Sucedió hace muchos años, en la época en que el  verano resecaba las albercas. Trabajaba en una empresa de Lotería donde usualmente no pasaba nada interesante, salvo cuando se cancelaban los premios a los ganadores.

Era un día de esos. Entonces la monotonía del trabajo se interrumpía por la especial atención que debía colocarle a quienes salían de apuros por un golpe del azar. De improviso, en las primeras horas de la mañana, percibí que se abrió la puerta de la oficina. Volteé la mirada, dejando a un lado los papeles que firmaba con apatía. Apareció un hombre que parecía acababa de inventar la alegría.

Buenos días doctor-me saludó efusivamente.

-Buenos días, señor. -le respondí. – Siéntese por favor.

Hacía tiempo no tropezaba con alguien tan vital. Debería tener alrededor de 45 años y por las arrugas con que el sol le había cincelado el rostro, adiviné que su vida no la solía  llevar como yo, sentado en un escritorio. Me alargó una mano un tanto oscura.

Me  gané el mayor!- me dijo con entusiasmo- Podrá entender cómo me siento.-

Con solo mirarlo me di cuenta, ¿Señor? – Respondí.

Arnobio Aristizábal. Me tiene a su mandar.

Sólo en ese momento advertí que era hombre del norte, aunque no

tenía del todo el fuerte acento paisa, característico del montañero. Con seguridad de allá eran sus ancestros.

-Gonzalo Torres. – Respondí. –Lo felicito.

Mientras cotejaba su billete y ordenaba el pago respectivo, Arnobio -como me indicó que le llamara- me contó en forma atropellada:

-No es la primera que me gano. Con esta ajusto tres y el año no termina, Claro que había jugado lotería desde que tengo memoria y nunca había podido lograr ni un premio seco, o un terminal siquiera. Y mire usted, ya agarré tres veces el gordo.

– ¿Cómo? – le interrumpí- ¿en tres oportunidades ha ganado la lotería?

y… ¿Desde cuándo?

En este año. – Me dijo- La de Bogotá, la de Caldas y ahora la del Valle.

– ¡Caramba! ¡Eso no puede ser! – exclamé- Llevo veinte años trabajando en esta empresa y jamás escuche nada parecido.

Ni yo mismo me lo creo, pero después de muchos años de meterle billete al juego, ahora hasta puedo adivinar cuando voy a ganar. Y eso no es todo. Cuando compré una finca en el Darién, en el sitio donde pensaba colocar la pesebrera, encontré una guaca que aún no termina de darme dinero. Mire doctor: ¡este es mi año!

Mientras conversábamos animadamente, Arnobio se despachó dos tintos y cuatro cigarrillos. Tenía la frente amplia, las cejas espesas, los labios delgados y sus ojos estaban acostumbrados a mirar de frente; pero sobresalía de su conjunto, un  cuerpo enhiesto, juvenil y eléctrico. Después de darle una poderosa chupada al cigarro me advirtió:

– Si va a Cartago en estos días, no deje de pasar a verme. Me gustaría tomarme con usted algunos tragos y de pronto regalarle una estatuilla, de unas que estoy negociando con un gringo. Aunque son de barro, le aterraría saber lo que me ofrece. – Me dijo, mientras escribía su dirección en un papel.   

Con gusto. – Le respondí por protocolo. – De pronto voy solo porque este es su año.

-No lo dude doctor. -! ¡Este es mi año! -.

Terminamos los trámites del caso. Se despidió diciéndome que haría unas vueltas para su finca porque su guaquero requería de unas herramientas para excavar una hondonada.

-Doctor. ¿A usted le gustan los tangos?

Pero mucho– Respondí. –Son mis favoritos.

-Entonces no falte. Tengo la colección de los mejores.

Después que salió de la oficina, quedé pensativo, divagando un buen rato sobre lo que me había referido don Arnobio. Definitivamente no me caería nada mal tener, aunque fuera una pizca de su suerte; sobre todo con lo que ganaba en la empresa. Me alegré por el hombre,  con su lozanía y complexión física podría sacarle buen provecho a su fortuna.   

No recuerdo porqué razón, al cabo de unos días, hube de ir a Cartago. Una vez me desocupé de mis asuntos, en las primeras horas de la noche, tomé la determinación de apurarme unos tragos con el señor del norte que me tenía tan intrigado y que me había extendido una invitación tan cálida. Además, una estatuilla Calima bien podría alegrar mi casa de alquiler.

Después de caminar unas pocas cuadras, en la parte central del municipio, encontré la dirección que había anotado don Arnobio. Era un enorme caserón de estilo antiguo, con paredes altas y una puerta de madera que a mi juicio estaba reconstruida.

Toqué la aldaba varias veces, pero nadie respondió. Cuando me disponía a regresar, noté que la puerta se abría lentamente. Salió de la penumbra una anciana diminuta que ayudaba sus pasos con un bastón.

A sus órdenes, señor – Me dijo. – 

¿Se encuentra Don Arnobio? – pregunté. –

No señor. ¿Es usted un familiar?

No. Solo un amigo que quería saludarlo.                             

Ya no podrá… murió hace ocho días.

– ¡Imposible! –Exclamé -Como pasó?   

fue de repente. -murmuró mientras se adentraba en la oscuridad.

Después, sin poderme despedir, me encaminé hacia ninguna parte. La noche era cálida, pero me recorría un frío por todo el cuerpo; producido, tal vez, por una fisura que se me había abierto dentro del alma. Sin embargo, traté de sobreponerme, después de todo él tenía razón: ¡Era su año!     


El autor

Pedro Luís Barco Díaz

Abrió los ojos al mundo en la bella Villa de Robledo, Cartago. Pero como uno no es de donde nace, sino de donde el corazón le reclama sus amores, Pedro Luís Barco, es un caicedonense como pocos.

Desde muy joven llegó a Caicedonia con sus padres y fue así, como se prendó de esta tierra a la que a lo largo de su vida ha elegido como su pertenencia amorosa.

En las calles de esa Caicedonia provinciana Pedro Luís, descubriría sus primeros amigos, pondría su corazón en revuelo con los primeros amores, y se haría a la admiración de los amantes del fútbol gracias a su habilidad para llenar de goles la portería que tuviera la mala fortuna de ser del equipo opositor.

Allí también se alentaron sus sentimientos reivindicativos al formar parte de entidades como MUNSO, una tropa de muchachos que creían en ese mandato de la sangre por  la lucha a favor de los  que menos tienen.

En el Colegio Bolivariano de Caicedonia,  se hizo bachiller y se fue a Cali a la Universidad del Valle en donde obtuvo su título de Economista.

Recién egresado de la Universidad, su desempeño, su inteligencia le llevan a asumir diversos cargos en la administración pública en distintas dependencias gubernativas: La Tesorería Departamental, Secretaria de Hacienda, la Contraloría Departamental, entre otras. Sus conocimientos le han permitido estar en otros cargos del sector oficial Secretario de Desarrollo Comunitario del departamento del Valle del Cauca, Director de Valorización Departamental, Secretario de Control Interno Departamental, Gerente Financiero de la Beneficencia del Valle, Subdirector de Vicecali, entre otros,  y desde esas dignidades siempre ha tenido un propósito determinado: servirle a Caicedonia.  Por este motivo, varias son las obras y las entidades de nuestro municipio que tiene algo que ver con él.

Estamos convencidos que de la acción que más se siente orgulloso es la de haber sido el creador del Encuentro Nacional e Internacional de Escritores por la Paz de Colombia, evento que le ha dado renombre a Caicedonia, no sólo en el ámbito departamental sino que ha logrado trascender las fronteras patrias.

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