
Arrierías 107
Umberto Senegal
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A
Cuando rebusqué información sobre la novela Tango satánico (1985) del novelista húngaro László Krasznahorkai llegué, primero, no a los visibles entresijos formales, narrativos y técnicos de tal novela, sino, con mayor curiosidad e interés, a la cinematografía del también húngaro Béla Tarr, director de cine de culto, quien trabaja con László desde 1984. No entré cabalgando por la ardua narrativa de László, del cual nunca escuché su nombre. Nunca estuve al tanto de su obra. Mucho menos, de sus guiones para el cine de Béla. Ni de sus novelas hasta visibilizármelas el premio Nobel de literatura 2025. László ha coescrito con Béla cinco películas: La condena, Tango satánico, Las armonías de Werckmeister, El hombre de Londres y El caballo de Turín. Entre el recio ventarrón y la niebla densa de un irreconocible lugar sin nombre, con personajes sin nombre, una yerma granja y una mísera habitación proyectados por el melancólico largometraje de 2:35:27, no llegué a Sátántangó de Tarr y Krasznahorkai, basada esta en la primera novela de László, sino, en primera instancia, tras los pasos del humilde Caballo de Turín. Semanas atrás, en mis lecturas y emociones, fue el vapuleado búfalo, descrito por Rosa Luxemburgo, el que me martirizó. Ahora, es el destino de este caballo, establecido, imaginado y recreado por Béla y por Krasznahorkai, luego de que Nietzsche en la Piazza Carlo Alberto, de Turín, 1889, llorando y abrazándolo, intentara protegerlo de los repetidos latigazos que le propinaba su sádico propietario.
En la anecdótica cotidianidad de Béla, el caballo, protagonista secundario de la perturbadora película del húngaro, fue una yegua que este cineasta encontró en una compraventa de animales: “De no haberla adquirido, la hubieran sacrificado”, dijo. Y he aquí, entonces, que emergemos juntos de la neblina. Su cabeza, en Extreme Close-up, primerísimo primer plano al iniciar la película. A paso lento por la vereda, lejos del filósofo que se conmovió con su dolor, mueve su cabeza como afirmando y reafirmando bajo el frío de la niebla y el viento que la arrastra, algo que solo él sabe. Predominan en el desamparado paisaje, los árboles secos. Ramas con pocas hojas. Y llego con él y el cochero, a la granja. Y le acompaño a entrar en la exigua caballeriza de la rústica construcción campesina. Béla Tarr con sus hipnóticos, misteriosos y atractivos largos planos-secuencias en blanco y negro. Sus cámaras desplazándose lentas. Hasta 9 de octubre del año en curso, yo nada conocía de László ni de Béla. Nada sabía del extraordinario y extraño cine-arte de un director cuyo cine lento, estancado en una persona, un árbol, un objeto o un paisaje, una fruta, una mirada, es el más oportuno y efectivo en este siglo de velocidades para enfrentar, con la belleza de sus imágenes, las hipnocráticas celeridades de internet.
B
Y no sabía yo, tampoco, de la nada conciliadora prosa de László Krasznahorkai, novelista. Ambos húngaros: Béla y este. Nunca estuve al tanto de algún libro del reciente premio Nobel 2025. Carecía de la mínima información sobre el autor de la farragototémica novela Sátántangó -en su idioma original- traducida al español como Tango satánico, por el filólogo húngaro Adan Kovacsics. Novela de compleja lectura. Con 253 páginas sin punto aparte en sus diferentes capítulos. Persistentes repeticiones. Sin párrafos para descansar. Extensas frases de apretada prosa sin puntos aparte. Frecuente uso de aliteraciones dentro de dilatados y compuestos enunciados volviendo sobre sí mismos, semejante en ocasiones a la prosa de Jon Fosse. En la línea formal de Bernhard y Sebald.
Si a László no lo hubiera destacado el tradicional premio sueco, no sé por cuál fuente me habrían llegado, juntos o separados, sus libros y con estos la cinematografía de Béla. Casi siempre juntos, Tarr y Krasznahorkai, un par de artistas e intelectuales que han desarrollado singulares trabajos de cine a partir de la literatura de Krasznahorkai, guionista del citado drama. Los comentarios que comencé a encontrar sobre el Nobel de literatura 2025 me estimularon primero a conocer el cine de Béla, que a leer los PDF que con cuatro novelas de László recibí de varios amigos, buenos lectores y buenos escritores dentro y fuera de Colombia. Es sobre Béla, el director de cine arte húngaro, quien me ha conmovido con sus filmes en blanco y negro, y sus escenas y escenarios, los silencios de sus personajes, del cual en estas transitorias acotaciones decido escribir. Las impactantes imágenes de su cinematografía me inducen a chapotear por entre las inundadas páginas de algunos libros del premio Nobel.
Puede suceder efecto inverso: quienes lean al novelista, irán al cine del director; y quienes vean las películas del cineasta, buscarán los libros del escritor. Como pocas veces sucede con los premios Nobel, tal pareja presenta a lectores de literatura, y cinéfilos, una absorbente opción para penetrar en ambos mundos, aglutinándolos con destreza. Sin que el uno pierda originalidad por el otro. Ambos tejen iguales atmósferas humanas y de paisaje. Señaló alguien: “Para alcanzar a Béla Tarr hay que retroceder, seguir sus pasos por llanuras áridas y, sobre todo, dejarse llevar por el tiempo, hasta que nos demos cuenta de que el tiempo mismo empieza a tomar forma”.
Respecto a László, “se merecía el Nobel porque se trata de una literatura muy elevada, muy exigente, absolutamente alejada de la cultura de masas y con un gran calado intelectual», afirma su traductor, agregando, “la prosa y el ritmo del escritor húngaro no es fácil. Tiene incluso una novela de 400 páginas contada en una sola frase”. Similar a Patos, Newburyport, de Lucy Ellmann, con más de 1000 páginas relatadas en una sola y extensa frase desplegada a lo largo del libro.


C
“The Turin Horse, la declarada “última” película de Tarr. Su cuidadoso uso de la repetición parece estar siempre a punto de alcanzar su clímax, creando una suspensión hipnótica perfectamente expresada en las bandas sonoras serializadas, diseñadas por el compositor Mihály Vig. El uso del blanco y negro como opción estética contrastando luces y sombras permite al director esa particular fusión entre naturalismo y artificio cinematográfico: “con el color no puedo controlar la imagen, con el blanco y negro puedo establecer una distancia entre el mundo real y el mundo representado, la imagen de la película”, afirma Tarr. Directores de cine húngaro, notables también István Szabó, Miklós Jancsó. László es el maestro húngaro de la prosa extensiva empleando frases larguísimas, párrafos funcionando como frases encadenadas que parecen respirar sin pausa. Subordinaciones, digresiones, repeticiones y acumulación de imágenes cuyo tono sombrío describe una visión del mundo como colapso inminente empleando un ritmo obsesivo y musical a lo largo del cual la sintaxis se convierte en música, ritmos, anáforas y variaciones más que en claridad expositiva. A veces parece un coro o soliloquio que no permite respuestas.
Semejante a la narrativa de Thomas Bernhard, con sus frases interminables y tono repetitivo creciendo hasta la saturación; de Samuel Beckett, tiene similitudes por su monólogo interior extremo y sensaciones de urgencia lingüística, mientras que con la narrativa de W. G. Sebald, comparte la melancolía histórica y acumulación de memoria entre pasajes extensos confluyendo en una visión elegíaca del mundo. Con Cormac McCarthy, comparte la dimensión apocalíptica de paisajes moribundos. Las voces solapadas y su complacencia en el conjunto extenso y exigente para el lector, lo aproximan a William Gaddis. De Roberto Bolaño, el de 2666, su collage de escenas apocalípticas y sensaciones narrativas de catástrofe cultural. Por la ambición sintáctica y experimentación con frases largas, Krasznahorkai mezcla la «prolongación de la frase» con los efectos concretos de desaliento histórico y política, no como experimentalismo formal, sino dramatización de una catástrofe moral/ontológica.
Y si su lirismo sombrío y humor negro son contrapunto de un lenguaje con imágenes precisas y aterradoras estirándose hasta quebrarse, lo reafirmo, entraré al ámbito literario de László a través del cine de Béla, porque estoy seguro de que quien resista y asimile tal atmósfera cinematográfica, tendrá paciencia y tiempo necesarios para soportar la amalgamada prosa sin descansos visuales ni de contenido o trama, de las páginas del novelista húngaro cuya literatura no es para iniciar en la lectura a jóvenes universitarios, ni para practicar con ella en talleres literario, igual que sucede con la prosa reiterativa de Jon Fosse. De László he comenzado leyendo su breve novela Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, por lo breve, porque sus capítulos no son extensos y porque sucede en Japón. Al indagar sobre el novelista, encontré que un director de cine basado en dicha novela filmó una película de 7 horas y doce minutos de duración, según algunos, y según otros, 7 horas y 30 minutos. Sátántangó, se llama en húngaro la novela con que la crítica, comentaristas y propaganda editorial lo introducen al público.
Al caer el régimen comunista húngaro, Tarr y Krasznahorkai tuvieron la oportunidad de concluir el rodaje de Tango satánico. Tarr había filmado suficiente metraje para realizar una película de más de siete horas relatando las contrariedades de una granja colectiva en los años de la Hungría postcomunista. Con encuadres simétricos y planos de diez minutos que terminan convirtiéndose en una obra poética, la novela de László trasbordada al cine por Béla, es experiencia cinematográfica que cimenta la magistralidad de ambos poniendo a prueba, el uno con sus imágenes y el otro mediante sus palabras, nuestra paciencia con personajes que dentro del cine y sobre el papel, esperan en vano una luz que ilumine sus vidas. Béla Tarr, lento y contemplativo. Maestro de planos-secuencias prolongados. De entornos melancólicos explorando la condición humana, la decadencia social, los rincones desamparados y yermos de la naturaleza. Sus películas en blanco y negro, se identifican por ritmos pausados y primacía de la forma sobre la narrativa convencional. Comencé viendo El caballo de Turín. Esta niebla. Esta neblina densa, tan real e irreal. Neblina que en mis constantes caminatas por montañas calarqueñas y quindianas, ha sido elemento místico esencial para mi vida literaria, poética y metafísica, por su pureza. Su misterio.
Esta niebla por entre la cual se abre paso el caballo tirando del humilde carruaje con su conductor. La película es respuesta cinematográfica que Béla da a la pregunta, ¿qué le sucedió al caballo que Nietzsche protegió? Luego de este evento, el filósofo se zambulló en total demencia. El caballo de Turín, un equino de cualquier lugar del mundo donde haya alguien que no le encuentre razón de ser a su vida, agita la cabeza cubierta de neblina, como afirmando extrañas verdades de la naturaleza y del camino por donde va. Lo primero que veo completo de Béla. Neblina. Árboles sin hojas. Neblina. Ramas secas. Neblina y viento. El estoico rostro de este campesino conduciendo el carruaje de madera. Sin leer una sola página de László, vi completo, absorto en los silencios de los personajes, El caballo de Turín durante más de dos horas. Parando la película para observar pormenores de la pobre habitación. Del padre. De la hija. La exigua comida. Sentí en mis dedos el calor de las insípidas papas. ¿Hasta dónde, y por dónde, esa extraña tristeza del silencio recorría mis sentimientos? Entré a esa residencia campesina y en un rincón me ovillé para asistir a las mudeces, soledad e indiferencia de este hombre y esta mujer. Y del caballo. Bela es el director ideal para filmar alguna de las novelas de Jon Fosse. Blancura, por ejemplo. O algunas escenas de Melancolía, con el joven pintor Lars Hertervig. Si digieres el cine de Tarr, estarás preparado para el mundo narrativo de Krasznahorkai.
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Comencé viendo El caballo de Turín, con esta niebla, con esta neblina densa tan real e irreal, neblina que en mis caminatas por montañas calarqueñas y quindianas ha sido fundamental elemento para mi vida literaria, poética y metafísica por su pureza y misterio, por entre la cual se abren paso el caballo tirando del humilde carruaje y su conductor. La película es la respuesta cinematográfica que Béla da a la pregunta, ¿qué sucedió con el caballo al cual Nietzsche protegió? Luego de este evento, el filósofo se zambulló en su demencia sin fondo. El caballo de Turín, que puede ser un caballo de cualquier lugar del mundo donde haya alguien que no le encuentra razón de ser a la vida, mueve su cabeza cubierta de neblina, como si este afirmara extrañas verdades de la naturaleza y del camino por donde va. Lo primero que veo completo de Béla, neblina, árboles sin hojas, neblina, ramas secas, neblina y viento y el estoico rostro de este campesino conduciendo el carruaje de madera. Sin leer todavía una sola página de László, vi completa, absorto en los silencios de los personajes, El caballo de Turín durante más de dos horas, suspendiendo la película como acostumbro con esta clase de cine, para observar pormenores de la pobre habitación. Del padre. De la hija. De su exigua comida, sentí en mis dedos el calor de las insípidas papas, sin saber hasta dónde y por dónde la melancolía, esa extraña tristeza del silencio, recorría mis emociones y sentimientos. También yo entré a esa residencia campesina y en algún rincón me ovillé para asistir a las mudeces, la soledad e indiferencia de estos seres humanos, hombre y mujer. Y el caballo. Bela es el director ideal para filmar alguna de las novelas de Jon Fosse. Blancura, por ejemplo. O algunas escenas de Melancolía, donde aparece el joven pintor Lars Hertervig.
Si eres capaz de ver el cine de Tarr, estarás preparado para entrar al mundo narrativo de Krasznahorkai. Y si no desertas de sus descripciones narrativas y caminas sin prisa por la novela de László, estarás apto para saber a dónde conducen las películas de Tarr. Comienza, en el uno o en el otro, con El caballo de Turín. Este rústico y silencioso campesino solo usa su brazo izquierdo. Tiene alguna lesión en el brazo derecho. Viento. Neblina. Elementos esenciales para filmar en blanco y negro. Viento y neblina y negro y blanco y entre todo esto, esa hija y ese padre, y ese aislamiento de ambos que de repente puede mostrarnos nuestro propio desamparo, y la melancolía que crecen en el transcurso de la película hasta desbordarse y concluir en la impenetrable oscuridad.
Con la actitud del caballo, su terquedad para no tirar de la carretilla, su inapetencia para no comer, posibles consecuencias de recordar al hombre que salió en su defensa cuando le golpeaban; el hombre que lloró abrazándolo, Bela y László elaboraron una obra de arte profundamente humana y poética. Ontológica en sus imágenes cotidianas elementales. Sin discursos ni palabras, excepto la disertación existencial del inoportuno hombre que llega a la vivienda, solicita aguardiente, habla sin esperar respuestas y luego, entre la soledad y el viento, se va hacia ninguna parte. Bela ha filmado 9 largometrajes, dos más que Tarkowski, varios mediometrajes y algunos filmes colectivos.

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