Para no alargar el chico, hay que afirmar que Caicedonia ya no es Caicedonia: la de antes, el plácido pueblo de calles anchas que le aportó tanta sangre campesina a La Violencia.

El acierto cultural del Concurso de boleros de Caicedonia se ha ganado con ventaja los máximos calificativos, como un fenómeno que enaltece y le otorga verdadera dignidad a nuestra cultura popular en el ámbito del arte de las artes: la música.

El Concurso de Caicedonia, del cual presumo que al nacer pudo haberse considerado como una utopía de Mario Ramírez Monard y aquellos que le ayudaron a cargar la maleta – alcaldía incluida -en pocos años logró quebrarle el espinazo al anémico flujo turístico.

Hoy, tras diecisiete años de existencia, es un evento de dimensión tan importante que invito al lector a corroborar desde qué mes del año comienza a sacudirse la agenda hotelera del municipio. Sépase, entonces, que el trote por cupos se inicia a partir del tercer mes de cada año, a pesar de que el Concurso se celebra en el primero de los puentes de noviembre, nueve meses después.

Para no alargar el chico, hay que afirmar que Caicedonia ya no es Caicedonia: la de antes, el plácido pueblo de calles anchas que le aportó tanta sangre campesina a La Violencia.

Caicedonia, la de ahora es bolero. Y de qué modo: hasta las instituciones educativas ya han comenzado a desarrollar un programa: El bolerito. Con su ejecución, desde la primera edad los muchachos del lugar son expuestos a contraer el incomparable virus del buen gusto musical que entraña “el género corruptor de mayores”.

Cuando no se es oriundo del pueblo, pero sí vecino, llegar a Caicedonia y percatarse de que todo el pueblo gira en derredor del evento, se siente envidia porque el hecho demuestra cómo sí es posible que exista por estos lados del país el anhelado turismo cultural, centrado en lo urbano y en contravía de ese otro turismo depredador con su festín de prostitución, traquetos con la narcocultura del Despecho y el comercio de droga.

Y, desde luego, no puede omitirse la mención a otro acontecimiento dentro de la agenda cultural: El Ágora del Bolero, un encuentro que le debe su nacencia y continuidad al quindiano Norberto Alvarado. En el parque principal, el domingo, con puntualidad de novio feo, acuden fervientes los coleccionistas con su carga de vinilos en una camaraderil jornada, donde el público, durante seis horas, se reúne a oír boleros y más boleros, como lo ordena la pasión por el género.

Esta cita que ya tiene su asiento VIP en la historia tiene como su gran Gurú al médico y fundador del Museo de la Música de Filandia Quindío, Antonio José Manrique. Gracias a su sapiencia y entrega a esta disciplina, el concurso logró tomar el vuelo necesario para apartarse de aquello que, en lo personal, considero un cierto acartonamiento y propensión hacia lo lírico que pudo haber gravitado sobre el evento en sus orígenes.

De la masiva audiencia, la alegría, la trascendencia y el valor cultural del evento, sobra decir una palabra más: ahí está el registro audiovisual, además cubierto por la televisión regional del departamento del Valle.

Como amante del bolero, músico de tercera, pero músico en ejercicio y con el proleto aval que me otorga el hecho de ser autor y compositor –también de tercera e inédito, pero en actividad- quiero hacerle una crítica a este maravilloso encuentro con el bolero de Caicedonia; aquello que le da título a este escrito: Las fallas de los fallos.

La organización del concurso trae cada año, por lo menos dos jurados foráneos de incuestionable conocimiento.

Sin embargo, por causas que atribuyo al temor fundado hacia ese monstruo de mil cabezas llamado público, que oye, juzga y dictamina en relación directa con su nivel de apreciación musical, el callo en el corazón de su memoria sentimental y, sobre todo, la rigidez  que le ha sido impuesta por las versiones escuchadas por años y años, ha ido consolidando una tendencia por parte de El Poder que mueve las decisiones y determina los fallos, en una única y absoluta instancia  hacia el favorecimiento de los concursantes que me atrevo a calificar de yomellamos .

Puesto en otro tono lo anterior, digo que la tendencia a juzgar a quien mejor copia a la versión que el monstruo del público tiene en su disco duro, se ha entronizado en el concurso. Y entonces, aquello que constituye la esencia y derrotero del concurso comienza a desteñirse por la sumisión hacia “lo comercial”. ¿Y qué es “lo comercial”? Pues lo que produce plata. ¿Y qué produce plata? Pues lo que le gusta a la gente. ¿Y qué le gusta a la gente? Pues lo que ha molido, muele y molerá la radio comercial. Aquí está el porqué del éxito del nefasto “Yo me llamo”.

Con el corazón, oídos viejos y gastados, una fe un tanto maltrecha y lo poco que he logrado ganarle a la ignorancia como músico y seguidor del concurso de Caicedonia, siempre he creído que el fin supremo del mismo es la búsqueda del reconocimiento hacia la excelencia que está inmersa en la originalidad; jamás en la copia.

En la competencia, entonces, ¿qué debería primar? Lo tengo claro: aquellos cantantes que con su capacidad de recrear un bolero consigan introducir nuevos y refrescantes elementos de creación en una canción, en contravía de aquellos participantes que, pese a sus bellas voces, no consiguen, no pueden, no quieren, que lo suyo suene diferente a lo establecido por los intérpretes originales.

Por fortuna no fui ni he sido el único asistente en cuestionar algunos fallos en lo que es evidente la tendencia que percibo como instituida por El Poder que rige el concurso.

No mencionaré nombres. En esta edición diecisiete del concurso se cometió una injusticia –si cabe el término- con dos cantantes del Valle que percibimos como distintos, en tanto que se le otorgó el premio a un intérprete –de gran voz, nutrida  y vocinglera barra-  que presentó en la final tres boleros. Fue, entonces, un Yomellamode Roberto Ledesma, con Camino del puente y Con mi corazón de espero;  luego, Yomellamo de Celio González con Cien mil cosas.

En cuanto respecta a la ganadora de la categoría femenina, es necesario señalar que nos pareció justo el primer premio que le otorgó a María Ximena Duque Arbeláez, de Antioquia.

Calarcá, noviembre 7 de 2022

libaniel@gmail.com

Arrierías diciembre 2022

   Libaniel Marulanda

                                                        

Libaniel Marulanda Velásquez, es escritor, cronista, autor y compositor. También ha incursionado en el teatro y el cine regional con cuatro obras y tres cortometrajes. Nació en 1947 en Calarcá Quindío, donde reside.

En 2017, el gobierno departamental del Quindío a través de la Secretaría de Cultura le otorgó el Premio a la Vida y Obra.

Su obra también ha sido reconocida en tres oportunidades por la alcaldía municipal de Calarcá Quindío, con la medalla al mérito. La última le fue otorgada el pasado 29 de junio de 2021.

Es un autodidacto, sin formación académica musical ni títulos escolares más allá de la primaria.

 Sus canciones han sido poco difundidas en la red de emisoras culturales de la región y menos en la radio comercial, por lo cual gran parte de su obra musical continúa inédita.

Su último trabajo fonográfico, titulado “Directo al grano”, contiene varias composiciones suyas comprometidas con el Paisaje Cultural Cafetero y su problemática. Un gran número de sus temas se encuentran disponibles en las redes sociales y YouTube.

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