«Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender.»

Marguerite Yourcenar.

Escritora francesa (Bruselas, 1903–Isla de Mount Desert, Maine, 1987). Su verdadero nombre es Marguerite de Crayencour.

Fue traductora de autores como Henry James, Yukio Mishima y Virgina Woolf, y en 1951 publicó su gran éxito Mémoires d¨Hadrien (Memorias de Adriano), novela en la que estuvo trabajando una década y que le reportó gran popularidad y una excepcional acogida de la crítica. Perteneció a la Academia Belga desde 1970, y se convirtió en 1980 en la primera mujer en pertenecer a la Academia Francesa

No es de extrañar que la autora eligiera el estilo epistolar para esta novela, ella misma frecuentaba y disfrutaba de las cartas como vehículo para mantener vivo un recuerdo y reflexionar sobre el arte en la comunicación cotidiana.

En el prólogo nos cuenta que al momento de la reedición (1964) volvió a leer Alexis o el tratado del inútil combate, para hacer el “balance de un mundo transformado y si era necesario hacer un retoque”, llegando a la conclusión que “las costumbres, aunque se diga lo contrario, no han cambiado mucho”.  Recordemos que esta novela fue publicada en 1927, “lo que, si cambia, a su alrededor, es la extensión de la zona de silencio o el espesor de las capas de mentira”.

Marguerite Yourcenar en un estilo melancólico, con una prosa bellísima y en forma epistolar, deja al personaje hacer un análisis introspectivo profundo que le sirve de catarsis. Nos va develando en forma muy sutil el inútil combate sostenido entre sus inclinaciones y lo que consideraba se esperaba de él. Es una carta dirigida a su esposa Mónica relatándole toda su vida, haciendo énfasis en la infancia, la adolescencia y su amor por la música.

Alexis indaga en lo que significa convivir con un cuerpo. Ese mismo cuerpo en el que nosotros lectores convivimos sea por resignación, humildad o forcejeo, pero ahí está: con sus deseos, sus inquietudes y sus reflexiones. Quizás la lucha no sea la misma que la del joven músico ¿quién no se ha cuestionado a veces lo que siente?

El espejo en que se atreve a mirase es borroso “Solo, ante un espejo que descomponía mi angustia, he llegado a preguntarme qué tenía yo en común con mi cuerpo, con sus placeres o sus sufrimientos, como si no le perteneciera” (Pgs. 29/30).  No son pocas las veces que se menciona el espejo, también los estanques de la infancia de Alexis en Woroïno y siempre el reflejo no es nítido. No son objetos menores porque son mencionados varias veces durante la historia y desatan, cada uno por su cuenta, reflexiones sobre el estado vital del protagonista y su angustia.

 “La primera consecuencia de las inclinaciones prohibidas es la de encerrarnos dentro de nosotros mismos: hay que callar o bien no hablar más que con nuestros cómplices” (Pg. 31). Esta confesión de Alexis nos vuelve a nuestra propia adolescencia, tantos silencios ¿cuántas veces no sentíamos perplejos con nuestras sensaciones y teníamos vergüenza de contarlas?, inclusive, ya adultos, hay momentos que nos encerramos y no le confesamos a nadie nuestras transgresiones. Puede que hoy en día las leyes hayan cambiado, pero todavía hay temas que son tabú. La vida nos muestra que las cargas de silencio o actitudes ignorantes son las que despliegan sobre nuestra sociedad incuestionable oscurantismo, y optamos por no hablar de ciertos temas.

 “No he sabido o no me he atrevido a decirte la adoración que me hace sentir la belleza y los misterios de los cuerpos, ni cómo, cada uno de ellos, cuando se ofrece, parece aportarme un fragmento de juventud humana” (Pág. 69), es al final de la carta cuando habla directamente de su sentir. Antes sus encuentros sexuales eran narrados con extremo pudor: “regala flores a muchachos bellos” no dice en ningún momento que también había entrega del cuerpo. “Recuerdo la curva especial de una nuca, de unos labios o de unos párpados” son sólo señales, como lo fueron al principio de la carta, cuando le dice que tuvo “los primeros toques de alarma (estremecimiento de la carne y estremecimiento del corazón)

No se disculpa, simplemente expone “si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida” y cuando habla de ellos como pareja dice “Tampoco fui feliz a tu lado, pero imaginé la felicidad como el sueño de una tarde de verano

En la página 19 hay una especie de explicación o tal vez simplemente busca comprender cuando dice: “No se siente pasión por lo que se respeta ni quizás por lo que se ama. Sobre todo, no se enamora uno de quien se le parece y yo no difería mucho de las mujeres”. Él vivía entre mujeres y se identificaba con ellas. Sin embargo, es claro al reconocer que no es el exterior el que influye sino la naturaleza con que se vive.

Al principio del relato empecé a subrayar todo lo que me parecía hermoso o relevante para dejarlo, porque me di cuenta de lo infructuoso. La sensibilidad con que está escrito es de una belleza extrema y todo el texto son trozos de vida. No necesitó Marguerite Yourcenar un relato largo para entregarnos la imagen que tenemos del destinatario y, por rebote, la que tenemos de nosotros mismos frente a esa persona. Cuántas veces nos sentimos culpables de ser como somos y cuántas personas tienen aún en este siglo XXI dificultad de ser ellas mismas sin tapujos ni sentir que son distintas.

El Caimo, febrero 2021

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