Ana Delia ronca; Clímaco, entre dormido y disgustado, la estruja al rincón y continúa durmiendo; ella gruñe y empieza a respirar apacible. Él sueña que la lleva de la mano, suben por la calle del Chispero, y la gente borrosa tropieza con ellos.

Clímaco practicó el fútbol hasta el día que sufrió una lesión de tibia y peroné, fue operado, y en la cita de control el médico dictaminó que debía abandonara las canchas. Le costó aceptar que debía “colgar los guayos”, y terminar como entrenador del equipo del almacén donde trabajó hasta jubilarse.

En los sueños, detienen la trepada cada cinco o seis pasos hasta llegar a la plaza. Alguien los ayuda a cruzar la calle. No la suelta la mano; caminan a las bancas. Antes de sentarse, ella se detiene a contemplar arrobada las enredaderas de flores amarillas que trepan por los postes metálicos de las pérgolas.

Clímaco solía recrearse en las mañanas con los trozos de recuerdos de la época en que Ana Delia estudiaba en el Liceo Universitario, y después de salir de la fábrica de imperfectos la esperaba a la salida para escuchar, hasta el cansancio, canciones de Rudy Márquez y Salvatore Adamo en la fuente de soda El Romance; entrar al teatro Victoria, o escapar a los pastizales que rodean la plaza de toros; lo que hacían entre las zanjas, al amparo de los árboles, y “la complicidad de la luna oculta tras las nubes oscuras”.

En sus sueños: ella continúa entretenida, da unos pasos, observa y dice frases mimosas a las flores. Él nota que cuando intenta comentar emocionada a quienes pasan por el andén la belleza de las enredaderas, nadie la escucha, y le duele que termine hablando sola con las flores.

Durante años Clímaco escuchó sus ronquidos y gruñidos mientras recordaba cuando, tímida, subió su falda corta, se tendió en el pastizal. Cómo, con los calzones olorosos de Ana Delia en una mano, abrió la bragueta trabada con la otra, y no sólo encontraron humedades en el pasto y en los besos: también su respiración cálida en las mejillas, sus abrazos suaves o fuertes en el cuello, los jadeos excitantes que aceleraban los movimientos hasta ahogar y morder los gemidos en sus bocas.

Ana Delia, a quien en sus días de conquista llamaba su “chica”, no es la misma que una tarde, camino de la cancha de los Hermanos maristas, conoció una tarde asomada a la ventana, terminó siendo su esposa, y que todos los días, vestida desde hace años abrigo oscuro hasta la mitad de las piernas, gafas redondas de lentes oscuras en marco desgastado, zapatos sin tacón (recetados por el urólogo que trata su incontinencia), acompaña a misa de mediodía en la catedral, y que en días fríos se pone el gorro pequeño que deja escapar sus rizos blancos hacia la frente, la nuca, las sienes, y antes de salir y para no olvidar hacia donde van, enrolla la camándula en la mano izquierda.

En las mañanas Clímaco repite los recuerdo de la noche de la fuga: Ana Delia apareció puntual en la esquina acordada; nerviosa, el rostro brillante de sudor, apretados con ambas manos los libros sobre su pecho, y aunque hacía días sabía que sobraba que lo dijera porque en cada cita en El Romance, el teatro Victoria lo leía en los ojos de Ana Delia, su voz entrecortada le dijo “sí”, que estaba decidida; que tuvieron que escapar de los pastizales de la plaza de toros, abordaron el colectivo, y mientras llegaban a Calarcá en busca del “Colonial”, mitad restaurante y hotel barato, intentó contar las noches de besos, caricias y frases sutiles, persuasivas, que empleó para convencerla.

La “chica” difícil de ayer toma en el sueño una flor, sonríe, desprende varios tallos de flores hasta formar un ramo y se lo ofrece desde lejos. Los ojos de los rostros borrosos de la gente que aparece en los sueños la miran extrañados, otros complacidos, y él puede adivinar que piensan: “es octogenaria”, “está loquita la cuchita”, “está en la edad de la inocencia”.

Clímaco la siente roncar. Hace años sabe que, por la edad, Ana Delia sufre de olvidos repentinos; que cuando salen a caminar y su “chica” de ayer se pone alegre es la niña que juega en el país de las maravillas, y debe percibir el momento exacto en que la mente de Ana Delia marcha por rumbos desconocidos, para levantarse y correr tras ella. Entiende que primero debe flexionar las piernas varias veces para calentar sus rodillas desgastadas por el fútbol, y sin perderla de vista, calcular cinco metros de distancia entre ellos para darle alcance…

La mente de Clímaco insiste en recordar que, en la época de las grandes temporadas taurinas en la ciudad, el vigilante que rondaba los alrededores la plaza, interrumpió en los pastizales sus osadías con Ana Delia, y que tras el foco de luz que de repente alumbró sus espaldas y las piernas abiertas de Ana Delia, sonó una voz: “Aquí está prohibido hacer esas cosas. Váyanse o llamo la policía”, que esa noche ocultó el nerviosismo, su mano tembló al cerrar la bragueta, y respondió: ¡ya nos vamos, tranquilo!, y Ana Delia se levantó ágil para ocultar el rostro al foco, bajó su falda de flores rojas, abrochó la blusa y los calzones de lana, que después dijo en El Romance, fue tejido por la abuela, los metió entre el bolso con los libros. Que el vigilante los siguió a distancia con la linterna encendida mientras escapaban por las escaleras laterales que descienden a la carretera polvorienta, que alumbrados por las luces de los patios sin cercas del barrio El Recreo corrieron por el camino que sube al barrio Berlín, que una vez allí volvieron la vista, y el foco parecía un cocuyo entre las sombras del barranco de la plaza de toros. 

Él siente en sueños traquear sus rodillas; le duelen las caderas y las canillas cuando camina; nota que ella está por llegar al atrio y sabe que como siempre, cuando su “chica” se decide, no mira atrás, y no logrará darle alcance porque a ella no le duelen las piernas, y sabe cómo y en qué momento usarlas para él.

Es mediodía en su sueño difuso. De repente la tierra ruge, se estremece. La mira avanzar y corre horrorizado. Apura las zancadas al pasar junto a la sombra vertical de las pérgolas florecidas, porque ella, camándula en mano, acaba de entrar a la iglesia. Pero una nube de polvo, y los escombros le cierran la entrada al templo. Siente que lo empujan para impedirle que se meta entre las ruinas, y al caer de bruces, su mano se aferra a una superficie blanda y húmeda.

Un ronquido hace que Clímaco despierte asustado, tome aire, respire y se alegre del empujón que lo apartó de aquel sueño con final de pesadilla.

Deja atrás sus retazos de recuerdos de los pastizales. Repasa los años compartidos entre risas, perdones y olvidos. No quiere moverse ni despertarla. No le importan los gruñidos ni ronquidos. Está feliz de verla dormida a su lado, en el hueco de la sábana, y cuando descubre la parte blanda y húmeda de aquel sueño, ya no quiere sacar su mano de los calzones bombachos de Ana Delia.

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