
Arrierías 109
Lilia Magdalena Osorio
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Un sábado radiante, me levanté muy animada y pensé: «¿Por qué no me doy un paseo por el centro y visito la exposición del Parque Cafetero? Me tomo un café en la Plaza de Bolívar y deleito el ojo en las vitrinas aledañas. Puedo caminar un rato y luego almuerzo por ahí».
Me duché y a eso de las nueve y media salí de mi casa rumbo al centro, me sentía feliz. Al dejar el condominio donde vivo, observé el esplendor del Nevado del Tolima que, semejante a una torta con helado de vainilla, se mostraba imponente. Lo admiré unos instantes y continué mi viaje hasta Armenia. Solo ocho kilómetros me separaban desde Circasia.
Tomé la Avenida Centenario y a la altura del parque de Los Aborígenes me extasié una vez más con la visión que la naturaleza me ofrecía: las montañas iluminadas por el sol, circundadas por nubes blancas con formas caprichosas sobre el fondo azul del cielo. Abajo se divisaban los guaduales que aún sobreviven a la deforestación, para dar paso a grandes complejos urbanísticos. Al cabo de unos minutos reanudé mi camino: recorrí toda la ciudad por la Avenida Centenario hasta el final; atravesé el puente sobre el río y tomé la dirección hacia el parqueadero donde dejé el vehículo, para poderme desplazar a mi antojo por el centro.
En el Parque Cafetero había una exposición de pintores quindianos, para la que dediqué el tiempo necesario, y al llegar al último panel, pensé: «Voy a tomarme un café en este quiosco». Pero en ese preciso instante, se acercó un hombre relativamente joven, alto, extremadamente delgado, con mirada un tanto extraviada, ropas raídas y sucias, que intimidante me dijo:
—¡Hola! ahora no me va a decir que no se acuerda de mí; estoy viejo y sucio, pero míreme, ¡soy Armando!
Quedé petrificada. No pude contestar palabra alguna.
—¿No? Usted es Margarita. Soy Armando López—.
Al escuchar el nombre, mi mente retrocedió al aula de cuarto de bachillerato. «¡Claro, es Armando!», recordé al muchacho de padre beodo que maltrataba a su esposa cada vez que llegaba a la casa perdido en el licor; el mismo a quien ayudé a salir del vicio de la marihuana y que llegó a graduarse como arquitecto en la Universidad Nacional de Bogotá. En fracción de segundos reviví épocas de estudiante, tiempos maravillosos sin mayores preocupaciones, porque los padres suplían todas nuestras necesidades y la única obligación era obtener excelentes resultados en el colegio.
Como consecuencia de la violencia intrafamiliar, la moda de la marihuana y las drogas a mediados de los años 70, Armando se sumió en el vicio. Primero cannabis y luego anfetaminas y cocaína. Llegó al extremo de sustraer objetos de valor de la casa materna para venderlos y obtener droga.
—¡Armando! Pero ¿qué haces aquí?
Yo no sabía si abrazarlo o extenderle la mano como saludo, hasta que, venciendo el asco, lo abracé emocionada. Habíamos sido buenos amigos y yo lo veía como el hermano menor.
—Usted sabe, salí de esa olla, pero… volví al fondo. Salir de allí es muy complejo y ahora ando friquiao. En cambio, usted está muy bien; aunque han pasado muchos años, yo no la he olvidado. ¿Vive aquí?
—Sí, hace un año vivo en Circasia, y estoy feliz. Bogotá se convirtió en una ciudad hostil. Ven, vamos a tomar un café y hablamos.
Nos sentamos en un quiosco y pedimos dos cafés. Yo sentía cómo la gente nos miraba con inquietud, como queriendo adivinar cuál era la razón para que un habitante de calle estuviera sentado con una señora tomando café.
—¿Quieres algo de comer? —, le pregunté.
—Me da pena, pero sí, tengo hambre.
Dos lagrimas rodaron por sus mejillas. Sentí un gran dolor al ver aquel hombre cercano a mi adolescencia, sumido en la droga. Pedí algo para acompañar el café y no paraba de observarlo. La empleada regresó con un café con leche, otro negro, un chicharrón, un pan de queso y una empanada, que colocó frente a cada uno, de acuerdo al pedido.
—Bueno, cuéntame cómo llegaste aquí, ¿qué pasó con tu familia, ¿tú mamá aún vive? —, pregunté.
––Sí, vive en Bogotá. Ya está muy anciana y llevada de la diabetes. Yo… ¿Cómo llegué aquí? Pues, por cosas de la vida, de mis andanzas y de la droga. Terminé la carrera a trancas y barrancas por la vieja, desarrollé algunos proyectos importantes, pero terminé en la calle porque en la casa ya no me aguantaban, metiendo todo el día y robando a mi mamá para comprar más vicio. Me casé con Patricia Jiménez, ¿la recuerda? tuvimos un chino, pero como yo no producía, pues ella se abrió y no los volví a ver… debe tener 30 años. ¡Qué piedra! He comido mucha, pero mucha mierda; el perico y toda esta porquería que me meto no me dejan levantar cabeza. Ahora ya ni puedo comprar eso, es muy costoso. Meto pegante, hasta me quita el hambre. El otro día un man me apuñaló y casi me muero; hubiera sido mejor… Esto es una mierda y no tengo la verraquera de terminar de una vez con esto que se llama vida. Una noche duermo aquí y otra, allá, siempre con hambre y vuelto una desgracia.
Lo escuchaba con mucho pesar, no podía creer lo que veía y oía y pensé: «Las vueltas que da la vida».
—¿Quieres algo más? —, pregunté.
De repente, se abalanzó sobre mí y, sin darme tiempo de reaccionar, me vi sometida por aquel hombre andrajoso y sucio, que me asía con fuerza e intentaba besarme. Sin saber cómo ni porqué, me abandoné al abrazo y respondí dulcemente a los besos ácidos que me brindaba, provocando gran murmuración de los allí presentes.

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