Nota de Redacción: Neymar Vargas Sánchez es un especializado técnico en reparación de aparatos de refrigeración quien tiene varios apuntes, anécdotas y cuentos escritos inéditos y ha pedido revisión de su trabajo con el fin de darlos a conocer en Arrierías. Disfrútenlo, amigos lectores.


Nuestro pequeño pueblo en el Eje Cafetero ha ido perdiendo credibilidad religiosa. La tecnología, la virtualidad y los desmadres de algunos sacerdotes han ido enfriando el fervor religioso tan acentuado en mis tiempos de niñez y juventud cuando las ceremonias religiosas en las iglesias nos impregnaban de fe y regocijo, tiempos en los cuales dábamos gracias a Dios por nuestra bonanza, la tranquilidad, por nuestros hijos, vida, amores. Eran otros tiempos.


Ya viejo, en mi mente llevo siempre un bello recuerdo. Llego caminando hasta la reconocida panadería de don Noel donde se encuentran varios vecinos en esas charlas casi que cotidianas donde se platica sobre el chisme, la política o el acontecer cotidiano de este pueblo bucólico.


El comentario de ese día rondaba sobre un gran hecho realmente maravilloso: a una niña, en un pequeño pueblo Caucano llamado Piendamó, se le apareció la virgencita y estaba haciendo verdaderos milagros con el agua de la pequeña fuente que pasaba por la humilde vivienda de esa familia creyente y de extracción campesina.


El sitio especial de reunión del pueblo era la panadería y fue el lugar donde escuché la noticia que circulaba por la radio y los periódicos de la época y en dos amigos, Marta y su marido, la noticia era de suma importancia, pues tenían dos hijos mellizos. Uno de ellos despierto, muy activo, habladorcito y el otro, por el contrario, tartamudo, retraído y hablaba tan poco, que los vecinos decían que era mudo, una mentira.


Los padres mantenían preocupados por la situación y la diferencia entre los dos pequeños y, coincidenciamente, habían ido guardando con el tiempo unos pesitos para llevar al niño con el problema de retraso a la revisión de profesionales, a una iglesia, como rogativa a un santo y la oportunidad de la Niña de Piendamó era la precisa, la que necesitaban, la que Dios les había mandado por ser fervientes católicos. La virgencita de ese pueblo en el Cauca les podría hacer el sublime prodigio de darle soltura de palabras al niño, de avivarlo, ser más despierto.


Con otros vecinos que querían participar de rogativas a la ya famosa virgen, armaron una excursión, contrataron el bus escalera de don Guillermo y saldrían a la semana siguiente, tres de la mañana, con cupo completo. La fe, y el deseo de verse honrados con la benevolencia de la virgen, sería lo más grandioso de sus vidas.


La alegría era inmensa. El día de la partida, faltando cinco para las tres de la mañana, el bus llegó calle arriba donde vivía doña Marta. El ayudante tocó la puerta apurando la salida. Al notar que presuroso salía era el papá, don Medardo, con el niño envuelto encobijas y no aparecía la mamá, el ayudante extrañado preguntó:


– ¿Y doña Marta?
– Ella no puede ir. Se presentó un problema y, entonces se queda con el otro niño.


El frío era intenso en aquellas montañas del pueblo. Envuelto en su ruana y protegiendo amorosamente a su pequeño, se subió al bus. Partía la excursión, la peregrinación.


Llegaron al municipio de Tuluá a las 10 de la mañana donde hicieron la primera parada de descanso.

Descargar vejigas, desayunar y estirar los pies. Era necesaria esa parada para ya continuar sin descanso hasta el santuario de la virgencita de Piendamó. Estando en plena cafetería y luego de una pequeña oración de agradecimiento por el desayuno y la tranquilidad del viaje. Cuando terminan, el niño tira del pantalón del padre, acerca su cabecita al oído y dice en voz alta:


– ¡Pa, quiero empanada, pa!


Silencio en la sala. Estaban asombrados. El niño, el tartamudito con problemas de comunicación, el retraído y de pocas, casi mínimas palabras, estaba hablando.


– ¡Milagro, milagro! Gritaban el padre y sus acompañantes bailaban, gritaban


Una de las señoras acompañantes abrazó al niño y era la que más decía, ¡milagro, milagro!


Le pidieron al señor del bus que los llevara a la iglesia más cercana del sitio en que se encontraban, de la cafetería donde aconteció el milagro que la virgencita había hecho en su pequeño hijo.


En medio del alboroto, la gritería, abrazos y besos desordenados, el niño, absorto, asombrado y asustado, a punto de llorar, volvió a lo que su padre sabía, al acostumbrado silencio.


Todos los peregrinos, sin excepción, incluyendo al chofer y su ayudante, entraron a la iglesia. El alboroto atrajo la atención del cura párroco y del sacristán de la pequeña iglesia


– ¡Padre, padre, mi niño, mellizo, que no podía hablar, un limitado por la comunicación había empezado a decir cosas, a hablar en forma correcta Es un milagro de la virgencita de Piendamó, padre!
Acariciando al niño quien asustado miraba el desorden y la gritería, en medio de lágrimas y miradas hacia el cielo, como agradeciendo con profundo fervor a la virgencita, Medardo dijo a sus compañeros,
– Tenemos que llamar al pueblo, a mi Marta para comunicarle el milagro, para que cuente al pueblo que la virgencita de Piendamó, sin nosotros llegar a aquel lejano santuario, nos había hecho el milagro.


Preguntó a un lugareño dónde quedaba Telecom para llamar a la panadería, el sitio más cercano a casa de Marta, un teléfono que bien recuerdo era de esos grandes, e color negro y de gran resonancia en la voz que llamaba. Prácticamente, si no se tapaba bien el audífono, se podía escuchar la conversación. Le pidió a don Noel que fuera hasta su casa y le dijera a Marta que se acercara a la panadería y que en diez minutos volvía a llamar para dar la gran noticia, un milagro.


La expectativa era general. De la panadería partió el rumor de un milagro mientras la gente, asombrada y creyente se acercaba al sitio. Los minutos se hacían eternos. Marta llegó todos oídos al acecho.


– Mijo, qué es tanto alboroto, por Dios. El pueblo está alebrestado ¿qué es lo que pasa?
Hubo un breve silencio. A Medardo no le salían las palabras por el agite, hasta que empezó a decir, a gritos que casi se oían en todo el salón
– Mi corazón, sucedió un milagro de la virgencita de Piendamó, visto por todos los que íbamos de peregrinaje en el bus.
– Ya, no de más vueltas, suelte lo que tiene atragantado, ¡dígame de una vez!
– Ay, mija. El mellicito está hablando, dijo cosas bien habladas que todos escuchamos, es un milagro, un milagro, mija. Ya casi reiniciamos el viaje para dar testimonio en Piendamó y dar agradecimiento a la Niña del sitio donde está ese maravilloso santuario. Estamos de fiesta, muy felices.


Silencio total al otro lado de la línea. En la panadería y en Telecom, todos expectantes.


– Si serás pendejo, mijo. Por andar de afán, apurado como siempre…… ¡te llevaste al que hablaba! El mudito está jugando solo, ¡aquí, en el patio de la casa!


Después de tantos años, este cuento todavía se recuerda en mi pequeño y muy campesino pueblo. El niño que no hablaba, fue recuperando su comunicación con el tiempo, habla lento, pausado, comprensible. Eso sí, un verdadero milagro de aquella virgencita.

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