Sara Lucia Ospina F.

La mañana me despierta antes de la alborada, poco a poco y por inercia me conecto con la fuerza que me gravita y los pensamientos que no durmieron.  Es la apertura de un día que evoca los recuerdos de momentos, que dos siglos nos resisten a olvidar.

Llueven las imágenes que recrean la memoria de la Navidad   anunciando una Noche de Paz, un giro me traslada a la primera infancia, entre los años 1964 – 1966. Las fincas que fueron de mis padres y mis tíos se proyectan con la nitidez del presente, entre el calor y los jejenes del Guamo Tolima y el frio reparador del cañón de Anaime, tierra que colinda con Salento, unidos por el camino de Toche, considerado por Humbolt como el paso más difícil de los Andes en 1810, travesía que recrea y persuade con notas históricas que iluminan mi fantasía, con las coordenadas del reencuentro con la niña que un día fui.

Ese imaginario se construyó con el levantamiento sobre cajas de cartón, andamios de guadua y de madera revestidos por el papel encerado que reaparecía después de un año de guardado, dando vida al nuevo pesebre que iluminaba las casas de recuerdos.

Los paseos que antecedían la elaboración del magno evento, incluían caminatas para recoger quiches, musgos, melenas, piedritas y las piñas de los pinos cuando la celebración era en Turín, la casa de los tíos Dago y Cecilita. Cuando la celebración era en la casa de Guamalito, terruño de mis padres, evoco la travesía desde el portón que daba paso a la casa de la hacienda, el árbol de   lluvia de oro por la pasarela a mano derecha, el árbol de los gallitos anaranjados a mano izquierda, un camino de flores con gerberas conducía a las gradas que llevaban a la casa sobre la loma, levantada por mis padres en la hacienda que fue de mis abuelos.

Los corredores de cemento gris parecían espejos, los caimos y el caucho, los centinelas guardianes dando sombra a la casa perfumada por los naranjos.

 Se despiertan los recuerdos con la mañana y una tarea recrea con la misma energía que evoca la resiliencia, ante la actual pesadumbre de nostalgia y melancolía por los amigos y familiares que no alcanzaron a llegar a esta navidad.

Despabilado el papel de cera, en uno y otro escenario que rescata mi memoria, acontecía el tomar vida  los pastores, las ovejas, los animalitos domésticos: el burro, la vaca, el cochinito  y las aves del corral, también los famosos reyes magos y camellos traídos de tierras lejanas,  todo adornaba y recreaba la ilusión  de manera amable, salpicado de luces rutilantes  y mucha alegría, se juntaba la geografía del desierto, el lago, la montaña y hasta el nevado en una estrecha dimensión de realismo, me trasladaba  a una tierra extraña donde aconteció  la historia más hermosa que se pudiera contar, porque en torno de una imagen sagrada, una dulce mujer esperaba  en compañía del padre la llegada y el nacimiento de un niño llamado Jesús, portador de bendiciones para la humanidad.

Veo desfilar en mi memoria todos mis primos maternos, casi las dos docenas, yo entre las más pequeñas.

Guardábamos la ilusión de una promesa de recogimiento, entre regalos, juegos y risas, un imaginario de inocencia y la dicha de compartir las viandas navideñas.  Llegada la Novena también surgían los juegos que rompían las brechas generacionales con las apuestas de aguinaldos: Pajita en boca – El sí y el no – El beso robado – Tres pies – La palmada en la espalda.

 Cada año guarda su particular encanto o desencanto, pero sigue siendo una razón suficiente disponer el alma para resurgir al Amor, en tiempos donde los abrazos virtuales son una oportunidad de seguir viviendo con la Esperanza de esperar otras natividades, renovar la fe en la familia, y la amistad entre la naturaleza el hombre y su Creador.

 No pienso que toda generación pasada fue mejor, no me incluyo entre los que hacen ver en una vitrina perfecta la generación que le correspondió en su niñez y juventud, creo simplemente que nos corresponde contar una emoción y saber si fuimos capaces de trasladar esos secretos, esa magia que nos dejó el sabor del compartir. 

 Las diferencias y sus complejidades nos invitan a estrecharnos desde el alma y encontrar un modelo de esperanza para conectarnos con la fuente de la vida, oportunidad de sublimar una nueva alianza de paz y armonía universal.

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