Son las cinco de la tarde de un domingo cualquiera. La bruma pone un velo a la carretera por la que viajo lo que me impide mirar más allá de 20 metros. Voy rumbo a una cita para ejercer el oficio de la amistad, de la charla, de las palabras que invocan los recuerdos.  

Al llegar al lugar, en cada una de las cuadras que recorro, los carros aparcados a la orilla derecha de las calles no dejan espacio para un vehículo más a pesar de que muchos otros carros dejan el lugar como si de un abandono se tratara.

Cuadras y cuadras repletas de automóviles de quienes llegan a este municipio a embolatar el aburrimiento citadino, a amar a escondidas o públicamente, o a conjurar el tedio de una semana de trabajo.

Algunos llegan atraídos por el verdor del entorno, otros con la esperanza de testimoniar los gritos de los monos aulladores, otros tantos, cámara en mano, esperan capturar en una imagen, la perfección y colorido de las aves que habitan la región; aquellos solo quieren sentarse en una fonda a degustar un café o meterse sin prisa por la “Calle del tiempo detenido”, a desandar los recuerdos de la infancia. Los más aventureros se irán hasta el “Mirador de la Colina Iluminada”, para desde una altura de 27 metros, dejar perder su vista en esa gradación de verde que predomina en esta región cafetera.

Hay espacio para todos los gustos: para los que aman el senderismo, para los estudiosos de la arquitectura paisa, para los ecologistas, y claro, para los glotones que gustan probar las distintas viandas que ofrece la variada muestra gastronómica de la región.

Muchos son los motivos para viajar hasta Filandria, Municipio quindiano, fundando en 1878 y el segundo en antigüedad del departamento, cuyo nombre, dicen los lugareños, significa “hija de los andes”.

Luego de un rato, de voltear en la ciudad llegue a mi destino: “La Tasca”. Allí me esperaba mi anfitrión, Óscar Ramírez, quien había reservado un espacio para que pudiera aparcar. El tapabocas que impone esta realidad que nos agobia, no fue impedimento para que dejáramos notar la alegría del encuentro.

Ingresé al lugar. La música de un tango trataba de impedir la entrada del frio que buscaba colarse al interior a juguetear con las botellas de vino o con las cervezas de distintas naciones que se exhiben en el negocio. Una familia disfrutaba la música la charla y bebía vino con deleite.

Mientras destapaba una botella de Pinot Noir, “que se extrae de una variedad de uva que lleva ese nombre”, me explica Óscar, nos hicimos las preguntas de rigor: la salud, las familias, los amigos extraviados en el tiempo, pero no idos del recuerdo, el quehacer que hoy nos ocupa, la vida en general.

Yo había llegado hasta Finlandia, porque quería dialogar con Óscar sobre su nueva pasión: escribir, de entrada, se metió a lo grande con una novela que viene trabajando hace meses y que le absorbe todo su tiempo. Además, yo quería conocer el tertuliadero que ha creado y que le sirve para descansar de los personajes que caminan, gritan, aman, y tejen tramas  en su texto, y también  para que algunos visitantes puedan degustar la exquisitez de un vino y recibir de él, experto en estas lides,  algunas pautas para conocer más sobre el  arte de saborearlo. 

Dicen que uno vuelve a los lugares en donde ha sido feliz

Lo primero que quise saber es ¿qué hacia allí un hombre que fue viajero por el mundo y quien tuvo una de las empresas de más renombre en Colombia, ¿Por qué había terminado viviendo allí, en aquel pueblo quindiano en el que las puertas de las casas son como una paleta de pintor desordenado?  Un pueblo antaño poblado por la tribu Quimbaya y que debe su clima a estar ubicado a unos 1910 metros sobre el nivel del mar.

“Yo creo que la razón principal es la de yo haber nacido en este pueblo –me responde- y por aquella condición connatural del ser humano de regresar a sus orígenes. Independiente de este antecedente considero que este pueblo tiene varios encantos y condiciones que le convierten en un excelente lugar para vivir. Tiene un clima que es una primavera permanente y aunque el pueblo es lluvioso, porque aquí cuando no está lloviendo es porque acabó de escampar, son lluvias muy bien recibidas, y debido a esto, tenemos una magnificencia de verdes en todos los tonos”.

Filandia, es un pueblo tranquilo, en el que parecería que el tiempo se hubiese detenido, de hecho, hay una calle que lleva ese nombre: “La calle del tiempo detenido” un calificativo muy poético para una calle de casas centenarias construidas por los antepasados en bahareque y que se conservan en su estado original con unos portones altísimos “como para personas de tres metros de altura cuando aquí la mayoría no pasamos de un metro con sesenta –apunta riendo”-.  

“Los pasajes son idílicos; este es un municipio que invita a recrearse en el paisaje y esto se convierte en un programa justo para el visitante”

A propósito: ¿a qué viene la gente acá? Uno ve las calles repletas de vehículos y un continuo movimiento de ellos entrando y saliendo, lo que indica que mucho visitante llega hasta aquí.

“Es una pregunta que yo también me la hago con frecuencia y a la cual no le he encontrado una respuesta válida. El pueblo tiene calles relativamente amplias para lo que era la concepción urbanística cuando fue fundado hace ya 143 años. Sus casas tienen el sello de lo que fue la colonización antioqueña, con mucho colorido. La gente pinta sus casas, que parecen una copia de los colores de los papagayos; muy coloridas con sus balcones en los que los propietarios se asoman a ver transcurrir el ajetreo de los turistas y a conversar de un balcón a otro, “a tribuniar” como se le llama a esa acción”.

“Entonces lo que los visitantes hacen es, por ejemplo, tomar un buen café. Aquí hay una sana competencia por servir el mejor café y en cualquier sitio donde se venda este producto, tienen una muy buena máquina, un excelente molino para moler el café al instante y que conserve sus aromas, y un barista, que como se sabe, es un profesional que trabaja en la creación de nuevas bebidas usando varios tipos de leche, esencias y licores;  y los precios que son muy asequibles. Un buen café puede valer medio dólar cuando en París vale cinco”.

¿A qué otro lugar de los que usted ha visitado se le parece esta población?

“Alguna vez me puse a hacer esa reflexión y recordé que, en Brasil, en donde tuve la oportunidad de vivir un par de años, existe un pueblo que se llama Itu y no sé de dónde salió allá la costumbre de fabricar cosas grandes. Los turistas se las llevan como recuerdo porque es exótico encontrar un peine que no cabe en una maleta, o un teléfono público ubicado a tres metros de altura, o encontrar restaurantes en donde hay cubiertos que tienen 30 centímetros de largo etc., y ese pueblo tiene un ambiente como el de Filandia”.

Algo tuvo que encontrar usted aquí para llevar ya cinco años establecido en Filandia, pues sus negocios se desarrollaban en la Capital.

“Esa condición mía de citadino fue un accidente porque yo bien hubiera podido permanecer en un pueblecito como este de pocos habitantes y acogedor. Bogotá es una gran ciudad, de oportunidades, y todos los sueños que tuve de adolescente los pude cumplir allá y desarrollar una gran empresa, realizar un emprendimiento enorme en el que inclusive yo no había soñado”.

“Lo de Bogotá fue una condición de citadino por adopción y lo de Filandia, es distinto. Estas son mis querencias, digamos que soy entrañablemente un hombre de pueblo. Aquí me siento muy bien, no he extrañado a Bogotá. En los cinco años que llevo viviendo en Filandia, y teniendo mis hijas allá en la Capital, y sintiendo un gran afecto por ellas, creo que he ido un par de veces a visitarlas. Ellas, para compensar esa ausencia, me visitan con alguna regularidad y eso hace que yo arraigue más aquí y deje de pensar en viajar a Bogotá”.

“Para mi este es un pueblo amañador, con condiciones especiales y ya a estas alturas de mi vida se empieza a pensar en otras cosas, a ordenar pensamientos y comenzamos a apreciar las cosas por su valor y no por su precio. Aquí no siento azares, no tengo afanes; tengo una frase que vuelvo motivo de reflexión con los amigos: “el afán es para los de clase media y nosotros aquí, todos vivimos como aristócratas” y esa es una condición que tiene esta pequeña villa llamada “La colina iluminada del Quindío”.

En algún quehacer debe gastar el tiempo mientras vive aquí en este pueblo: ¿qué hace?

“Yo pensé en un retiro de mis actividades profesionales, y cuando escogía Filandia, lo primero que pensé es que me venía a realizar un sueño de esos que todos tenemos guardados en nuestra trastienda emocional. Vine con el propósito de escribir: escribir, una, dos o varias novelas y así fue como hace dos años empecé un proyecto de escritura. Es una novela de la que llevo ya más o menos un sesenta por ciento realizada y la que espero concluir en un año más. He querido cumplir aquella sentencia que señala que toda persona debería hacer durante su vida: “plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo”.

¿Qué antecedentes hay; de dónde sale ese amor por las letras que hoy le impulsa a escribir una novela? ¿Cuáles son las motivaciones que le inducen a un oficio que parece tan difícil? ¿Cómo motiva a ese escritor que estaba agazapado en su ser y que andaba metido en grandes negocios y viajes por el mundo?

“Dicen que genio y figura hasta la sepultura. En el colegio, siempre me gustó escribir y aquellas materias en las que había que desempeñarse juntando palabras, tuve muy buenos logros y disfruté. Me gustaba dejar mis ideas en algún escrito y como he sido un mal conversador, tal vez para compensar esa carencia, me sentaba a escribir y las ideas puestas en el papel, aparecían de manera fluida y ordenada”.

“Cuando descubrí ese don del Señor, le cogí mucho amor a esto de juntar palabras. Alcance a escribir algunos cuentos, poemas, y varios relatos que fueron publicados en el suplemento dominical del diario El País de Cali que tuvieron muy buenos comentarios”.

¿Con qué otra actividad alterna la escritura?

“Esa también ha sido una condición mía: la de socializar, la de  interactuar con los demás, no soy un buen solitario, aunque para escribir hay que aislarse, pero, para librarme de ese aislamiento algún día se me ocurrió, -pensando en el gusto que he tenido desde hace años por los buenos vinos-, y teniendo en cuenta que  los buenos vinos son todos y el mejor es el que a uno le gusta, abrí una pequeña tienda de bebidas, con énfasis en los vinos de mesa  y esa tienda fue tomando forma para convertirse en una Tasca y el modelo de ella es una copia de las que yo conocí en Madrid”.

“Yo me he autoimpuesto el crear una cultura del vino en Filandia, aportando lo poco que yo sé sobre ellos de los conocimientos adquiridos en Mendoza, Argentina, donde realice un seminario que abarcaba desde el cultivo, la cata, hasta el ejercicio del sommelier que convierte el hecho de tomarse un vino en un verdadero disfrute. Aquí hago catas que se convierten en amables tertulias sobre el vino y la gente aprende un poco más sobre el arte de tomarlo”.

“Ahora es la “Tasca Filandia”, le he dado nombre y apellido propio en la que tenemos muy buena música, donde yo me amaño mucho, y en la que me entrego con cariño al servicio de los clientes con atención personalizada ya que los clientes se vuelven mis amigos y uno a los amigos los atiende con afecto. También ofrecemos gran variedad de cervezas del mundo. Las tenemos del occidente de Europa e inclusive de Rusia y la gente quiere explorar y conocer esos sabores”.

También me llamó la atención que La Tasca, es un sitio en el que el cliente puede negociar con el dueño la decoración que hay en el lugar. ¿O sea que uno puede desmantelar el negocio mientras se toma una botella de vino? ¿Cuénteme sobre el particular?

Ah, dice riendo Óscar, claro que sí y nosotros lo dejamos mientras nos deje el valor de cada objeto. La verdad es que yo tengo un hermano en la Florida, Estados Unidos, dedicado al negocio de las antigüedades. Mi hermano, que conoce la Tasca, me ha estado mandando objetos que a la par que decoran, tienen un valor estético que muchos llevan para adornar sus hogares. Hay algunos coleccionistas que se acercan al negocio buscando alguna antigüedad que complazca su gusto”.  

¿Hablemos un poco de su trabajo de escritor, de la novela que está escribiendo? Sé que los que autores son reservados a la hora de contar sobre lo que escriben, pero hablemos generalidades de su novela.

“Mi novela, es una historia de amor pues el amor es un sentimiento universal que mueve el mundo y es el gran sol que ilumina el interior de todos los seres humanos y hace que todos estemos pensando que vale la pena vivir. Es un sentimiento muy difícil de describir, es casi siempre imperfecto, pero no por culpa del amor sino por culpa de nosotros los protagonistas.  Para no hacer de esta novela, una historia rosa, tiene una gran dosis de realidad y ficción mezcladitas, sin olvidar que las novelas tienen algo de su autor, es decir, son autobiográficas ya que no se puede sacar nada de donde no hay algo”

“Cuando veo la novelística de Vargas Llosa, pienso: ¿a qué hora este autor ha vivido todas las experiencias compiladas en sus obras?  Porque es un hombre que ha vivido, tienen mundo, y por eso tiene algo que decir, mucho que contar; necesariamente hay que vivir muchas experiencias para tener que contar, así como la obra de Gabo, “Vivir para contarla”.

“En mi novela hay una mezcla de ingredientes: drama, mucha pasión, por supuesto, mucho amor –principal ingrediente del texto- hay muerte, sexo, viajes, historias paralelas a la central, retaliaciones, venganzas, en fin, es una combinación de sucesos que estoy seguro lograran la atención de los lectores”.

¿Qué quiere hacer de su estadía en Filandia, el pueblo que ha escogido para vivir?

“Quiero dejar que las cosas sigan sucediendo como hasta ahora, sin forzarlas, los eventos van llegando sin sobresaltos y eso es lo que busco. Terminar este trabajo escrito y si la vida me da más comenzar a ordenas un gran número de notas que tengo sobre otra novela, cuya trama gira alrededor de una casa de prostitución muy grande que conocí en el barrio Santa Fe de Bogotá, y yo como vivía por allí cerca me iba allí a escuchar música a dialogar con los dueños que eran mis amigos, una pareja muy interesante y muy querida, a tomarme una cerveza y de paso, a charlas con las chicas, sin más interés que relajarme un poco en la noche con sus historias antes de irme a descansar. Conocí de cerca sus penas, vicisitudes, amores, en fin, sus relatos de vida, mientras esperaban a los clientes. Fueron historias de vidas muy enriquecedoras pero muy dramáticas, de su porque estaban allí en aquel lugar, los problemas familiares, amorosos con finales muy desgarradores que las llevaban a vivir en la Calle del Cartucho, presas de las drogas, sin una familia que querer, viviendo de la caridad pública. Eso es lo que espero poder hacer en mi estadía en Filandia”.

Y muy seguramente este lugar le dará nuevos motivos de escritura porque uno simplemente es un observador de lo que está en su entorno, le digo antes de preguntarle: ¿qué es Dios para él?

Lo que pienso antes de definir un Dios, es que detrás de toda esta maravilla que es el universo, y detrás de esta maravilla que es el ser humano, hay un Supremo Hacedor, hay alguien porque esto no puede ser producto de la casualidad. Hay un ser bien o mal interpretado y que nuestra iglesia ha deformado en la mayor parte de las veces creando confusiones a la Fe de quienes la tenemos. Soy un hombre creyente, devoto, oro permanentemente y mis oraciones son conversaciones con ese ser al que llamamos Dios, tengo unas charlas maravillosas con Él”.

¿Qué le pone alegre?

“La música, un bello paisaje, un momento de solaz, la libertad de hacer lo que quiero, la visita de un buen amigo”.

¿Qué piensa de la muerte”

“Lo único que me preocupa de la muerte es que es para toda la vida, dijo alguien, pero creo que la muerte es parte del rol que desempeñamos, hace parte del libreto que nos toca vivir”.

¿Y el amor que es para usted?

“La fuerza universal suprema por excelencia”

Fue una charla amena con Óscar Ramírez; una estadía grata en el negocio en el que los vinos y las cervezas ponen sabor a las charlas que allí se dan y que se complementan con muy buena música.  Fue una estadía amable en su casa en la que las obras de arte miran desde las paredes testimoniando su vida pasada de viajes y negocios y que hoy son memoria. Fue grato ir a Filandia, Quindío, para saludar a ese escritor que se refugia en una Tasca para ser feliz.

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