La ofensiva militar de Rusia en Ucrania responde a la naturaleza de gran potencia en proceso de recuperación en el escenario mundial. Desde esta perspectiva, la invasión es en buena medida una respuesta a la ofensiva de Estados Unidos y sus aliados europeos empeñados en impedir que Rusia recupere su rol como gran potencia. Los gobiernos anteriores a Putin, en particular Yeltsin, cedieron a Occidente el control de buena parte de la economía  de la antigua Unión Soviética; el resto se lo apropió con enorme diligencia la elite tradicional de grandes empresarios de las otrora empresas públicas de la URSS, bajo la mirada complaciente de Washington y sus aliados; todos obtuvieron enormes beneficios. Putin, por el contrario, vino a restablecer el orden con el proyecto de hacer de su país, nuevamente, un  actor decisivo en el entramado de las potencias que hoy conforman la nueva realidad y en la cual Estados Unidos va perdiendo paulatinamente su rol de potencia hegemónica. Las metrópolis europeas  parecen conformarse con un papel complementario de los Estados Unidos.

La estrategia de las potencias occidentales ha sido entonces presionar permanentemente a Rusia violando todos los acuerdos a los que se llegó con Moscú cuando se disuelve el Pacto de Varsovia, un acuerdo que suponía que la OTAN no ocuparía los espacios que iba dejando en su disolución el campo socialista en el Viejo Continente. Occidente nunca  cumplió lo pactado y Rusia ha sido rodeada de más y más bases militares (atómicas) mediante la ampliación de la OTAN. El paso siguiente es convertir a Ucrania en una nueva base de este pacto de las potencias occidentales; los incumplimientos relativos a las regiones separatistas (Donetsk y Lugansk) solo han sido la chispa que incendia la pradera. La actuación criminal del ejército ucraniano y en particular del grupo paramilitar instalado en el gobierno de Kiev (de inspiración nazi) contra ciudadanos partidarios de esa separación y considerados pro-rusos ha sido el motivo inmediato para que Moscú decida invadir Ucrania; muchos de los perseguidos son precisamente ciudadanos rusos. Sin considerar estos elementos tan solo queda como explicación la propaganda que invade todos los medios, cargada de manipulaciones y que impide al lector conocer qué dice Rusia al respecto. Según la propaganda occidental Putin es un loco, un dictador sanguinario que oprime a su propio pueblo y un irresponsable que aboca a la humanidad a una guerra nuclear. Por supuesto, el presidente Putin no está loco y lo normal es que la decisión de atacar Ucrania haya sido largamente meditada y sea el resultado del estudio de la situación local y mundial por parte de equipos altamente cualificados, como corresponde a una gran potencia. Además, por lo que se sabe la mayoría de la población rusa apoya a su presidente y solo una minoría le descalifica; seguramente que ese apoyo tiene unas bases nacionalistas muy marcadas, las mismas que sustentan el apoyo a la política de Putin, visto como el presidente que ha recuperado a Rusia y la ha salvado de la permanente humillación de los occidentales. Tampoco parece tener mucho fundamento que este conflicto desemboque en una guerra nuclear pues el llamado “equilibrio atómico” que Rusia precisamente consiguió con la posesión de esas bombas hace impensable un enfrentamiento de tal tipo porque nadie ganaría. Hasta un país tan poco significativo en la correlación de fuerzas mundial como Corea del Norte consigue impedir que se arrase su territorio poseyendo tan solo algunas bombas atómicas que están en condiciones de impactar en Washington, llegado el caso. Del mapa no solo desaparecería Pion-yang.

El complicado juego de fuerzas entre las potencias occidentales y Rusia constituye entonces el transformo real de la ofensiva rusa en Ucrania, tal como el propio Putin lo declaró- en las muy pocas, poquísimas declaraciones del mandatario ruso que se pueden encontrar en la prensa occidental-. El presidente de Rusia afirmó que si Occidente instala en Ucrania sus misiles, éstos pueden llegar a Moscú en cinco minutos No sorprende entonces que no pocos  se preguntan, con la misma lógica, qué diría Estados Unidos si Rusia instalase misiles semejantes en Latinoamérica y el Caribe rodeando el territorio estadounidense. Más allá entonces de los discursos interesados y de la propaganda y la manipulación que en un ejercicio de enorme hipocresía defienden supuestamente la democracia y la libertad, en Ucrania Occidente hace caso omiso de Irak, Afganistán, Siria, Libia o casos similares en el resto de África o América Latina. ¿Qué decir de la solidaridad que se ofrece al más de un millón de ucranianos que huyen de la guerra mientras está totalmente ausente para los millones de asiáticos y africanos que buscan refugio en Europa y sufren discriminación y abandono?. Doblemente condenable, puesto que quienes salen de África a buscar refugio lo hacen para huir de guerras tribales detrás de la cuales se mueven grandes empresas del occidente capitalista que las fomentan para asegurarse mercados y materias primas, no menos que pueblos afectados por el cambio climático que ven convertidos sus hogares en desiertos inhabitables, un fenómeno nada natural  en el cual las naciones ricas y desarrolladas tienen la mayor culpa; su consumo desmedido e irresponsable impacta negativamente sobre la naturaleza. ¿Armas para ayudar a la resistencia ucraniana? Y ¿Por qué no proceder con la misma lógica para dar armamento a los palestinos masacrados por el sionismo neonazi de Israel o al pueblo del Sahara Occidental  igualmente masacrado por la tiranía corrupta de Marruecos?

La actual guerra en Ucrania no es entonces ajena, en modo alguno, al juego de potencias capitalistas que intentan acomodarse adecuadamente en un escenario mundial en el cual la hegemonía de Estados Unidos está dando paso a un nuevo orden mundial aún por consolidar. Un posible acuerdo pacífico entre las potencias occidentales y Rusia podría producir avances en la consecución de unas reglas de juego que excluyan el enfrentamiento militar y en el cual predomine la simple competencia pacífica entre empresas, que es precisamente lo que propone China. La Primera y la Segunda Guerra Mundial se produjeron precisamente por la  pugna feroz entre los grandes  países capitalistas que competían por mercados, materias primas y zonas de influencia. Luego, el ya mencionado “equilibrio atómico” hizo prácticamente imposible una guerra similar entre el capitalismo y el campo socialista, un equilibrio mortal que seguiría siendo válido en el presente. Hoy como ayer, la solución para las grandes potencias es derivar sus guerras a protagonistas de la periferia del sistema mundo. Esta vez le toca a Ucrania, pero mañana el escenario puede ser Venezuela o Cuba. ¿Será que la lógica del mercado, tan cara al ideario burgués, termina inevitablemente por imponer al más fuerte, no porque sea el más eficaz económicamente sino porque resulta más hábil en someter a los demás de forma violenta?

Las condiciones que propone Rusia para terminar la guerra de Ucrania parecen razonables, al menos como punto de partida para las negociaciones. Será, como siempre, la real correlación de fuerzas la que determine la salida.

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