Para. Arrierías 59

“La premisa podría ser muy simple: encontrar una forma política para esa forma moral de la economía que consiste en que nadie tenga mucho más de lo que necesita, que nadie tenga nada menos. Que todos coman lo que precisan, que todos tengan la posibilidad de hacer algo parecido a lo que les gustaría, que nadie se quede por fuera por su origen o su situación, que todos participen en las decisiones importantes, que nadie se sienta obligado a nada por la fuerza de las armas, los dineros, la opinión común; que no haya personas escandalosamente ricas ni escandalosamente poderosas. Que tanto las riquezas como el poder se repartan todo lo posible. Que las personas se mueran con la -módica- paz de saber que no han vivido mucho peor que lo que se merecían” (1)

El título de esta columna no es una contradicción, un juego de palabras, un sin sentido, un oxímoron.  No, no lo es. Es una realidad palpable ante el futuro incierto que vive la humanidad: tecnología, desarrollo, riqueza en unos países; atraso, pobreza, miseria y hambre en la mayor parte de continentes sobrepoblados otrora ricos, pero empobrecidos por los mismos países potencia que los invadieron, dominaron y explotaron.

Los datos actuales manejados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura -FAO-, precisan que en la actualidad más de 800 millones de personas sufren de hambre y 25 mil, entre ellos muchos niños, mueren, diariamente, por la misma causa. Ninguna pandemia, guerra o desastres naturales produce tantos muertos en el mundo como el hambre.

Jean Ziegler, comisionado especial de la ONU para la FAO, doctor en derecho y profesor de varias universidades en Europa escribía en una de sus obras Los Nuevos Amos del Mundo: “En la actualidad, cada siete segundos muere de hambre un niño menor de diez años. La mayoría de las veces es víctima de un único verdugo: los nuevos amos del mundo”. Según el Relator de la ONU, el mercado globalizado, multinacionales, banqueros, especuladores bursátiles, destruyen la fuerza política de los Estados, devastan la naturaleza y a los seres humanos. En un párrafo resaltado de su trabajo presentado, su sentencia es contundente: “El hambre persistente y la desnutrición crónica son obra del ser humano. Son debidas al orden asesino del mundo. Quien muere de hambre es víctima de un asesinato”. (2)

En escrito anterior para Arrierías (3), nos referíamos a los 4 jinetes del apocalipsis: la guerra, la peste, el hambre, la muerte y su significado en un mundo convulsionado en el que hemos vivido. A estos cuatro desastres de la humanidad, hoy podemos agregar  otros más que nos tienen al filo del verdadero apocalipsis, a la desaparición de la especie humana, a la destrucción del planeta que habitamos: un crecimiento desmesurado de habitantes; la escasez de tierras para la producción de alimentos y el desarraigo de millones de campesinos que abandonan sus parcelas hostigados por guerras despiadadas, tierras que luego acaparan la élite, los dueños del poder y la economía; la escasez de agua  y el violento cambio climático que poco a poco está desapareciendo los polos por la utilización del carbón mineral y el petróleo, la tala inmisericorde de bosques y selvas tropicales, los verdaderos pulmones del mundo.

Desde que el ser humano apareció en la tierra, se organizó en comunidades en la África ancestral, la guerra ha sido una constante. Siglo tras siglo el dominio de la tierra y la lucha por el poder hizo que la creatividad del hombre fuera diseñando armas letales en un proceso lento de desarrollo social pero rápido en la creación de sofisticadas formas de eliminar, al contrario, a quien o quienes estorbaban en esa búsqueda de dominio. Así, en esa evolución armamentística, llegamos a la letal era atómica. La historia jamás olvidará el asesinato cometido con la primera bomba -como la manera más infame de terminar la segunda guerra mundial- sobre una inerme población civil en Japón: Hiroshima y Nagasaki. Más de 220 mil personas asesinadas en el alevoso ataque y millones que continuaron sufriendo los efectos de la radiación mortal que duró mas de 20 años sobre las zonas afectadas.

Posteriores guerras, más sofisticadas aún por el armamento utilizado, dejaron en el camino millones de seres asesinados: Corea, Vietnam, sudeste asiático, Afganistán, África y la que se desarrolla hoy en Ucrania que deja zonas pobladas devastadas, millones de seres huyendo y dejando atrás sus bienes, familias, entornos. Guerra, muerte, hambre, peste, deforestación, calentamiento, en fin, el verdadero apocalipsis. El solo armamento desplegado en esta última confrontación en la antigua Unión Soviética, daría para solucionar el hambre de millones de seres en el mundo, pero el ansia de poder, la geopolítica y el mandato de varios sátrapas, tiranos, dictadores o jefes de Estado posando como defensores de la democracia hacen que el mundo, el planeta, la tierra, estén a un paso de una verdadera hecatombe cuando los sicópatas con ansia de poder y dominio hundan un botón para disparar contra poblaciones inermes sus letales bombas atómicas.

POST SCRIPTUM: Ninguna guerra, ninguna peste ni otros males contra la vida y la subsistencia, han matado tantos seres humanos como el hambre.

PRÓXIMA ENTREGA:  NO FUTURO II La historia de Ucrania y otras guerras impactantes en la historia contemporánea.

  1. Martín Caparrós, en Ñamérica, página 664
  2. Cita en la portada de Los Nuevos Amos del Mundo. Editorial Destino. España 2002.
  3. Véase edición 9 Arrierías
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