LAS CIUDADES, COMO LAS PERSONAS, TIENEN ROSTRO. Paulatinamente, a medida que se les incorporan nuevas edificaciones, las ciudades van adquiriendo sus rasgos distintivos: opulentos, modestos, o por qué no, poéticos. Éstos dependen de las personas que las habitan. Las ciudades son como ellas son. Si a sus residentes les gusta soñar, la ciudad sueña. Si son autoritarios, la ciudad es impositiva. Si son apáticos, la ciudad es desapacible. Pero si están identificados con un sistema de valores comunitarios, con unos territorios simbólicos, las ciudades los nutren, los protegen, les aporta poéticas vivencias entre espacios urbanos que reflejan sus valores culturales. 

LAS CIUDADES, COMO LAS PERSONAS, TIENEN MEMORIA. Sin ella se constituirían en una simple agrupación de volúmenes construidos. Sus producciones arquitectóni­cas más representativas testimonian las inquietudes colectivas de un determinado momento histórico, son las huellas de su trayectoria arquitectónica. Respetando y valorando estas obras se conservan los imaginarios, o símbolos compartidos, del desarrollo histórico-cultural de la comunidad. Se preservan las raíces que soportan su espacio cultural.

LAS CIUDADES, COMO LAS PERSONAS, TIENEN IDENTIDAD. Aunque tengan similitudes con otras, las ciudades siempre serán distintas. Cada una tiene su propio carácter, determinado por su particular desarrollo, por sus actividades, por sus peculiaridades físicas y, sobre todo, por el grado de compenetración y de significados que tengan para el ciudadano que las habita, pues es él quien valida los simbolismos que les confieren identidad. Algunas realizaciones arquitectónicas, con méritos patrimoniales, hacen parte de la identidad urbana y, por tanto, de nuestros valores culturales.

LAS CIUDADES, COMO LAS PERSONAS, SE TRANSFORMAN CON EL PASO DEL TIEMPO. Las diversas exigencias que a diario se les hace a las ciudades determinan en ellas constantes cambios. Es decir, al tiempo que se va creando la nueva ciudad, se va modificando la que existe. Nuevos códigos estéticos, nuevos lenguajes, nuevas formas de apropiación

del espacio, sustituyen los modelos arquitectónicos y urbanísticos que respondían a anteriores influencias y necesidades. Las ciudades y sus espacios, como un organismo vivo, están en permanente evolución. 

LAS CIUDADES, COMO LAS PERSONAS, PUEDEN PERDER SU SIGNIFICA­CIÓN. En nuestro medio se demuelen edificaciones patrimoniales notables sin importar que con ello se estén destruyendo signos y símbolos que reflejaban el transcurrir histórico y cultural de la ciudad. Algunas, además, contribuían a configurarle su particular y significativa imagen de ciudad y actuaban como puntos de referencia urbanos en la memoria colectiva, como coordenadas espaciales. La alteración de sus rasgos de identidad, causada por la destrucción de sus referentes constructivos y simbólicos, genera desarraigo, rupturas e incertidumbres en cuanto a su continuidad cultural.

Al ser despojadas de sus referencias colectivas, las ciudades pierden toda su significación, toda su importancia, pasando a ser apenas la sumatoria de numerosos volúmenes agrupados. Entonces, la noción de ciudad como bien cultural es sustituida por la de bien de consumo, imponiendo como nuevos códigos de conducta ciudadana la especulación y el desorden.

El desconocimiento de sus valores urbanos, y la carencia de sentido de pertenencia, convierten al ciudadano en un pasivo espectador del progresivo deterioro de su entorno, aferrados a la errónea creencia de que la ciudad es el resultado de incuestionables decisiones administrativas y políticas.

Mientras no exista una conciencia ciudadana dispuesta a defender el medio ambiente urbano como un espacio que debe adecuarse a las necesidades vivenciales y culturales de sus residentes, las ciudades sólo serán depositarias de las exigencias exclusivas de la producción, del mercadeo y de la renta inmobiliaria. Serán espejos empañados que tan solo reflejarán imágenes deformadas de los multitudinarios anhelos colectivos.

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