En su libro  Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, la estética concebida y desarrollada por E. Burke reglamentó para la literatura, y en particular para la novela, los grados sicológicos de la experiencia emocional gótica. De acuerdo con este, se descubre y se siente lo sublime cuando oscuridad y terror, a través de la enigmática prosa de un cuento, los velados versos de un poema o los espectrales protagonistas de una novela, entre la razón y lo sorprendente, originan la «emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir». No se puede conocer todo acerca de cuanto al ser humano le provoca pavor porque, de lo contrario, «gran parte de la aprensión se desvanece», explica Burke.

Al concluir la lectura de la indescifrable, la más extraña y poética, enigmática novela con características neogóticas publicada en Colombia a lo largo de toda su historia literaria, admitiendo las premisas de Burke sobre la concurrencia de lo bello y sublime en una obra literaria, nunca entenderemos cuál es la naturaleza real de este pueblo sin nombre, delineado con neblina y vértigo por el narrador colombiano Evelio José Rosero. Con protagonistas humanos que conviven con el olor y la sangre de pollos muertos y vivos, y la presencia reduplicada de ratones vivos y muertos, brotando y posesionándose a toda hora de sus calles.  “Esos asquerosos ratones se vienen a morir desde todos los rincones del mundo; este es el pueblo de los ratones, el único pueblo del mundo donde vienen a morirse los ratones del mundo, el único”. Se lamenta la ciega, una de las protagonistas de la novela. Más repulsiva que los ratones destripados.

La constante y envolvente neblina es protagonista viva de esta noveleta donde no es necesario averiguar por una trama razonable, ni por su sentido lógico; tampoco por el orden narrativo y mucho menos por la estructura formal y coherencia de los eventos, a teorías literarias o hermenéuticas narrativas de cualquier tipo, para no perder  su encanto, los retos de comprensión y lectura inherentes a cada capítulo de los doce que conforman tal obra y que este libro de Rosero plantea sin facilismos a quienes esperan encontrar una novela en el sentido clásico del término. Poco importa saber qué sucede, del principio al final, en este rulfiano pueblo, con el estoico abuelo buscando a su nieta Rosaura.

 Poco importa saber de dónde vienen, qué hacen, cuáles sus roles entre la acción de la novela y para dónde se dirigen todos y cada uno de los ominosos, difuminados personajes rebotando entre el espacio y el tiempo narrativo y poético, desde los lugares menos pensados del sueño, la realidad y la alucinación. Lo atractivo de tan extraña noveleta, es sentir cómo va sucediendo todo. En este compacto y poético relato, jamás se indicará hasta dónde, para el lector y los personajes de la obra, arribarán las fronteras del sueño. Linderos de la alucinación. Rosaura es la niña de nueve años que en otro distante pueblo “desapareció mientras compraba rosas en la tienda”. Y quien, de alguna manera, llegó a este pueblo invocada tal vez por el fantasma de alguna bruja o chamana residente en Comala.  “La última vez que la vi –repuso el albino- le daba teta a un niñito. Fíjese, es posible que ya sea usted bisabuelo”. El albino, otro personaje que irrita, hiere la susceptibilidad de aquellos descaminados visitantes que por error lleguen al pueblo.

La extraordinaria metáfora poética de soledad, abandono y muerte en que la noveleta se transmuta, no tiene explicación. No se deben elucidar con fórmulas de interpretación narrativa, ninguno de los personajes que por aquí desfilan, entre lo natural de lo absurdo. O viceversa. Cuanto sucede a lo largo de esta extraña novela breve (89 páginas) de Evelio José Rosero, no es convencional, ni frecuente en la narrativa colombiana. Situaciones, diálogos, personajes, paisaje y argumento del libro, se disipan entre la niebla del pueblo. Cerca de sus abismos. Con un volcán de fondo. Pasando en una prosa musical y pausada, de la vigilia a lo onírico y de lo trivial a lo fantástico y absurdo, una y otra vez en alas de la poesía para conformar insólitas perspectivas de lo relatado. “Se vio él mismo, asomado, igual que una sombra arrepentida de encontrarse allí, en la cima desconocida de esa calle, en ese pueblo sembrado de ratones, en ese pueblo que bordeaba la cordillera, en ese pueblo que limitaba a un lado con el volcán y al otro con el abismo”.

La sitúo entre las tres mayores noveletas de la narrativa colombiana, y no exagero al afirmar que puede situarse entre las 10 mejores de Latinoamérica, junto con Aura, de Carlos Fuentes; El coronel no tiene quién le escriba, de García Márquez o El perseguidor, de Cortázar. Tal vez Rosero leyó La lluvia amarilla. Novela semejante, del español Julio Llamazares. Monólogo espectral del último habitante de un pueblo abandonado, con paisaje frío igual que el yermo villorrio donde llega el anciano buscando a su nieta extraviada. Lecturas delirantes, denomina Umberto Eco el exceso de interpretaciones en cualquier lectura. Niveles literales, metafóricos o anagógicos que surgen durante la presentación de personajes, diversificando la idea original del escritor. El lejero provoca en el lector semiótico -este que no reconoce solo contenidos, sino que valora el engranaje literario sobre el cual se asienta el proceso de comunicación-, delirantes interpretaciones.

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