Adaptación

El hombre que vendió dos veces la Torre Eiffel, Victor Von Lustig nació en 1890 en Hostinné, antiguo Imperio Austrohúngaro, actualmente República Checa. Como sucede con los timadores de todo el mundo, es muy difícil establecer con precisión sus datos personales. La historia dice que nació un 4 de enero, pero el FBI registra el 1 de octubre como su natalicio. Una investigación oficial encontró que su registro de nacimiento no aparecía en la municipalidad de Hostinné. Quizá haya incidido el hecho de que su padre fuera alcalde de esa ciudad.

Victor Von Lustig

De joven fue enviado a estudiar a Francia y Alemania, pero pronto descubrió que podía disfrutar mucho más con el lujo y las mujeres, que con los libros.

Quizás Victor Lustig sea su nombre más conocido, pero también se presentó como Robert Miller, Vilster Lustig, Robert Duval, George Duval, Frank Herber, Albert Phillips y otros 40 nombres más.

Quienes lo conocieron coinciden en que era una persona refinada, de modales finos, locuaz, y en todo caso, encantadora. Vestía impecable y hablaba 5 idiomas con fluidez.   

Sus primeros engaños los logró durante los años 20 jugando póker con los nuevos ricos, viajando en trasatlánticos a vapor entre París y Nueva York.

Su estafa más conocida fue la «máquina de dinero rumana». Se trataba de una caja en la que previamente había introducido tres billetes auténticos de 100 dólares, y aseguraba que era capaz de «copiar» un billete en unas 6 horas. Luego de la primera impresión, “el Conde” Von Lustig, título que él mismo se adjudicó, acompañaba al cliente hasta el banco para comprobar la autenticidad de su producto, entonces el cliente compraba la máquina por un precio alrededor de US$30.000, y en las doce horas siguientes, la máquina efectivamente arrojaba 2 billetes de US$100, pero después solo salía papel en blanco.

Para cuando el cliente comprobaba la estafa, “el Conde” estaba muy lejos. ​

Al final de la Primera Guerra Mundial llegó huyendo a los Estados Unidos. Era la época de la Prohibición y reinaba la mafia. Y Al Capone también cayó en una trampa de Lustig. El hábil timador le pidió prestado US$50.000 para un falso negocio y, dos meses después se los devolvió. En realidad, solo los había guardado, pero, Al Capone, impresionado por su correcto proceder, lo recompensó con US$5.000, suma nada despreciable.

En mayo de 1925, Victor Lustig leyó en un periódico parisino que la ciudad tenía problemas con el mantenimiento de la Torre Eiffel, incluso pintarla costaba mucha plata, y “el Conde” tuvo la idea que lo volvería famoso: lo primero fue falsificar los sellos oficiales y papelería del gobierno; lo segundo, invitar a 6 conocidos chatarreros a una reunión confidencial en el exclusivo Hotel de Crillon, en la Plaza de la Concordia. 

Lustig se presentó como subdirector del Ministerio de Correos, agradeció la presencia de empresarios tan honestos y reveló el motivo de la reunión: la Ciudad-Luz estaba interesada en vender la Torre como chatarra dadas las fallas de ingeniería y los altos costos de mantenimiento. De todas formas, la Torre Eiffel había sido construida para la Exposición de París de 1889 y no estaba destinada a ser permanente. Ha debido ser trasladada de sitio en 1909 ya que no encajaba con los otros monumentos de corte gótico a su alrededor. Y para evitar la protesta pública, les confió, el tema debería ser mantenido en total secreto.

Para tan alta responsabilidad, él era el escogido y llevó a los empresarios a la Torre en una limusina alquilada, para una visita de inspección y les pidió –muy amablemente- que hicieran sus ofertas.

Haciendo gala de sus dotes, Lustig analizó el comportamiento de sus probables víctimas y decidió que el señor André Poisson era el elegido. Su decisión estuvo basada en que el señor Poisson, a pesar de mostrarse más inseguro, tenía el interés de ganar la competencia para ingresar al selecto grupo de la comunidad de negocios de París. Lustig aceptó su propuesta no sin recordarle que el asunto era secreto de Estado.

El negocio pudo malograrse. La esposa del señor Poisson entró en sospechas. Pero Lustig resolvió rápidamente el espinoso tema: organizó otra reunión en la que confesó que la remuneración del señor ministro no era suficiente para financiar su estilo de vida, y que por ello, se hacía indispensable “complementar sus ingresos”.

El señor Poisson entendió que le estaba pidiendo un soborno, y procedió. Como resultado, Lustig no solo recibió el dinero de la falsa transacción por la torre Eiffel, sino también una buena suma por el soborno. De inmediato, el conde Lustig y su secretario, un tal Dan Collins, tomaron un tren a Viena con una maleta llena de efectivo.

Si por acá llueve, por allá también. No pasó nada. El pobre señor Poisson cargó con la humillación y nunca denunció el fiasco ante las autoridades.      

Un mes después, Lustig extendió la misma invitación a otros chatarreros y trató de vender la Torre por segunda vez. No le resultó. El elegido denunció el timo ante la Policía, pero Lustig y Collins escaparon antes que los arrestaran.

Jeff Maysh, escritor británico especializado en delincuentes fuera de serie, escribió el libro «Handsome Devil» (el Diablo Guapo) en el que relata su asombrosa habilidad para evadir la justicia durante tanto tiempo. Es que atraparlo no era fácil. Lustig viajaba con un arsenal de disfraces y se transformaba de pronto en un cura, un portero o en un cargador de maletas para darse a la fuga.

No siempre tuvo éxito. El documento Identification Order No. 1301 del FBI, fechado el 10 de septiembre de 1935, lo registra con 45 años de edad, 47 alias y 15 arrestos.

En uno de ellos, el 1 de septiembre de 1935, estando en el Centro Federal de Detención en Manhattan, cortó las rejas de una ventana y escapó colgado de una cuerda hecha con trozos de sábanas.Cuando notó que lo estaban mirando, sacó un trapo de su bolsillo y simuló ser un limpiador de ventanas. Al llegar a tierra, hizo una venia y se marchó.

Cuando la policía entró a su celda encontró una nota en la almohada con una cita de «Los Miserables» de Víctor Hugo que decía:

«La ley no fue hecha por Dios y el hombre puede equivocarse«.

Regresó a París en julio de 1929 convertido en un banquero norteamericano, pero fue detenido por la policía, recobró su libertad y volvió a los Estados Unidos. En octubre llegó la Gran Depresión y Estados Unidos entró en estado de quiebra. Una vez más, Lustig vio su oportunidad y decidió imprimir su propio dinero.

Para 1930 asociado con Tom Shaw, un químico de Nebraska experto en grabar placas para falsificar cheques, se convirtió en uno de los más talentosos falsificadores de la historia, producía los dólares “superfalsos”. Su operación fue tan exitosa que hizo tambalear la economía norteamericana. En esa época, dice Maysh en su libro, el Servicio Secreto tenía dos tareas: proteger al presidente y evitar la falsificación de dinero».

En 1935, su amante Billy May lo delató por celos al descubrirle una infidelidad con la esposa del socio. De esa cárcel escapó antes del juicio, pero fue capturado. Un día antes del veredicto escapó de la Cámara Federal de Detención de Nueva York, pero fue recapturado 27 días después en Pittsburgh. Finalmente, el juez Alfred Coxe lo condenó, bajo el nombre de Robert V. Miller, a 20 años en la isla-prisión de Alcatraz por la falsificación de más de US$2 millones de la época.

El prisionero No. 300 llegó a Alcatraz el 27 de abril de 1936, pero la estadía no le sentó muy bien. En 1946 registraba 1.192 citas médicas. Sus reportes médicos decían que magnificaba sus dolencias y se quejaba constantemente de dolencias reales o imaginarias. Fue transferido al Centro Médico de Springfield, Misuri, donde confirmaron que no fingía, y el 11 de marzo de 1947 a las 8:30 pm. murió por complicaciones de una neumonía hipostática.

El certificado de defunción dice que el señor Robert V. Miller con 57 años, 2 meses y 7 dias de edad, esposo de Susan Qudback Miller de 47 años, tenía como ocupación habitual: aprendiz de vendedor y falsificador.

Fruto de sus reflexiones en la cárcel dejó para la posteridad un código de conducta para quienes decidieran continuar en el oficio:

Los 10 mandamientos de un estafador

  1. Sé un oyente paciente
  1. Nunca te muestres aburrido
  2. Espera a que la otra persona revele sus opiniones políticas y luego concuerda con ella
  3. Deja que la otra persona revele sus puntos de vista sobre la religión y luego ten los mismos
  4. Alude al sexo, pero no le des curso a esa conversación a menos que la otra persona muestre mucho interés
  5. Nunca discutas enfermedades, a menos de que te muestren una preocupación especial
  6. Nunca te inmiscuyas en las circunstancias personales de la otra persona (te revelará todo eventualmente)
  7. Nunca alardees (deja que tu importancia sea discretamente obvia)
  8. Nunca seas desordenado
  9. Nunca te emborraches.

                                                 

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