Desde el arresto comenzó a disminuir su vida. Por el ojo de la solapa no volvió a salir la rosa verde de su jardín encantado y carcaj con envenenadas flechas fueron disparadas hacia la creatividad de su estruendoso canto.

El día amaneció con derroche de plomo gris y los dinteles del alba se anochecieron con la amenaza de asesinas balas predispuestas a la muerte.

Esos treinta y ocho años apenas le pesaban a Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca. Como frágil cadillo en el pantalón, sus manos sabían de escritura en diálogos de teatro, del abismo de la poesía, y del blanco y negro de tocadas teclas de piano. Hizo alarde de independencia y usó la creatividad para elevarse por caminos andaluces como furia del viento levantisco, como ave de cumbres elevadas, se posó en las torres donde estaban las campanas de las vegas de granada en una España vapuleada por el odio.

En casa de falangista se alojó, pero el 16 de agosto de 1936 fue detenido por un resentido y junto con otros fue asesinado en cercanías de fuente grande y medio enterrado allí mismo. En esa fuente grande como fue su palabra musical y entera, cual cauce de borbotón de líquida melodía en cante hondo, de tambor y pañoleta, donde el laúd y la castañuela fueron símbolo de rumor y fiesta. Donde su asesinato duele todavía.

Como pudieron callar a un hombre de entereza y sin miedo, cuyo valor fue decir su propio silabario de emociones, cuya esencia resplandecía desde el balcón alado de su poesía musical; de verde luna gitana, zalamera, mensajera, iluminada hecha de fuego y esplendor.

Espalda contra puño retenido en él desfiladero del miedo con extraños compañeros, aferrados a la vida como él. Los soltaron de las rejas, los animaron a irse de la vida, a andar sin esperanza alguna y por la espalda los agujerearon y fueron aedas de la muerte, en ese trágico momento, encarnando a esa masa desconocida y sufrida de su patria, junto con el cadáver se supo después “estaba un maestro nacional llamado Dióscoro Galindo, y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas,” en fosa común dejados y perdidos por siempre.

¿Hasta dónde la dirigencia política asesina a sus hijos y los desaparece, como si fueran mala hierba, como maleza necesaria de arrancar?

En noches en lunadas de marfil y alabastro, resplandece en el balcón del cielo, la charanga y la pandereta, el olé, el cante. La guitarra, el fandango y un Federico con fulgor de estrella diciendo todavía: “Estoy encendío como una rosa de cien hojas, pero la realidad me encierra en su casa fea de espartos.”

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