Edición 108

MANOS ENJUTAS EN LA CABRILLA

By 6 de abril de 2026No Comments

Arrierías 108

Luis Carlos Vélez

El aire golpea el lado izquierdo de su cara. Mira por el espejo retrovisor y nota que viaja a velocidad moderada. No tiene prisa. Este viaje no es rutinario. Hace poco tuvo un disgusto con el director del periódico en que trabaja y, por alejarse un tiempo…

Aprobada su petición de vacaciones, cree que llegó su hora para descansar y tomar un aire distinto en otro lugar.

Recuerda la señal de tijera cortadora que le hiciera el director cuando manifestó su deseo de cubrir una extraña noticia en el extranjero y su juramento de no teclear, hasta su regreso, una línea sobre el escabroso asunto del periodista que, por criticar a los medios de comunicación su alineación con los poderosos, fue condenado a morir.

Sin mirar, a tientas aprieta el botón del receptor y aunque la música ensordece, quiere disfrutar el paisaje que la rodea.

Así avanzó hasta que, kilómetros adelante, prefirió el leve sonido del viento que entra por las ventanillas y apaga el pasa cintas. Quiere distraerse para no pensar.

Detiene la marcha y los recuerdos. Al llegar al punto alto de la carretera, nota que está por llegar al final del viaje porque divisa el sitio turístico que escogió para descansar. Saca de la guantera los papeles que presentará en la administración y los coloca sobre el asiento vecino.

Anticipa que hechos los trámites y todo en orden, alguien vendrá a parquear su auto, mientras un guía la conducirá a la habitación asignada, en donde, cansada del viaje, encenderá la luz y, al borde de la cama, sacará su libreta de apuntes.

Aunque está segura de faltar al juramento, se pregunta si será capaz de enfrentar al director y publicar aquel trabajo periodístico ahora que sus manos lucen enjutas, arrugadas, después de treinta años de ajetreo diario con la máquina de escribir.

Distraída, no se da cuenta: por la línea que divide la carretera en dos carriles viene, por su mismo lado, una tractomula.

Destellos de luz, crujido de latas, y en su mente, como relámpagos, un desfile de imágenes…

Como si el golpe abriera una puerta, los recuerdos irrumpen sin orden.

Por instantes se ve otra vez en la fila. Mira hacia adelante, al sitio en donde dos guardias custodian una celda. Fija los ojos; los entrecierra para calcular la distancia y el número de personas que faltan para llegar frente a la celda.

Y solo cuando la fila, como una extraña procesión, se detiene, descubre que apenas inicia el objetivo de su viaje.

Con reservas mira al interior de la celda. Aunque en un principio llama su atención el rostro congestionado del condenado, el asombro se apodera de su ánimo cuando repara con detalle las manos del hombre muerto, sus dedos crispados y sujetos a dos trozos de hierro. Gira la cabeza y comprueba que faltan dos trozos a los barrotes verticales de la puerta de la celda. Observa con terror unas manos mutiladas a la altura de las muñecas, arrugadas, enjutas y extrañamente momificadas.

Por reflejo aferra las suyas a la cabrilla para cambiar de recuerdos: vuelve atrás, a sus primeros tiempos, cuando su carrera de periodista apenas comenzaba y tuvo que someterse a que sus primeros trabajos no tuvieran salario alguno, y otras pruebas que pasó y superó. Para aliviar un poco su inconformidad, optó por tomar las cosas con serenidad y agregarles un poco de buen humor mientras las cosas y los tiempos cambiaban. Creyó que, en adelante, el amor a la profesión, sería su mejor aliado.

Ahora: su curiosidad periodística y orgullo profesional la llevan a emprender el viaje al lugar que aparece como un pequeño punto en el mapa de aquel país extraño.

No desoyó el deseo de dejarse arrastrar por aquella novedad noticiosa que sus colegas se disputaban por cubrir. Al menos fue esa la razón por la que decidió empacar maletas y emprender el que sería uno de sus primeros viajes aéreos, acaso el más extraño de su carrera.

No podía creer lo que decían los diarios sensacionalistas. Le parecía imposible que optaran por cortarle las manos al condenado a muerte. Según investigó, cuando se dieron cuenta de que el hombre, apegado a la vida, se aferraba con fuerza tal a los barrotes, entraron a su calabozo los esbirros a tratar de persuadirlo para que aceptara su suerte y se zafara de los barrotes que lo unían a la vida. Volvió al presente y, aunque calculó que pasaron veinte años, aún le parecía increíble lo ocurrido.

No tuvo dudas al comprar el tiquete. El viaje tuvo un retraso de algo más de cuatro horas. Al cabo de dos horas de vuelo llegó a su destino. Una vez fuera del aeropuerto, abordó el taxi que la llevó al sitio que desde hacía varios días originaba infinidad de comentarios amarillistas en la prensa internacional.

Lo publicado, aunque le parecía truculento, le pareció que merecía mejor pluma, y, segura de que la suya brindaría un trabajo periodístico impecable y objetivo, tuvo la osadía de comentarlo a la dirección general.

Una semana después, el taxi avanzó por espacio de una hora a través de un paisaje árido, al cabo del cual el conductor detuvo la marcha frente al pequeño quiosco que, apartado del gran edificio, servía como expendio de la  boletería.

Volvió a sentir la fuerza de la mano del vendedor que retenía el boleto, mientras esperaba a que ella terminara de contar el dinero.

El hombre le indicó a dónde dirigirse para hacer fila. Sin afanes llegó a ella y con paciencia carreteó su pequeña maleta. La fila de numerosos curiosos, periodistas, turistas, marchaba lenta. El sol calentaba a plenitud. Cien pasos más allá, comparó el gigantesco edificio principal de la penitenciaria con un enorme monumento silencioso, en cuyas paredes grises se mostraba la variedad de hongos y musgos que la invadían. Llegó a compararlo con el inexpugnable castillo de Kafka.

Mientras avanzaba la fila, observó las emociones en los rostros de quienes, después de terminada su visita, salían por la pequeña puerta que conducía al sótano.

Se dejó llevar por la fila que avanzaba lenta hacia la puerta principal del edificio. Una vez traspasado el umbral, continuó a través del pasillo poco iluminado y percibió que la sombra que caía sobre el patio interior, la protegía del calor.

Aquel lugar tenía las características de centro penitenciario: lobreguez, estrechez, confusión, caos y una rara sensación de desubicación, debida al desconcierto de voces y murmullos lejanos que  entremezclados con gritos de los guardias que daban órdenes y contraórdenes a no sabía quién.

En el último tramo del recorrido, alcanzó a distinguir a tres obreros que, subidos al improvisado andamio, terminaban de escribir con mala escritura un mensaje con letras diminutas y desiguales sobre el enorme e improvisado letrero de fondo rojo, y a uno de ellos que levantaba el brazo para permitirle leer el texto o deletrearlo al encargado de escribir, aquello que no entendía, mientras un tercero sostenía con fuerza la pequeña escalera de metal.

Olvidó la lentitud de la fila. Entrecerró los ojos, se empinó un poco sobre los tacones para leer, pero lo impidió la distancia que la separaba del letrero.

Percibió que los pasos que faltaban para llegar se hacían lentos y le permitían el tiempo necesario para notar la rapidez de las personas que salían con los rostros  conmocionados, desconcertados. El aire enrarecido y el calor comenzaron a humedecerle la frente. Por disipar su atención del malestar, observó el piso de baldosas desgastadas. Fue entonces que surgieron las inquietantes sospechas en su cerebro.

Cuando la fila avanzó lo suficiente pudo leer con claridad el letrero escrito en español, inglés y francés. La palabra bienvenidos ocupaba un tercio del espacio total y abajo, escrito en los tres idiomas, la explicación inaudita:

“Visitantes, la dirección del penal lamenta informar que la sentencia a muerte no pudo ejecutarse a satisfacción, según lo ordenado por los jueces, debido a la negativa y resistencia que el condenado presentó en su último momento, cuando se le pidió zafarse de los barrotes de la celda. Pedimos excusas por el lamentable espectáculo que tendrán enfrente. De todas maneras, el veredicto se cumplió lo mejor posible. La idea de cortar los barrotes y las manos fue del señor director, quien asume ante los jueces de la nación la responsabilidad de su decisión. Gracias”. 

Y un poco más abajo, tal vez porque no cabía una letra más en el extraño y mal escrito letrero, dos palabras diminutas:

“La dirección”. 

Cuando regresó a su sitio de trabajo, se negó a cumplir la orden de los directivos para que recortara el contenido y modificara algunas frases que consideraban comprometedoras en su informe periodístico. Contó a sus compañeros lo sucedido y recordó que les pareció inverosímil su renuncia fulminante a ofrecer a los lectores una verdad por la que viajó y esperaba elogios…

La tractomula se acerca como un relámpago… Luego, el rebote de su cabeza sobre la cabrilla…

No escuchará:

 “¡Sáquenla con cuidado!”.

“¡Primero zafen sus manos!”.

“¡Qué raro, comandante, es difícil soltarlas…!”.

Abril 7 de 2013

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