Edición 108

UN CULO QUE SACA LA CARA POR ELLA

By 7 de abril de 2026No Comments

Arrierías 108

Umberto Amaya Luzardo

El cuento que le hubiera gustado escribir a Luis Cermeño.

Arauca huele a Venezuela y Venezuela huele a gente de todos los colores, pero los estados llaneros de Venezuela huelen a moreno, a negro no, a moreno. Es como si a un lote de vacas le hubieran puesto de padrote a un toro lebruno y todos los hijos del toro hubieran salido del color de las liebres, pienso yo. Pero una vez, que todos los cuentos tienen sus veces, como si a medianoche hubieran sacudido un cuero de tigre en medio del corral, esa gente morena se barajustó por millares y vinieron a parar el barajuste aquí en Arauca.

Venían hombrecitos con sus mujercitas y las mujercitas con sus carajitos en el cuadril, y digo hombrecitos porque no tenían más de dieciocho años y las mujercitas quince y los carajitos mamando teta todavía y llegaban sin nada; bueno, casi sin nada, con una hamaca y el Padre Nuestro en la boca, porque bien creyentes sí son; y tú sabes cómo somos aquí en Arauca, los hombres no tanto, sino las mujeres, que cuando ven un desamparado el pecho se les raja, el alma se les estruja y no pueden dormir hasta que no lo ayudan.

¿Muchacha y tú dónde te vai a quedar?  —Caminá pa´mi casa, pero te digo una cosa: yo vivo bien lejos—

Y con el sol del mediodía arrancaron a pie, por allá, más allá del aeropuerto viejo, pa´ los lados de Mata e´venao y llegando apenas, bajo la sombra de un palo de mango, le sirvieron el almuerzo: cachama guisada, arroz, medio plátano maduro y un pedazo de queso; y la morena a cambio de comer se puso a llorar

¿Muchacha y porque lloras? Le preguntó la dueña de la casa y ella le respondió

—-Ay, doña, porque me acordé de mis hijos, que yo aquí con este almuerzo y ellos allá, sin nada.

No alcanzaban las embarcaciones para tanta gente; a una canoa le caben dieciocho pasajeros, pero como venían tan flacos les metían treinta y seis. Los primeros en llegar colgaron las hamacas en los árboles de la orilla del río y la gente que vive en el borde del barranco aprovecharon el desorden para cobrarles a los migrantes dos mil pesos diarios por el derecho guindar la hamaca y a usar la letrina. Los que tenían modos arrendaban piezas, pero no había piezas para tanta gente.

En la plazoleta de la alcaldía los dejaban dormir, con la condición de que llegaran después de las diez de la noche, antes no, porque —qué pena que pase alguien por ahí y vea la plazoleta de llena de gente pobre tirada ahí, en el suelo—  Entonces, sudorosos paseaban el cansancio hasta esa hora por el lugar más popular de todos: El Parque Caldas, un parque lleno de amores y desamores, donde se compartía el piso de la tarima con los habitantes de calle y se conseguían papas rellenas a mil pesos, papas que todos procuraban comprar pasada la hora del almuerzo y poco antes de la cena, para con esa sola comida engañar el cuerpo hasta el otro día.

Los locales de Arauca se llenaron de peluqueros especialistas todos en rasparle las sienes a la gente y dejarlos con el mismo peluqueado que usan los pandilleros del Salvador; los cuartos que tenían vista a la calle lo arrendaron modistas que sólo hacían arreglos y remiendos; los dueños de los hatos consiguieron parejitas de morenos que les cuidaran los fundos y ordeñaran las vacas. Las calles se llenaron de pregoneros que paseaban el pueblo gritando —mantequilla con cáscara, mantequilla con cáscara— se asomaba uno intrigado y miraba un moreno empujando una carreta llena de aguacates.Las mujeres mayores se ocupaban de hacer aseo en las casas de los araucanos y también de preparar lo que sabían hacer —caraotas, arroz blanco y carne guisá y no hago más ná— si les exigían una ensalada rayaban una zanahoria, picaban medio repollo, le echaban sal, limón y una cucharada de azúcar. Y las muchachas que eran la mayoría, se conseguían un termo, se ponían unos shorts bien apretados y a vender tinto, a lucir las piernas y a conseguirse la plata de cualquier manera

 —Consiga la plata mija, consígala honradamente, sino puede honradamente, consiga la plata mija—

 Tanto así, que empezaron a morirse los pensionados y coincidencia grande a todos les encontraban pastillitas azules en la cartera. Se tomaban la pastilla, se les ponían las orejas rojas y grandotas, los ojos se les brotaban y se les paraba el corazón. Los que se salvaban, en esa angustia llegaban a entender que cada segundo de la vida es un regalo y que se habían salvado tal vez porque no tenían pensión y la comida no llevaba carne gorda todos los días. Salían del susto, abandonaban la lujuria y con el espíritu trastornado, se dedicaban solamente a admirar las bellezas pasajeras y a echarle migajas de pan a las palomas en el parque principal.

Hasta que los empezaron a mirar feo. Los primeros que empezaron a mirar feos a los migrantes fueron los familiares de los pensionados, porque no morían decentemente en su casa, sino en un cuartucho de un barrio humilde, empelota y con la polla levantada y tiesa como el estantillo de una cerca. También empezaron a mirarlos feos los que fueron víctimas de robos y los miraban feos porque eran tantos que se convirtieron en el setenta por ciento de la población araucana y el día de las elecciones elegían a los candidatos que les engrasaban la mano; pero pasadas las elecciones otra vez, a sus oficios humildes, llevando sol todo el día para conseguirse lo de su sustento y un poco más para enviar a su familia.

Todos querían quedarse a vivir aquí porque era lo más cerca para pegar un carrerón faltando cinco pa las doce a abrazar a su mamá, para ir el diecinueve de marzo a fiestear en Elorza y sobre todo para llevar la torta cumpleaños al hijo que vive en Boconoíto, o en El Samán de Apure. Era tanta la gente, que dormían en cualquier alero y hacían sus necesidades en cualquier andén, hasta que el rebaño entendió que la única solución era arrancar a pata limpia y vivir del camino queriendo llegar a Yopal, a Bogotá, a Medellín, a Ecuador, a Perú y Chile que era donde mejor les pagaban.

Fue en ese momento de arrechera contra los migrantes, que conocía a la carajita de las naranjas. Llevaba siete docenas de naranjas enmalladas, dos en cada mano, una colgada al cuello y en un bolso tricolor cargaba dos docenas más. Yo tenía en esa época sesenta y tres años no era un galán de pueblo, no tenía carro, ni moto, sino una bicicleta que los ladrones despreciaban por su aspecto.  Vivía cuidando el apartamento vacío de un amigo que se amañó en Bogotá. La carajita apenas si llegaba a los dieciocho años, su peso no alcanzaba a los cincuenta y ocho kilos y su cara y sus brazos color cobre viejo, brillaban por el sudor.

—Véndeme una docena— añadiendo –y si quieres un vaso de agua fría entra y te lo tomas ella entró, se sentó a descansar y a esperar el agua; junto con el agua le traje trozo de panela, un pan y un pedazo de queso, como tantas veces lo hicieron conmigo en mi vida de peregrino.

Me recibió la bandeja, se tomó el agua con las ansias del que tiene mucha sed y mientras se comía el pan y el queso me contó que en toda la mañana era la primera venta que hacía, y que la gente, le comprara o no las naranjas, siempre la hacían cara de desconfianza; que yo era la primera persona que la trataba con humanidad.   Le traje una toalla húmeda para que se frotara la cara y los brazos y así disminuyera el calor, se frotó, se paró y cuando se despidió me dio un abrazo tan lleno de gratitud y se me pegó al cuerpo con tanta fuerza que sintiendo su juventud entre mis brazos solo atiné a decirle —tengo treinta mil pesos, si te quedas un rato conmigo te los regalo—

Dámelos pues— me respondió, y le puso tanta voluntad que terminó haciendo el amor de manera animal, como queriendo decir —si no me los gano vendiendo naranjas, me los gano en el trabajo honrado de hacer bien el amor— y sin pudor alguno, sino mejor, con la ferocidad que sólo había encontrado en las mujeres de cierta tribu en el Guainía; y sin hacer el amor tuvimos sexo y fue tan gentil conmigo que de puro agradecido le compré las seis docenas de naranjas que le quedaban y de ñapa la invité a almorzar a una pollera cercana. Almorzando le conté que era la primera vez que le ofrecía plata a una mujer para que se revolcara conmigo y ella con la tranquilidad del mundo me respondió

—Y yo es la primera vez que le recibo plata a un hombre por acostarme con él, pero las buenas acciones son como los besos en los labios y usted es un hombre bueno—acentuó apretándome una mano con coquetería y, cuchareando la sopa continuó:

—Me tomo la sopa y guardo el seco para compartirlo con mi mamá, que ella tampoco ha almorzado; además, tengo una niña de tres años y mi mamá tiene treinta y tres; ella me parió a los quince y yo también parí a esa edad—.

—Almuerza tranquila y pedimos otro para que se lo lleves tu mamá y tu muchachita— le dije,convencido que con todo el oro del mundo podía comprar otro momento así. Ensartó una papa en el tenedor y levantándolo me contó —yo paso por aquí cada dos días

Queriendo colaborarle empecé a comer naranjas calculando que cuando regresara ya las hubiera acabado todas. Exprimí las ocho primeras, las ocho segundas y las ocho terceras en el transcurso del día y exprimí otras ocho en la noche. Para el segundo día me quedaban cuarenta y cuatro naranjas todavía, que también me las comí en cuatro exprimidas de a once.

Cuando regresó de nuevo le compré siete docenas más y apenas se fue, me metí a Google a buscar datos sobre el consumo de naranjas y el exceso de vitamina C en el cuerpo, y decía que —con una naranja diaria es suficiente para suplir la vitamina C que el cuerpo necesita— yo me había comido las siete docenas en dos días y tenía ochenta y cuatro más haciendo cola. Aprendí también que el mucho consumo de naranja y el exceso de vitamina C lo único que puede dar es diarrea. ¡Jajá, me cago feliz!

Por fortuna o tal vez por consideración, a la tercera visita ya no traía naranjas, sino melones y empecé como Gandhi, a comer crudo y a incluir mucha fruta en la dieta y de esta manera formar un escudo contra los virus actuales, aunque el más cruel de todos los virus es la desnutrición infantil; mueren ocho mil quinientos  niños diariamente por el hambre  (uno cada diez segundos) y nadie se escandaliza; en cambio una simple gripa como es el coronavirus, pone a rasgarse las vestiduras a políticos y periodistas.

La carajita de las naranjas no volvió más, pero a los cuatro años conocí la mamá que tenía ya treinta y siete años y yo había cumplido los sesenta y siete, le llevaba apenas treinta añitos no más.  —mi hija me dijo que viniera a saludarlo, que de toda la gente que había conocido, usted fue el mejor porque le dio la suerte— acertó a decir, contándome que su hija estaba en Perú y ella iba para Bogotá a trabajar vendiendo papas rellenas, que tenía que esperar aquí una plata para el pasaje.

¿Será que usted me da posada por esta noche? Me preguntó y le respondí —los días que sean necesarios— salimos a un bebedero de cerveza y estando allá me contó que su mamá era una morena de los lados Montería, que en los tiempos de migración de colombianos se fue a vivir a Venezuela. —Cuatro cervezas no más, porque si me emborracho no funciono— le dije, y ella por respuesta sólo me sonrió.

A eso de las once de la noche regresamos al apartamento, nos tomamos una infusión de leche con mariguana y nos fuimos a la cama. La miré bien dándome cuenta que si el toro lebruno había dejado lo suyo, las vacas criollas del Valle del Sinú habían puesto la mitad en el desarrollo de esa raza que produce una carne tan apreciada por allá, por los lados de Montería. Se me sentó encima y empezó a moverse hundiendo los resortes del colchón hasta que la cama se armonizó con el movimiento y también empezó a levantarse de manera leve al principio y fue subiendo la intensidad al igual que las olas van creciendo hasta formar la tempestad. Ella con un movimiento acompasado lograba que la cama empezara levantarse de las patas produciendo un ruido que me desconcentró de lo que estaba haciendo y me puse a pensar en los vecinos que no podían dormir con el ruido, pero lo pensé únicamente sin decirle nada y ella continuó con su bulla hasta que llegó el grito de rigor: una queja fúnebre como si yo la estuviera sodomizando. Descansó un poco y continuó cuatro veces el mismo ritual, hasta que por fin a las cuatro de la mañana no jodió más y yo en la incomodidad de haberle montado el gorro a mis vecinos, no hacía más que pensar en las disculpas que seguro nadie me iba a creer.

A las seis de la mañana sonó el timbre, muerto de sueño y de intriga abrí la puerta y era una vecina que se apresuró a decirme —vecino buenos días ¿será que usted me puede prestar la llave del garaje?  me preguntó metiendo la cabeza y estirando el pescuezo a ver si podía mirar a la heroína de esa noche. Una hora más tarde llegó otra vecina vestida de rojo insinuante a proponerme que entre todos los vecinos le hiciéramos aseo a la terraza. No quería irse para la oficina sin antes mirar a la mujer que trasnochó no sólo a la gente del edificio, sino a toda la cuadra. Llegó una tercera con el recibo del agua, entonces llamé a la mamá de la carajita y le dije que le pidiera disculpas por la bulla y ella sin pararse de la cama me respondió ¿y usted para qué me dio de eso?  Ese mismo día le llegó el giro, agarró un bus y no supe más de ella, pero vivo agradecido con la publicidad que me hizo entre las vecinas, que cuando las saludó de beso en la mejilla me responden —mire como me puse, me ericé—

Once años pasaron desde el encuentro con la mamá y quince años desde la última vez que vi a la carajita de las naranjas, yo tenía setenta y ocho años cuando desde el andén gritaronla contraseña —Carelapa—, que aquí se grita porque el timbre nunca ha funcionado.Me asomé a la ventana y la que gritó era una morena muy joven, le tiré las llaves, subió al tercer piso y me dijo:

Yo soy Oriana la hija de Gabriela, hace quince años me fui con mi mamá a vivir a Perú y me vine porque quiero conocer la familia que tengo en Venezuela. Llevo cinco días cambiando de autobús y lo único que quiero es ducharme—

—bueno báñate— le respondí, dejó la mochila en la sala se metió al baño, se duchó, abrió la puerta del baño y salió empelota. La puerta del apartamento estaba abierta y las cortinas corridas, yo un poco turbado le pregunté ¿qué pasó? 

que se me quedó la ropa limpia en el morral— y con la elegancia de la rosa y la sencillez de la margarita añadió —pero yo quiero que antes de vestirme usted me dé un masaje— y se tendió boca abajo en la cama. La observé por un momento y le respondí —voy a buscar una crema buena— pero la verdad, busqué un viagra masticable, lo partí, puse la mitad bajo la lengua y me fui a darle el masaje con mucha calma, dándole tiempo a la pastilla que funcionara. Empecé por las yemas de los dedos, un masaje que le pone los ojos brillantes al masajeado; le froté los brazos y las piernas siguiendo el dibujo de los músculos y por último en los lomos, esos músculos largos que empiezan en la nuca y terminan en las nalgas. ¡Ay, las nalgas! eran morenas, duras y lisas como un par de totumas y el culo todo, era un rostro oblongo sin ojos, sin nariz, sin boca, ni expresión alguna, pero tan hermoso que sacaba la cara por ella. No fue un masaje, fue una caricia religiosa y cuando metí la mano con la intención que llegara hasta el pubis, comprobé que estaba completamente encharcada.

Calificándola de uno a diez le pongo siete y por gratitud un ocho. Busqué una toalla húmeda, la froté, se quedó dormida y como el hierro se machaca caliente, encendí el computador para plasmar esta historia. Por la mañana me dijo que su mamá no tenía marido porque desde que se separó de su papá hizo la promesa ante la Virgen de Guanare de no volverse a casar. Me contó también que ella, mientras estudiaba bachillerato, hacía trabajos pesados en el puerto de Lima y estudiaba canto; y afirmando las piernas entonó una estrofa de esa canción mestiza que nos identifica tanto como el Alma Llanera.

—Recogía la risa, de la brisa del río y al viento la lanzaba, la flor de la canela—

                                                                                                                                  The End

Arauca día de los Inocentes 2005

Umberto Amaya Luzardo.

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