Pedro Luis Barco D.

En nuestro país, con tal de ganar las elecciones, los partidos tradicionales han combinado todas las formas de lucha para lograr el triunfo y para perpetuar el régimen. Estas prácticas criminales afloraron en el frío altiplano desde los tiempos de la independencia y se regaron como la verdolaga por todo el territorio colombiano. Van desde la compra de votos, la adulteración de actas, la desinformación, la manipulación del software, y el mal uso de la fuerza pública, hasta el asesinato de candidatos presidenciales o el de otros actores con menor visibilidad.

Por eso, cuando hay elecciones, en el ambiente siempre se percibe “un tufillo de tongo, de maturranga”. Desde el siglo XIX, tanto godos como cachiporros sabían que “el que escruta, elige”. Por eso crearon toda una parafernalia mafiosa para legitimar “las artimañas electorales que sostenían a punta de trampa, lo que habían conseguido a punta de bala en decenas de guerras fratricidas”.

Por otro lado, las encuestas electorales en el país fueron en un inicio, un magnífico instrumento técnico de carácter privado, para que las campañas políticas evaluaran tendencias, definieran con precisión sus puntos fuertes o débiles, y determinaran dónde enfatizar sus actividades proselitistas. 

Pero ahora, al volverlas públicas, se utilizan para condicionar el voto de los electores, para propiciar la llegada de recursos económicos y para acaparar la atención de los medios. Más ahora, cuando los contratantes e impulsadores de las encuestas son los poderosos medios de comunicación ligados al poder económico.

Hablando en plata blanca, las encuestas se confeccionan y realizan de manera técnica, para que los equipos de trabajo realicen los ajustes del caso; pero después, muchas se publican distorsionadas con la ilusión de condicionar o de perturbar al elector.

De eso me enteré de manera casual, cuando un importante político colombiano -ya fallecido- nos llamó angustiado para que le ayudáramos en la campaña de su protegido. Tres días antes, en los periódicos de todo el país, una encuesta nacional aseguraba que ese candidato iba ganando por 10 puntos, por lo que lo instamos a que se tranquilizara. Entonces, el prohombre se derrumbó mientras nos explicaba: “No, esas son las que publicamos, en realidad vamos perdiendo por 15 puntos”. Sin ningún empacho, ese crisol de la democracia y sus compinches se había engullido, como si fueran pandebonos, 25 puntos de diferencia. De todas maneras no les sirvió de nada, porque quince días después, su candidato perdía por los puntos que nos había señalado el prócer lloriqueando.

Porque, por lo regular, esos efectos ópticos de las encuestas distorsionadas no sirven para cambiar el voto de los electores. Pueden, incluso, alentar a que los presuntos perdedores redoblen esfuerzos, siguiendo el axioma universal de que “las campañas exitosas, siempre se deben realizar como si se estuvieran perdiendo”.

Por eso, es patético oír candidatos o sesudos comentaristas políticos, analizando, validando y dando fe de los resultados de las encuestas financiadas y publicadas por los medios. Winston Churchill, mañoso genial, decía que solo creía “en las encuestas que yo mismo mande a hacer”. Analizar y controvertir una encuesta de esas, puede ser similar a realizar una discusión sobre el sexo de los ángeles, apelando a textos esotéricos como respaldo. Tal vez por eso, Borges aseguraba que “la democracia es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística”.

Lo que sí es terrorífico y peligroso, son los fraudes electorales. Cómo ocurrió en las pasadas elecciones del 13 de marzo en las que, “por errores de buena fe”, le iban a escamotear casi medio millón de votos al Pacto Histórico, pero que gracias a un equipo de trabajo multidisciplinario, se detectó a tiempo el megafraude. No será ni el primero ni el último intento por cambiar la voluntad popular a la berraca, y quedamos avisados para el próximo 29 de mayo.

Por tener alguna pertinencia, voy a referirles lo que sucedió en la campaña a la gobernación del Valle que ganó Gardeazábal, campaña en la que el escritor corrió riesgos innecesarios al designarme como coordinador general de la misma.

El fervor que suscitó la postulación del escritor de “Cóndores no Entierran todos los Días”, a finales del siglo XX fue impresionante, tanto como lo fueron las amenazas contra su vida. La campaña adversaria fue muy apagada, pero el caso es que nunca aparecimos ganando en ninguna encuesta. Faltando ocho días para el día electoral, el escritor tenía, en horas de la mañana, una reunión a puerta cerrada con el gremio médico en el complejo de Imbanaco. Cuando llegamos a cumplir la cita, me dijo: “es mejor que no entres a la reunión, quédate en el vehículo oyendo las noticias, pues Arismendi va a anunciar los resultados de la Gran Encuesta de los medios”. Luego añadió sonriendo: “me contas por cuanto gané”. Cuando le conté que habíamos perdido 40 a 45, el escritor saltó de alegría y exclamó: “creo que ya no me matan, aun creen que pueden ganarme”.

Unas cuantas semanas antes, nos habían informado de buena fuente, que se iba a realizar un fraude electrónico en contra nuestra, implantándole rutinas fantasmas al software electoral, en el cual presuntamente tenía que ver la firma que se había contratado para el preconteo de las elecciones.

 Nosotros, que no teníamos ni la más remota idea de cómo contrarrestar esa operación, tuvimos que acudir a los servicios de un ingeniero de sistemas y de su equipo, que contaban con amplia experiencia en esas faenas. Ellos, durante los simulacros, capturaron las huellas de los archivos ya auditados, (algoritmo de Hash) de tal forma que si se cambiara posteriormente una letra o un número de estos, se detectaría el cambio. La Registraduría autorizó por oficio que se hiciera la comprobación al momento de iniciar las elecciones.  

Esa mañana del 26 de octubre de 1998 amaneció lloviendo en Cali y hacía mucho frío. Llegamos al centro de cómputos con los ingenieros de sistemas y el oficio del Registrador. El gerente de la empresa contratista aunque muy contrariado, se vio obligado a dejar que los ingenieros realizaran su trabajo. El hombre, de inmediato, y pese al frío mañanero, empezó a sudar de manera impresionante, parecía que se estuviera evaporando. Yo pensé que debía tener una enfermedad extraña, pero no sospeché nada más. Poco después los ingenieros, nos informaron que los softwares eran los mismos que se habían auditado en los simulacros.

Los resultados fueron estruendosos, Gardeazábal ganó por casi 700.000 votos, la votación más alta en la historia de las gobernaciones del país hasta ese momento.  Mucho más del doble de lo que sacó su antagonista el exministro y exgobernador Carlos Holguín Sardi.

El escritor, que cumplía años el 31 de octubre nos manifestó que iba a hacer una fiesta a la altura del triunfo electoral. Al gerente de la firma contratista lo asesinaron al frente de su casa dos días después de las elecciones. Que yo sepa, su caso nunca se esclareció. La fiesta de su cumpleaños, Gardeazábal la canceló.  

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