
Arrierías 108
Lilia Magdalena Osorio
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Conocí a Rafael Gutiérrez Martínez en el año 1977, cuando él era residente de cirugía en el Instituto Nacional de Cancerología en Bogotá y yo, estudiante de la Escuela Nacional de Citología. Alto, de contextura media, risa a flor de piel, toma pelo, además de simpático y bien parecido. Cursaba tercer año de cirugía oncológica y más tarde se dedicó a mastología y a salvar así miles de mujeres con cáncer de mama. Con los años llegó a ser uno de los oncólogos mastólogos más destacados internacionalmente.
Por aquella época, el Instituto Nacional de Cancerología era un edificio pequeño, situado en la calle Primera con carrera Décima, donde se encontraba también el Instituto Materno Infantil y el Hospital San Juan de Dios o La Hortúa, como se le conocía. En la parte trasera del instituto, a unas cuantas cuadras, se levantaba el Hospital de la Samaritana y el Instituto Federico Lleras Acosta sobre la calle Primera con Caracas. Era y sigue siendo el sitio donde se encuentran la mayoría de los hospitales del Estado en Bogotá.
Al ser una institución pequeña, había una especial camaradería entre los profesionales en ejercicio y los estudiantes que nos estábamos formando. Recuerdo el Campeonato de futbol del año 78 cuando nos reuníamos en la sala del bloque donde vivían los residentes (médicos que hacían su especialización) y los gritos de alegría o tristeza nos hacían saltar de las sillas cuando sucedía algo emocionante. A fin de año, cada departamento celebraba la novena navideña y se ofrecía algún tipo de pasabocas y refresco. También hacíamos fiestas en la casa de uno de los médicos o residentes y en la casa de Yvette, jefe de biblioteca. Fiestas que, usualmente, iban hasta el desayuno del día siguiente con la anuencia y participación de Los Cachas, como se les decía cariñosamente a los padres de Yvette. Bailábamos sin parar todas las piezas musicales al punto de generar expresiones como: “Baila hasta el himno nacional, o baila más que un trompo”. Recuerdo una fiesta en particular a la que asistieron los residentes de cirugía, ginecología, radioterapia y medicina interna, además del director del Instituto. Para atenuar los efectos del licor, sirvieron un ajiaco, de los mejores que he probado. Muchos amanecimos en los sofás o en la alfombra y nos despertó el aroma de café recién hecho.
También íbamos a bailar a Son Caribe, en la carrera 15 con calle 93, o a Café y Libro en la 86 con carrera 14. Tiempos en los que la juventud parecía no pasar. Disfrutábamos la vida con el solo gusto de bailar. No recuerdo que en alguna ocasión hubiésemos consumido algún tipo de droga para magnificar el momento; lo más fuerte que tomábamos era aguardiente o vodka con jugo de naranja, porque, por entonces, no había la cultura del vino que existe hoy, y no teníamos dinero para tomar whisky. Rafa era un excelente bailarín y yo disfrutaba el baile como su pareja.
Con el pasar del tiempo, cada quien tomó su rumbo y nos perdimos durante casi veinte años; solo con Yvette permanecimos en contacto. Busqué a Rafa como conferencista en un taller de mama y cuello uterino que yo organizaba para el Ministerio de Salud y la Secretaría de Salud de Bogotá. A partir de esa época, el año 1996, fuimos muy cercanos y me brindó un gran apoyo profesional, confiándome el diagnóstico de sus pacientes, además de pasar a ser mi mastólogo, el de mis tres hermanas y amigo cercano de la familia.
Por su carisma, buen humor, excelencia profesional y el trato deferente con sus pacientes, pudo consolidar un buen nombre y una abrumadora clientela. Desempeño que le representó numerosos reconocimientos nacionales e internacionales y por supuesto, muchas envidias.
Con la pandemia del Covid-19, suspendió la consulta y cirugías durante la cuarentena obligatoria. Una vez levantada, paulatinamente empezó a atender pacientes que requerían un control perentorio. En el mes de junio atendió a una de mis hermanas, a quien había intervenido quirúrgicamente por un cáncer de mama, 16 años atrás, y “se le veía feliz, como siempre, y me dijo que ya estaba curada”, contó ella.
Pero, por paradojas del destino, el Covid rondó amenazante a los dadores de vida y Rafa no fue la excepción. Él, que luchó toda su vida contra el cáncer de mama y rescató de la muerte a un sinnúmero de mujeres, hoy se debate entre la vida y la muerte en la lucha contra el virus.
Hace una semana aún estaba vivo dando la batalla; hoy, cuando retomo mi escrito, Rafa ya no está. El Covid lo asedió de tal manera que, en cuatro semanas, lo venció, aun con la resistencia que demostró.
Nos dejó sumidos en la tristeza y con mil preguntas, entre ellas una: ¿Por qué él? ¿Por qué si rescató de las garras de la muerte a miles de mujeres, él sucumbió ante ella, en un corto tiempo?
Los momentos vividos a su lado serán recuerdos que me acompañarán siempre. Y la comunidad médica y, en especial, la mastología del país, lamentará enormemente su partida.
Biografía de la autora.

Nombre: Lilia Magdalena Osorio Mejía
Nacida en Bogotá y radicada en Circasia hace nueve años.
Profesional de la salud, específicamente en diagnóstico de cáncer en especímenes celulares.
Llevó a cabo Diplomado de Estudios Editoriales en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y el Diplomado para Taller de Narrativa para Escritores en la Universidad Central en Bogotá.
Desde el año 2018 asiste al Taller de Escritura Creativa Café y Letras del Quindío.
En el año 2024 publicó el libro Acuarelas: Historias de vida y soledad y prepara su segundo libro.
En 2023 fue publicado «Barranca, Velasquez y Perales» por la Revista contactus IUS. Jurisdicción Contencioso Administrativa del Quindío.
En ese mismo año, en la Antología del Taller Café y Letras del Quindío Entre Hojas, se publicaron los textos: A la luz de la luna, Cuando el amor de madre no hace falta y El sol en lo alto.
En el año 2021, se publicó “Una visita inesperada» como ganadora de la Convocatoria de Ita Editorial, Confesiones a la muerte.
En el año 2020, como ganadora en la Convocatoria Moleskin 2020, de la Editorial Lulú de España, le fue publicado su texto: El resurgir de un pueblo.
En el año 2019, recibió la mención en el Primer Concurso Departamental de Relatos Hiperbreves de Comfenalco Quindío con el texto: Discordia por un trozo de pan.

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