Para. Arrierías 60

Desde la época del descubrimiento nuestro país ha venido afrontando ciclos sucesivos de luchas sociales, enfrentamientos, desplazamiento, asesinatos y destrucción de familias y bienes.

No es, como lo afirman algunos teóricos del desastre, que los colombianos llevamos en nuestros genes la forma de ser violentos, guerreros de la vindicta, demonios del odio y el maltrato. No, eso no va en la “sangre”, es un culto a la violencia implantada, auspiciada por los dueños del poder, de la economía legal o ilegal.

Podríamos detenernos, puntualmente, en todo ese proceso evolutivo de la violencia a través de nuestra historia sin remontarnos a las ancestrales guerras de poder de los habitantes primarios de América y las consecutivas invasiones y rituales sangrientos de vencedores de los imperios incas, mayas, aztecas, o las regionales que lograron la desaparición violenta de algunas etnias.

La primera guerrilla organizada en territorio colombiano la encabezó una valerosa mujer, la cacica Gaitana, quien organizó indios para vengar la tortura y el asesinado de su hijo Timanco, vindicta que logró cuando capturó, torturó hasta que murió a Pedro de Añasco, un brutal militar español que valido del poderío de sus huestes bien armadas, asoló todo el territorio del Tolima grande.

Sin duda alguna, los asesinatos, desplazamientos y persecuciones políticas fueron el ambiente de la época colonial y el inicio del período independentista.  Políticos con diferente forma de pensar y sedientos de poder, iniciaron esa ola de violencia que nos llega hasta nuestros días. Antes de iniciarse el levantamiento de independencia en nuestro territorio y a todo lo largo de la América del sur, un movimiento reivindicativo comunero fue violentamente reprimido por el poder español y fue un sacerdote, el arzobispo y luego virrey, Antonio Caballero y Góngora quien, en un acto de felonía, luego de llegar a un acuerdo a través de una capitulación con quienes protestaban, dirigió la contraofensiva donde murieron el líder José Antonio Galán y algunos de sus compañeros. La historia de conquista y colonia, es una verdadera narrativa de masacres, maltrato, persecuciones, explotación e imposición de miseria por parte de los dueños del poder. Tampoco es un secreto el hecho de ser la iglesia católica una de las asociadas a toda esa violencia partidista y de dominio. Esa herencia de brutalidad es un legado de los españoles.

No es mentira, por ejemplo, el asesinato aleve de un gran y pundonoroso militar antioqueño, el general Córdoba, del almirante José Prudencio Padilla, entre otros, por orden del famoso general y líder del levantamiento contra España, Simón Bolívar. Lucha por el poder y el dominio de los llamados criollos a través de la violencia.

La segunda mitad del siglo 19 fue nuestro territorio un volcán en erupción de levantamientos, guerras, asesinatos. Cuando se planteaban cambios para un Estado moderno y acorde con la época, los afectados plenamente organizados en sectas políticas y/o religiosas insuflaban odios entre sus seguidores para que encabezaran la defensa a ultranza del querer de sus dirigentes.  La liberación de los esclavos que afectó a una pequeña élite de esclavistas, especialmente en el sur occidente colombiano; la desamortización de bienes de manos muertas que afectó a la poderosa organización religiosa católica desencadenó la violencia física y verbal desde los púlpitos de curitas de misa y olla a su vez manipulados por altos jerarcas de la iglesia. Fueron gasolina para atizar más violencia, más muertos, desplazamientos. Es en esa desorganización brutal imperante por luchas fratricidas cuando perdimos Panamá ante la voracidad imperial norteamericana.  Si revisáramos los mapas de nuestro país después de la segunda mitad de ese fatídico siglo 19, podemos comprobar que nuestra estulticia y la pugnacidad político partidista, los odios y la vindicta, permitieron la pérdida de extensos territorios fronterizos con nuestros vecinos.

Así entramos al siglo 20. Más conflictos, más odios persecuciones, desapariciones y atentados contra algunos dirigentes y el avizoramiento de muchos políticos por la adquisición fraudulenta de tierras promisorias. La lucha social en Colombia y la violencia ha sido por la tierra, por lograr superar el hambre y la miseria. Mientras unos pocos dueños del poder se enriquecen como terratenientes con tierras adquiridas a través de la violencia, millones de colombianos abandonan el campo buscando salvar sus vidas llegando a engrosar inmensos barrios marginales en ciudades capitales.

Guerrillas, paramilitares, mafiosos, contrabandistas, corruptos, jueces venales y políticos envenenando el alma del pueblo para continuar con el dominio del poder en esta Colombia que hemos heredado, es lo que sigue predominando. Las campañas políticas en la actualidad reflejan los mismos actos de odio, descalificación, amenazas, asesinatos, ataques personales y mentiras que hemos sufrido desde épocas coloniales.

Muchos teóricos plantean que Colombia es un Estado fallido. No lo creemos, pero sí tenemos que aceptar que no vivimos en una democracia y que los elementos para que seamos el ejemplo de lo que no debe ser un Estado democrático, nuestro país los ofrece a tutiplén. Culminamos diciendo y reiterando lo que hemos sostenido a lo largo de nuestra vida profesional y desde las columnas de ARRIERÍAS: Colombia es, en la actualidad, una democratura.

POST SCRIPTUM: Desde nuestra revista, siendo el pensamiento que impera en su juta directiva, hacemos un llamado a la tranquilidad, al respeto por el pensamiento de los demás; al reconocimiento de la personalidad diferente, del otro, del ser humano cuyas creencias pueden diferir de las nuestras pero que no por ello deja de ser un ciudadano, un ser humano con dignidad. Si logramos la paz generalizada y el respeto del idearium de todos los colombianos, Colombia puede ser el verdadero edén de la convivencia, de la felicidad. Tenemos los elementos materiales para ser el mejor vividero del mundo y alcanzaremos esa meta y si logramos la verdadera paz, la convivencia a través del respeto y la heteronomía o reconocimiento de la autonomía del otro.

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