchos intereses. Los matadores de Mancuso y Rodrigo Tovar Pupo, asesinaron sin piedad, sin pensar que era domingo. O tal vez con ardiente alegría, por ser día festivo. En la fiesta de sangre participaban los indígenas con sus cuerpos y sus vidas. Hubo torturas y desaparición de niños. Violación de adolescentes, desmembramiento de cuerpos de mujeres y hombres. Y colaboraban los paras, con sus armas y su sadismo. Recibieron órdenes y era en domingo cuando debía perpetrarse la masacre. Además de violar a las mujeres, debían profanar sus sitios sacros: el jaguey, los cerros y el cementerio, lugar este con el cual los wayúu prueban la propiedad del territorio donde habitan. Mataron. Los matadores mataron sin piedad. Mataron satisfechos y seguros de ellos mismos y su varonil valentía frente a mujeres armadas sólo con su rica tradición guajira, sus costumbres y su valor.

 Los indígenas, desarmados, sólo tenían manos para implorar y pies para correr. Lograron salvarse quienes huyeron hacia el mar. Mataron a cuantos quisieron y después…después fueron pasando muchos domingos. Muchos domingos solitarios. Domingos con fantasmas parecidos a personas reales y con indígenas reales semejantes a fantasmas. No sólo domingos, también los demás días de la semana. Allí en Bahía Portete y Pueblo Nuevo era fácil ser fantasma todos los días de la semana y todas las semanas del mes.

Entonces…un día llegó a Bahía Portete el vicepresidente de Colombia. Francisco Santos llegó, vio y habló, exhortando en representación del gobierno a los sobrevivientes de la masacre: “Ustedes lo que deben hacer es bailar. Bailen la yonna para que alejen los malos espíritus”. Viajó desde la fría Bogotá hasta la calurosa Guajira para recomendar a los wayúu bailar su simbólica yonna.

Habría sido la solución para Colombia anémica, acorralada, aterrorizada y manipulada, pero Santos no extendió su musical fórmula a otros sectores del país: Enseñar masivamente, en cada región colombiana donde los grupos paramilitares imponían sus bailes de muerte, la más autóctona de sus danzas para alcanzar la paz, para desterrar los malos espíritus culpables de la situación vivida bailándolas, cantándolas.

El candoroso Francisco probablemente asistió, antes de viajar a Bahía Portete, a un curso acelerado en teoría de bailes folclóricos para concluir, tan sabio en la práctica de la simbología, que sólo bailando yonna resolverían los indígenas sobrevivientes sus conflictos actuales, asegurando su incierto futuro y olvidando los crímenes del pasado. “Bailen la yonna para que alejen los malos espíritus”. Eso propuso sin ruborizarse. Sin tartamudear en esta ocasión. Habló de la ancestral chichamaya wayúu para alejar con su danza perversos espíritus molestando la memoria de los asesinados y el solitario presente de los vivos.

Cerca de 500 wayúu, desplazados, no estaban allí para acatar el sabio consejo del pusilánime vicepresidente. Aquí continuaba el luto por sus numerosos muertos. Por algunos lugares todavía olía a sangre, pero no era sangre de malos espíritus. En algunos rincones se escuchaban, junto con el rumor del mar, los gritos y lamentos de niños asesinados. Las súplicas de adolescentes violadas. No aclaró Francisco Santos, ante la tensa audiencia, si los espíritus bailan yonna. Si los fantasmas de ancianos masacrados, tienen alientos para danzar alguna modalidad de yonna en el más allá.

El vicepresidente de Colombia, en esos ocho años de horror como nunca vivió el país, enfatizó con cara de exorcista a los indígenas sobrevivientes: “Bailen la yonna para alejar los malos espíritus”. Tal danza contiene tres elementos esenciales para la cultura wayúu: Búsqueda del equilibrio social, solidaridad colectiva y relación entre el cosmos y el hombre. La masacre de Bahía Portete la propiciaron malos espíritus porque los wayúu no habían bailado suficiente yonna durante aquellos años. Millares de colombianos olvidaron bailar. Otros millares nunca habían oído hablar de la yonna cuando los asesinaron. Por eso los espíritus permitieron su desplazamiento, su exilio, sus torturas, sus asesinatos.  Claro que sí. Ellas son los culpables y nadie más. Esas entidades astrales ansiosas por dejarlos sin tierra, sin vida y sin historia. Bailen todos para no repetir las masacres. Bailen con el recuerdo de ancianos wayúu asesinados; en cualquier día de la semana, menos en domingo.

Uno de los sobrevivientes denunció: “Trajeron indígenas de otras partes para mostrar que lo que había pasado no era grave”. Pero olvidaron traer también otros malos espíritus. Muchos espíritus malignos de otras regiones colombianas donde sucedía igual con centenares de familias. Hubieran invitado a la Antumía y al Chenche, al Costé y al Dojuebarí, al Doniorro y la Dopaca, al Jepá y al Pisibura y al Surranabe. Ese vicepresidente y sus consejeros, no supieron inducirles a practicar otras danzas porque ni él ni ellos eran expertos en chamanismo ni en rituales indígenas. Ignoraban la existencia del Wanülü, todo aquello inquietante y enfrentado por los wayuu. Espíritu maligno personificador de potencias destructivas. Wanülü, calamidades y pestes y muerte. Miserias, wanülü. Desarmonía y desequilibrio, wanülü. Crímenes, wanülü. Wanülü, temores y wanülü soledad. Las incontables tragedias del hombre, wanülü. Todo tiende al aniquilamiento sin saberse cuándo, cómo ni por qué, wanülü. Wanülü es misterio y enigma para los wayuu. Ese vicepresidente y sus consejeros, posiblemente hubieran sugerido bailar reguetón, pero podrían malinterpretarlos. Entonces Francisco Santos les dijo: Ustedes lo que deben hacer es bailar. Bailen la yonna para que alejen los malos espíritus”. Y si la bailan, habrá lonjas de carne de chivo, arepas de maíz, chicha mascada y ron, mucho ron. Ron para el pueblo wayuu, ron para el presidente, ron para los asesinos, ron para Wanülü. Ron.

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