
Arrierías 108
Patricia Monard
—
Concebir el mundo, aceptarlo y comprenderlo, a eso nos arriesgamos los seres humanos que empezamos a hacer preguntas, preguntas que es muy posible, que mueran sin respuestas, aunque hay momentos en que creo que están a un toque de mi mano o a un palmo de mi nariz, tal vez tan obvias que pasen desapercibidas.
Cómo navegar en un mar de incertidumbres, cómo saber a dónde dirigirte, si muchas veces no comprendes ni de qué se trata. No me refiero al intelecto, al cerebro frío y grisáceo o a sus múltiples neuronas palpitando haladas por cuerditas mágicas; no entendemos este cuerpo biológico, muy pocos lo hacen. Por ejemplo, no entendemos cómo funciona o qué debemos hacer para que la sangre circule hasta sus profundidades, sin olvidarse de la más mínima cavidad, ramificación o células.
Lo podemos tocar, sentir y hasta imaginar, pero realmente desconocemos nuestra intrincada y perfecta estructura celular, que respira sin cuestionar, solo hasta que deja de hacerlo damos por hecho que funcionamos, hasta que algo no está bien, y sabemos que ese algo no es el final, solo es el comienzo de un nuevo viaje.
Pero seguimos sin respuesta, ¿qué pasó?, ¿por qué seguimos allí? Nadie nos advirtió.
Llega la hora, de que aun sin respuestas, sin saber cómo ni por qué, debes tomar una decisión, eso sí, con una venda en los ojos y a veces en la boca, pero con esa voluntad característica de quienes cuestionamos todo o casi todo, de seguir preguntando: si mi cerebro proyecta lo que percibe a través de los sentidos, ¿quién está detrás del proyector?
La respuesta al parecer sería: ¡mi cerebro!, pero hasta donde sé, este órgano regula funciones, procesa información, gestiona emociones y permite el pensamiento, la memoria y el movimiento. En él no se crean los pensamientos ni las ideas.
Me comunico con el mundo a través de lo que veo, huelo, escucho, etc., es lo que entra a mi cerebro con imágenes, y yo me hago una idea con base en un rosario de creencias que tengo previamente instaladas, más o menos así funciona la cosa.
Y entonces, ¿quién crea el pensamiento y la percepción de vivir lo que nos sucede? Es algo demasiado elaborado para dejárselo al cerebro.
La manera como interpretamos lo que nos sucede es lo que nos hace distintos, y ni qué decir de la manera como reaccionamos.
¿Será posible entonces que los pensamientos ya estén creados por una órbita, ser, conciencia suprema, infinita o algo parecido que no permite significado mental y lo que nuestra mente hace sea procesarlos de aquella manera, o sea, maneras aprendidas, heredadas, transmitidas de otros? Significaría entonces que lo que dijo Jean-Jacques Rousseau hace más de 250 años, sobre que “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”, es finalmente una verdad de a puño. Aunque algunos hayan roto este concepto y aun naciendo en familias disfuncionales o en situaciones de total precariedad hayan trascendido su entorno y, contra todo pronóstico, hayan dado un gran salto con sus pensamientos, logrando trascender su marcada existencia.
¿Finalmente creo que la realidad que vivimos o creemos vivir, es mucho más de lo que nuestros sentidos nos permiten percibir? ¿Nos atreveremos a ir más allá y averiguarlo? ¿Será esto a lo que llaman el despertar de la conciencia? Pues ni idea, solo soy una preguntona más; de lo que sí estoy segura es de que tengo muchas conversaciones pendientes conmigo misma, que voy desarrollando lentamente. Espero que imaginen lo satisfactorio que puede llegar a ser la propia observación, el lenguaje no verbal con el propio cuerpo y, lo mejor de todo, para acceder solo se requiere de voluntad. Ni libros, mantras, pastores, terapeutas o todo lo que se parezca, solo levantarse un día y decir «voy a probar», eso se llama voluntad. Voluntad para enfrentar tus pequeñas batallas y mucho más.

Comentarios recientes