Los papas mueren dos veces, primero como cualquier mortal y luego como papas: el médico sale de la habitación, entra el camarlengo, llama al papa tres veces por su nombre de pila, luego le da tres martillazos en la frente, le susurra «vuelves al polvo» y quiebra el sello papal. Solo entonces el papa está oficialmente muerto.

Este ritual se ha cumplido durante siglos y se le aplicó también a Benedicto XVI porque no hay protocolos específicos para papas «eméritos» ni es algo que se pueda improvisar en unos cuantos años.

El funeral fue «sencillo», entendiendo este adjetivo en su vaticana acepción: tres días en cámara ardiente, cientos de miles de personas desfilando para ver esa cosa tremenda, un papa muerto, solo dos delegaciones invitadas, la italiana y la alemana, y reyes y presidentes de más cuarenta naciones que viajaron a título personal, no como jefes de Estado.

El cuerpo de Benedicto fue sepultado en un ataúd de arce encajado en un ataúd de zinc cuya tapa fue soldada en la cripta del sepulcro y las soldaduras lacradas con los sellos del Vaticano. Este cofre metálico fue encajado en un ataúd de olmo y cedro sin clavos. Sobre la tapa hay un sencillo crucifijo, el escudo de Benedicto XVI y una lápida con su nombre y las fechas de su papado. Este cofre exterior fue cruzado con cintas rojas lacradas con sellos vaticanos. Por primera vez en dos milenios de exequias papales, los ataúdes no fueron paralelepípedos sino trapezoidales.

Se acusa a Benedicto de haber sido un papa conservador, opuesto a la ordenación de mujeres, intolerante con los homosexuales y los divorciados, pero es que las religiones son conservadoras por definición. Una religión liberal es tan absurda como una ciencia dogmática. Se lo acusa de hacerse el de la vista gorda con los casos de pedofilia en el clero, pero esta miopía ya hace parte del ritual católico. A la Iglesia le preocupa más el escándalo que la pedofilia misma, algo que consideran una aberracioncilla, quizá un pecado venial, una mancha que puede lavarse con un baño lustral o con la penitencia de un traslado de parroquia.

Se dice que fue incapaz de corregir los manejos turbios del Banco Ambrosiano, pero es que un banco cristalino es tan sospechoso como un sacerdote escandalizado por la pedofilia.

Se dice que era un teólogo muy agudo y un pianista casi virtuoso. Bueno, alguna virtud debe tener un papa.

Se dice que renunció por motivos de salud, pero es que los papas son siempre adultos muy mayores, es decir, viejos venerables que agonizan durante décadas en medio de achaques, sahumerios y plegarias. Es mucho más linda la razón insinuada en la película «Los dos papas»: Benedicto habría renunciado porque perdió la fe. Es una idea preciosa. Un papa incrédulo, corrompido por la duda, envenenado por la inteligencia y el ateísmo.

Benedicto irá al Cielo porque clausuró el Limbo, el engendro satánico de san Agustín, quien envió al Infierno los niños que morían sin recibir el bautismo. En el siglo XIII, la Iglesia suavizó ese rigor e inventó el Limbo, menos terrible que el Infierno, aunque peor que el Purgatorio porque implicaba una condena eterna. Con pulso firme y una piedad francamente divina, Benedicto cerró esa guardería infame y dijo que el Limbo era solo una «hipótesis teológica» que iba en contravía del sentido común y de la bondad de Dios, y puso fin al tormento de los padres cuyos hijos morían sin la gracia del bautismo.

P.S. Los sacerdotes católicos tienen razón en oponerse a la ordenación de la mujer. La mujer es más bruja, infinitamente más esotérica que el hombre. Si le abren la puerta, los sacerdotes terminaran como monaguillos suyos.

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