
Arrierías 109
Luis Carlos Vélez
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Cansado de mi encierro, decidí fugarme poniendo en práctica las instrucciones que aparecen en uno de los libros que me trajeron de regalo, y tratan sobre viajes astrales, esoterismo, ocultismo y teosofía, cábala y alquimia. De tanto darle vueltas a estos temas, terminé por arriesgarme a fraguar un plan de fuga, y estoy seguro: por aliviar mi situación, caí en la credibilidad exagerada y ahora no encuentro cómo regresar.
Empecé por hacerme a la amistad del carcelero autorizado para entrar a revisar mi celda y, al notar su adicción, le obsequié un cigarrillo para estudiar sus flaquezas. Aceptó, pero puso por condición que debíamos fumar juntos, no fuera que lo descubrieran y cancelaran su contrato de trabajo. Así lo hizo, casi a escondidas, por varias semanas.
Con charlas sobre diversos temas me gané su confianza y, cuando sospeché que me ganaba su amistad, empecé a comentarle mis lecturas. Y vaya sorpresa: se apasionó y en adelante fue nuestro único tema… Su confianza conmigo llegó al extremo de no pedir permiso para fumarse mis cigarrillos…
En mis propósitos estaba fingir una crisis anímica para despertar su lástima y que consiguiera para mí las prebendas que necesitaba para seguir con mi plan; no hubo inconvenientes y pude ver con satisfacción que me concedieron:
Primero, no ser molestado en las mañanas y que, a cambio de mi hora de ejercicios en el patio, me permitieran dedicarme a la lectura en mi celda; segundo, que fuera cambiada mi sobremesa de la comida de la tarde por un vaso de agua; y tercero, que no retiraran nada de lo que trajeran con mi cena hasta el día siguiente.
Así se hizo por varios días.
Parte de mi plan consistía en dejar un poco de agua en el vaso y, a la espera de la ocasión propicia para mi fuga, seguí con mi rutina carcelaria.
La noche elegida, recostado en el camastro, dejé los ojos fijos en un punto del techo e inicié los ejercicios de relajación, meditación, respiración, repetición lenta del mantra escogido, y me preparé para empezar mi viaje astral.
Acto seguido, con la relajación lenta, caí en profundo sopor; seguí con la meditación, alejé toda clase de pensamientos hasta dejar mi mente en blanco como una hoja de papel y utilicé el mantra escogido, hasta oírlo resonar dentro de mí. Una vez me desprendía de la sensación de peso, empecé a flotar poco a poco hasta el techo y, desde allí, pude ver mi cuerpo tendido en el camastro.
Mi viaje estaba en su fase final: mi cuerpo astral bajó, entró al vaso y escapó a través del agua.
Abandoné la celda, floté por los pasillos, salí de la prisión, volé sobre los edificios y pensé: soy libre, soy libre al fin… aunque solo fuera durante unos minutos…
Sabía que al cabo de una hora debía regresar y mi carcelero, como de costumbre, se dirigiría a mi celda; daría unos golpes suaves a los barrotes y entraría a despertarme. Al ver la posición de mi cuerpo, la placidez de mi rostro y la flacidez de mis músculos, sabría que estaba en uno de mis vuelos, pero al evitar —sin saberlo— que se derramen los últimos sorbos de agua que dejé en vaso (último eslabón por donde puedo regresar), se haría cómplice de fuga.
Cárcelero
En los muchos años que llevo trabajando en el penal, es la primera vez que veo un preso que se interese en cosas de intelectuales; que lea y tenga una conversación amena en la que se refleje algo diferente a lo que se habla aquí. Soy bachiller y lo que me quedó fue una afición a la lectura que raya en la adicción. Pienso que también soy un preso, pero de los libros. Y a veces me gusta emborronar papel; por ahí tengo mis nociones sobre escritura y espero encontrar algo que valga la pena de escribir.
Es un preso interesante y nos estamos haciendo amigos.
Me gusta ir por las tardes a conversar con él porque sus lecturas son extrañas: esoterismo, cosas del espíritu, poderes de la mente y viajes astrales. Es entretenido, aunque lo noto decaído. La soledad y el silencio, mal manejados, enloquecen a los menos preparados. Es un hombre de pocas exigencias. Ya hablé con la dirección y logré para él algunas prerrogativas.
Me cae bien y me pregunto cuál pudo ser el delito que lo trajo aquí.
Ayer, que fue mi día libre, estuve investigando en la biblioteca acerca de lo que hemos estado conversando. Supe que eso de los viajes es peligroso y esta noche que visite su celda voy a decirle que, sin las instrucciones de un guía experimentado, puede ser un viaje sin retorno…
Encontré, pero no alcancé a leer, el capítulo que se refiere al vaso de agua y que él comenta tanto. La próxima vez que tenga día libre, averiguaré para qué sirve. Hay algo en ese detalle que no termino de entender.
Voy a su celda y desde afuera miro adentro… Creo que, mientras esperaba mi llegada, se ha puesto a dormir, porque golpeo la reja y no responde. Observo bien y veo que respira tranquilo; tiene el cuerpo, según dice él, en completa relajación.
Abro la reja y entro a esperar que despierte.
Paso la vista y creo que ya comió porque noto restos de comida sobre la mesita y, al ver el vaso de agua apenas lleno, no sé el motivo, pero me dejo llevar por un impulso extraño…
Además, como ya somos buenos amigos, no creo que se disguste cuando le diga que antes fumarme uno de sus cigarrillos mientras despertaba, me bebí el poco de agua que dejó en el vaso.
Septiembre 8 de 2001

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