Soy la casa, pero no cualquiera.

La construida en los inicios del siglo XX, la marginada por los excesos de cemento del XXI.

Soy la habitada por un siglo de historias, la de tablas muchas veces repuestas y transitadas de generación en generación, huellas registradas sobre mis gastados pisos, también de baldosa en el patio principal. En ellos memoro escenarios donde las musas de valses, boleros, baladas y cantos gregorianos, alimentaron las almas de quienes me habitaron. También fui testigo de juegos infantiles, escuché sus rondas, transitar de muchos recuerdos.

Soy la casa maquillada tantas veces, vestida con flores, luces y colores, en navidades y celebraciones familiares y sociales. La que albergara grupos de oración, la guardiana de secretos que comulgaran y difamaran de la fe.

Soy la casa, indelebles memorias guardan mis muros, procreaciones que han dejado sus sonrisas y llantos, sus lujurias y recatos.  Presente en el despojo que deja la vida, también en los nacimientos y festejos, en las alabanzas, en los domingos con sus ramos, semanas ordinarias y santas, pascuas, vigilias y resurrección. Soy la casa, con sótanos descubiertos, remodelaciones y recuerdos que aún conservo.

La casa del alto, la del norte, sí, me hicieron con cimientos fuertes que conservo ante la mirada indiferente de los transeúntes, la casa que aún divisa amaneceres y contempla atardeceres y se cubre en las noches, con el mismo manto de la luna. La que se refugia en el viento y ha sido sacudida por la tierra sin derrumbarla. La cimentada en la Avenida Bolívar, sobre ¡Tierra Santa! Porque Santo es el Maestro que oró en Getsemaní y aquí se ha honrado la historia de la Salvación, con la  renovación que revela luz a los creyentes.  La casa donde el Ángel Uriel exorcizó endemoniados. La que aún espera ser habitada o derrumbada ¡por el destino o por el hombre!

Soy la Casa llamada Renovación, la donada para recibir la providencia divina. La castellana por admiración que compartió escenario con quintas reconocidas y sepultadas por la nueva civilización.

Yacen los recuerdos sobre el polvo del olvido, vecinas que lindaron con jardines florecidos, en las que los sueños concebidos forjaron nuevas historias tejidas con el tiempo, paso de la rutina y la mirada de la historia en los archivos de la ciudad Milagro.

Soy la casa, ahora enferma, contando las horas en vuestra compañía, ellos, los fieles habitantes que no abandonan sus votos, siguen cumpliendo con el sacramento ante el altar, y encienden las luces y abren la puerta con sigilo, y limpian cada día los vestigios del ayer, mientras colgados suspiran los lienzos del Corazón de Jesús, la paternidad de José, la Misericordia, la Dolorosa, y la obra magnánima de Jesús compartiendo el Pan de la Vida. Junto con las obras, los fieles acompañantes del pastor y su rebaño ausente.

Finitud, ocaso, luz que se hace cada vez más visible en mis rincones, en las pequeñas rendijas de los cuartos, en la cocina donde se juntaron los amigos de otrora, las habitaciones ahora silenciosas y la alberca que depositara el agua para bendecir agüita bendita. Mueren momentos y pasan sobre estos tablados aún la vida, para seguir el peregrinar hacia la Voluntad Divina.

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Fui una visitante que escucho tu historia, cuando en tus acogedores espacios, pinte telones al amparo de la Fe que me cautivó. Donde mis hijos recibieron la Primera Comunión. Gracias a la vida, por servirle de techo y abrigo a mi buen amigo y pastor Uriel.

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