Edición 107

MI VIDA ES MI ARGUMENTO (trayectoria) – CAMINOS LITERARIOS.

By 4 de marzo de 2026No Comments

Arrierías 107

Umberto Amaya Luzardo.

Cansado de limpiar patios, podar árboles y vender abono de vaca para embellecer los jardines, cambié de oficio y por necesidad de comunicación, decidí ocuparme en algo que desde niño quería hacer: escribir. Como en ese tiempo no había fotocopiadoras, ni en mi rancho tenía electricidad, con unas naguas de seda templadas en un marco de madera hice un mimeógrafo artesanal, fui al internado pedí prestada la máquina de escribir, piqué un esténcil, hice las copias y lo tiré al ruedo:

EL CRONISTA

(Es el alma de un pueblo)

Le di ese nombre porque mi primera experiencia como lector fue una revista de crónicas: “Más allá de ultramar” publicada por los curas dominicos que vivían de las limosnas en los lugares más apartados del mundo y desde allá daban sus testimonios. Tuve la suerte de ser acólito un anciano dominico en El Amparo Edo. Apure, y él, me permitió leer una colección de crónicas cuando yo apenas tenía siete años. Además, escogí ese género porque aparte de literario, es histórico y periodístico; porque el cronista es un testigo presencial, porque la crónica es el espejo de la realidad y el espejo no sabe ser embustero.

Tuve bien claro que si quería independencia no debía pedir patrocinio a los políticos, ni publicidad a los comerciantes y también que, para mantener la clientela era obligatorio una chispa de alegría, sin convertir el periódico en un cuenta chistes. El primer tiraje fueron cien ejemplares, los vendí en una tarde y como no había redes sociales y era la primera vez que alguien les vendía lectura, exprimían el contenido hasta el último centavo de lo invertido. Eran sólo cuatro páginas: El editorial, dos páginas de crónicas y en la última un poema.

Esto pasó en Inírida en el año 1.988 cuando la población indígena del Guainía era el 95% agrupados en comunidades bastante primitivas. Los pocos colonos que había estaban casados con indias y vivían como indios; las blancas que llegaban también preferían de marido un indígena y yo entre ellos, con el asombro del primer nativo que miró a Colón. Hago esta anotación porque hoy muchos años después la población indígena del Guainía todavía es del 85% y porque una crónica sin el elemento humano es apenas, media crónica.

Todo se deslizó como una balsa de manteca. Sin proponérmelo se formó un grupo de lectores que conceptuaban y me entregaban material para las próximas ediciones. ¿Quiénes eran esos lectores?  El indígena pescador que cambiaba el periódico por un pescado, el campesino que llegaba al pueblo a vender sus productos, me daba cuatro plátanos y yo le daba el periódico para que lo leyera con su familia cuando regresara a la finca; el dueño de la tienda, los profesores, el médico, el juez, el policía, los guardianes y los presos; en una palabra, el pueblo entero —Umberto cómase una empanada— me dijo un niño y le respondí —No tengo plata— y él, replicó —es que mi mamá me dijo que le diera una empanada y que usted le mandara un Cronista; allá en la casa todos lo leemos y nos reímos mucho— Soy sinceroen confesar que con esas crónicas y con ese público tan amable con las sílabas y las palabras aprendí poco a poco lo que tengo de escritor.

Cuando tenía ya una clientela consolidada, aparte del periódico empecé a publicar y a venderles un cuento cada mes. El primero: “Morena soy porque el sol me miró” la historia de una india analfabeta que pudiendo ser una matrona en su tribu, se vino al pueblo de los blancos a vivir como sirvienta, convencida que el animal más pendejo del mundo es el blanco y pendejo también el negro porque piensa como el blanco y pendejo el perro porque anda con el blanco. Recuerdo que, en el Resguardo Indígena del Paujil, se reunían todas las tardes para leer el cuento y duraron quince días leyéndolo, porque cada frase la interrumpían para comentar algo relacionado —Yo vi cuando un güío se comió un perro— interrumpió la lectura un muchacho que tenía dientes de cachama pepera ¿Verdad mano, usted vio cuando güío comió perro? Le preguntó con la dificultad del que está aprendiendo a hablar español otro indígena y el primero le respondió —Yo no vi, pero miré la mierda y era perro—

Llevaba veinticinco años viviendo en el Guainía y antes de abandonar ese departamento, decidí como gratitud, dejarles un libro con sus propias historias; hice un préstamo y publiqué “Bajo el techo de paja” (Cuentos exótico-rústicos). La noche del lanzamiento en Inírida, un pueblo de siete mil habitantes vendí ciento treinta ejemplares, que eso es como vender doscientos mil en una ciudad como Bogotá, y al otro día puerta a puerta como el que vende repuestos de planchas y licuadoras, fui ofreciendo el resto. Pagué la deuda y los libros empezaron a viajar por los ríos del llano y la selva: El río Guaviare, el Inírida, el Atabapo, el Río Negro, el Vichada, por el Majestuoso Meta, por el Soberbio Orinoco y por el Arauca Vibrador. 

En 1.999 me vine para Arauca un pueblo con setenta mil habitantes y un floreciente comercio de funerarias, casas de empeño y grupos armados. Estaba el Ejército, la Policía, la Marina, el Das, las Farc, el ELN, los Paramilitares, los Narcos, el Hampa Común. Hacía poco habían asesinado dos periodistas y los dieciocho restantes para protegerlos los mandaron a una brigada militar en Buga.  Entonces publiqué “El Cronista” y lo vendí a una gente que había perdido la costumbre de reír a carcajadas. En esa época Saravena había ocupado por tres años consecutivos el primer lugar como el municipio más violento del mundo, yo creo que Tame era el segundo y Arauca el tercero y, un día que hubo veintiséis asesinatos, entre ellos varios de mis lectores; con el corazón estrujado no tuve otro título para el periódico que —Cuídese doña que la mierda no retoña— poniéndole poquita sal al animalito de la historia, porque tenía ya la sal de las lágrimas, pero consciente que —toda verdadera historia, es historia del presente—

Por esos días se daba uno el lujo de escoger velorios, de preparar la comida, de mandar los niños a la escuela, de hacer el amor por las noches, de ir a misa los domingos y  yo, como un malabarista, me daba mañas para decir las cosas sin herir tantos sentimientos opuestos, sino buscando mejor, lo que teníamos en común —los sufrimientos y el deseo de una vida colorida— tal vez por eso nunca tuve problemas, porque era obvio que todos los grupos armados compraban las crónicas para leerlas en sus cambuches y se tejían historias  paralelas y clandestinas alrededor del periódico —el sicario dijo  que no la mató, porque andaban tres gordas igualitas y él no supo cuál de las tres era. Ellos también queríanser protagonistas de esos relatos y después de los encuentros sangrientos, se me acercaban, me compraban el panfleto y entre dientes me decían —La culebra no está muerta, la partieron, pero sigue viva.

Los escritores locales se habían dedicado a contar las mil veces contadas glorias de la independencia, pero no habían pintado —el cielo de mi tierra con los tonos de mi pueblo— y mucho menos a un llanero arrejerado, bien genuino y legendario. Entonces, empecé a perseguir viejitos, a gastarles tinto y a escucharlos, hasta que después de cuatro años de andar en esas, encontré un arreador de ganado de noventa y seis años, sin sueldo ni pensión, que ese día después de caminar hora y media llegó al parque a pedir fiado un tinto y un pan para desayunar: Don Pancho Cuevas Mena. 

¿Será que usted me puede fiar un tinto y un pan, que cuando yo venda esta tarraya, algo me dan y yo vengo y le pago? le preguntó a la vendedora. Lo miré y me apresuré a decirle —pídalo que yo los pago— y él me preguntó: ¿de verdad usted es así? Y deletreando despacito, como se le debe hablar a una persona de esa edad, le agregué —Claro, si quiere cómase dos panes y bébase dos tintos, que yo lo brindo— y él puntualizó —Yo también soy así— y eso es verdad, porque los llaneros-llaneros somos esos pájaros humanos que amanecemos silbando, ordeñamos cantando, hacemos nuestro trabajo de llano contentos y vivimos alegres de poder compartir con los demás nuestro queso, nuestro rancho y nuestro tiempo.

Lo escuché tres meses; armé el relato, lo releí mil veces para evitar que la gente se asfixiara al leerlo, fui a Bogotá, me endeudé, lo publiqué y regresé a Arauca a venderlo. Un locutor que tenía un programa —La llanura despierta— leyó el libro a las cuatro de la mañana, hora en que todos estamos dormidos, menos los ordeñadores que madrugan, guindan el radio en un horcón del corral y ordeñan escuchando. Una semana duró leyendo y se divulgó en la sabana araucana —esa mina de historias llaneras—, el domingo que llegaron al pueblo a vender el queso, empezaron a buscar el libro —Véndame uno, no mejor véndame dos, uno para mí, otro para mi mamá, porque ella también me rajó la cabeza con un palo como dice en el libro— y empezó a cumplirse el sueño de llegarle a esa gente que en sus casas no tenían libros.  Poco a poco fui publicando historias nuevas donde la mayoría de las veces el personaje principal es un analfabeto florido y popular que mucha gente reconocía y, como tengo ya una clientela construida, recupero la inversión y sobrevivo.

En el año 1.878 cuando Argentina tenía tres millones de habitantes (millón y medio de criollos, millón y medio de inmigrantes), cuando tenía apenas doscientas escuelas y doscientos médicos, José Hernández había vendido sesenta y cinco mil  ejemplares de su —Martín Fierro— y no precisamente a los finos de Buenos Aires, que lo veían con malos ojos por costumbrista, sino a los criollos y, el libro estaba en todas las estancias y las pulperías, colgado de una cabuya, esperando que llegara alguien que supiera leer y se los narrara. Pasaron cincuenta años para que los argentinos entendieran que ese libro era un tesoro nacional. (1.872 fue el año de la primera publicación).

El metro de la vida tiene cinco cuartas de veinte años cada una, yo ya estoy en la última cuarta y ojalá el poco tiempo que me queda, pueda seguir luchando por lograr que el Guainía y Arauca, en medio de sus infortunios y desdichas, se conviertan en los departamentos lectores de Colombia. No estoy enfermo, ni tullido, soy independiente, jamás he recibido condecoraciones, ni reconocimientos (vivo distante de los sitios y de la gente que las otorga); no tengo casa, carro, pensión, ni presto barba; pero no por eso llamo a lástima y no sobra aclarar que no todo ha sido color de rosa; escribiendo las ciento veinte páginas de la novela  “Me Falta Uno” recuerdo que duré seis años de duro trabajo y tengo otra novela que después de reescribirla durante veinticinco años no me convenció, entonces, decidí no publicarla, consolándome que no se hace queso con la leche derramada.

Que el Ministerio de Cultura se acuerde de los artistas que ya están mascando el agua es un acto de humanismo y solidaridad, eso me alegra y si logro el reconocimiento, como todavía tengo sueños por cumplir, con la plata del premio me compraría un motocarro (dieciocho millones), imprimiría más libros y recorrería las vías terciarias donde no llegan los funcionarios de la cultura, les entregaría mis textos y mi alegría, recibiría la de ellos y de paso recogería las historias de ese  pueblo sencillo, historias con las que me nutro; porque el literato es semejante a la cocinera  que  le ponen el mercado en el mesón de la cocina y ella pela plátanos,  frita tajadas, guisa la carne y se las devuelve preparada para que los demás se la coman. De la misma manera, el escritor cocina los hechos cotidianos con las llamas del discernimiento, los entrega listos para que el lector los digiera y, su función es importante en el desarrollo civilizatorio de la humanidad, porque es un fabricante de lectores y el que lee se auto educa. Otro sueño es impulsar la lectura entre los maestros rurales porque ellos son los encargados no sólo de enseñar a leer, sino de —despertar el amor por la lectura entre los niños que todavía no están contaminados de celular— y también, porque varios de mis cuentos son homenaje a esas maestras rurales. Llevo cuarenta años haciendo literatura, viviendo de ella y fabricando lectores en el llano y la selva, creo que a eso se le puede llamar “Una Trayectoria”.

Tengo cuentos sobre fuga de presos con reconocimiento nacional, que son los favoritos en las cárceles y por eso me invitan a hablar con los presos, también tengo historias de viejitos y me invitan los ancianatos; en muchos colegios asisto a hablar con los niños. Serví de jurado infinitas veces, participé en encuentros de escritores en Villavicencio, Yopal, Paz de Ariporo, Támara, Hato Corozal, Puerto Carreño, Inírida, Arauca, Arauquita, Tame, Saravena y en las ciudades venezolanas de Puerto Ayacucho, Guasdualito, Barinas, Guanare y San Felipe, la capital del Estado Yaracuy. También participé en tres ferias del libro en Bogotá, la primera vez colado en el Stand de Arauca después, cuando vieron la aceptación del público, empezaron a invitarme de manera formal; pero a esta edad ya no quiero más ferias ni multitudes, prefiero el tú a tú callejero del encuentro casual.

Vale la pena mencionar que “El Relato de Pancho Cuevas” (una mina de historias), ha sido editado cinco veces en Colombia y tres en Venezuela, porque allá también son bien llaneros. Los otros libros, la mayoría de ellos tienen dos ediciones y he recorrido el País del Orinoco siempre vendiendo mis libros, porque me rebusco con la venta y porque hay más posibilidad que un neolector lea un libro cuando lo compra que cuando se lo regalan. Viajo con frecuencia al Guainía, y acabo de publicar un cuento sobre la madre, porque mi intención en el mes de mayo es llegarles a todos los lectores que tengan mamá. 

CANTO LLANO

(Canto Primero)

Anímate llanero y canta.

al amanecer engrasa tu garganta,

con café, con chimó, o si prefieres sin nada,

a puras ganas, como es costumbre en la sabana,

que amanecen los criollos silbando

sueños y deseos que llevan en la mente,

como corchos que flotan en la esperanza;

y en sus faenas mañaneras de ordeño

con la música de la leche tibia en la camaza,

ensayan tonadas con los colores

de los pelos de los becerros y las vacas.

Cántale al origen del llano,

cuando los verdes de sus pajonales eran entonces,

las profundidades marinas con su flora

y su fauna dinosauria, transformadas hoy,

en el petróleo negro que te bajó del caballo,

te compró camioneta, pavimentó de luto tus caminos

y te transformó en un mendigo de regalías,

que canta muy poco, o que ya, no canta nada.

Comienza tu canto en el piedemonte,

con el deslave de los cerros gigantes,

que, semejando vacas en un corral de ordeño,

entregan en el invierno sus arenas a los ríos;

y en las crecientes grandes de julio

sus aguas vegetales preñadas de abono,

alimentan las matas de monte

que un día nacieron de un bejuco chaparro,

donde no entraban ni las culebras,

ni las patas de las vacas, y más tarde,

vestidas de un verde cazador

sus ramas sirvieron de nido a cucaracheros,

a cubiros, azulejos, paraulatas y torcazas,

que, por el simple deseo de vivir,

revolotean y cantando se llaman.

Cántale a ese camino que camina,

que tiene por andenes barrancos y playas,

que en su vientre lleva: sardinas, palometas,

caribes, guabinas, coporos, curvinatas y cachamas,

alimento primitivo del indio y el mestizo,

del caimán, del martín pescador, la codúa, corocoras,

zamuritas, el gabán y otras garzas;

alimento también de toninas, perros de aguas,

de las anguilas eléctricas y de las galápagas.

Echa a volar tus versos y cántale

al niño bostero que fuiste,

recogedor de cagajones y de infamias.

con bosta fresca sacabas sal 

y empañetabas las paredes de la casa,

la bosta seca para el cebollín de la troja,

el cilantro, la yerbabuena y la albahaca,

y en las noches de invierno

era el humo para espantar la plaga;

y la psilocibina de sus hongos en ayunas,

te llevo a conocer las profundas diferencias

entre la tinaja de barro y la tinaja plástica.

Ven llanero, dale un ritmo especial a tu palabra,

tararea una tonada al ganado arisco que, para la oreja,

y al ganado manso que marcha con la oreja gacha,

cantémosles a las nubes

que se persiguen en el frío de la noche clara,

y al rocío del pajonal que moja la batata.

Cantémosle al calor del verano

que es algo vivo y sofocante,

y a la ventana iluminada que,

a las dos de la mañana,

a lo mejor trae una nueva vida,

o despide a un enfermo

que agobiada entrega su alma.

Cantémosle a tu mujer, sea morena, sea catira,

sea negra, mestiza o mulata,

que ser llanero no es de etnia, sino de estampa,

etnia tiene el indio y a él no le cantas,

aunque en tu canto utilices la maraca

y la velocidad de su flecha en tus palabras;

y en el amanecer de la vida humana,

el indio fue el primer llanero que pisó tus sabanas

por estrechos caminos de tierra

que semejan viejas cicatrices,

y el primero en utilizar las canoas,

los bongos, las curiaras y chalanas.

Breve biografía de Umberto Amaya Luzardo por Umberto Senegal .

Umberto Amaya Luzardo es un escritor colombiano nacido en Arauquita, Arauca, el 8 de octubre de 1945. Es conocido por sus obras que reflejan la vida y la cultura de la región de la Orinoquia, especialmente la selva del Guainía y el llano colombiano.

Obras destacadas:

– Bajo el techo de paja (1997), su primer libro de cuentos

– El Relato de Pancho Cuevas (2004), una exploración de la memoria y la identidad cultural del llano colombiano

– El hijo de Lina Luzardo (2019), un libro que narra su infancia y experiencias en la región.

Amaya ha dedicado su vida a la promoción de la lectura y ha trabajado con grupos de lectores en la región. Su estilo literario combina elementos de la tradición oral, la crónica periodística y la narrativa de ficción, y se caracteriza por su prosa poética y su enfoque en la memoria cultural y la identidad regional ¹.

Umberto Amaya Luzardo, también conocido como Umberto-Umberto, es autor de numerosos libros de cuentos, crónicas, relatos y novelas cortas, y ha colaborado con varios portales literarios en línea. Su obra se caracteriza por un estilo que combina el realismo y la poetización de lo cotidiano, enfocándose en las dinámicas sociales, la violencia política y la memoria cultural de las regiones que habita ¹.

Influencias y estilo:

Su trabajo se ve influenciado por sus experiencias vitales en los llanos orientales, la selva del Guainía y la ciudad. También se inspira en autores como Miguel Ángel Asturias, Oscar Lewis y Henry Miller, así como en el movimiento hippie de los 60 y 70.

1- Reconocimiento:

Amaya es considerado uno de los escritores más reconocidos y leídos de los llanos colombo-venezolanos, y ha dedicado su vida a promover la lectura y crear grupos de lectores en la región.

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