El Abuelo, quien en cuestiones de fútbol era el mejor, nos llevó a fijar “La Oficina” en el Cementerio Central y nosotros lo seguimos. Era el armador del equipo, el que nos enseñó a pelear con las defensas y a discutir con el árbitro, pero también era el único con el carácter necesario para moverse con soltura y en terreno conocido en lo relacionado con… aquello.

Fijamos “La Oficina” en el Cementerio Central, porque a eso de las cinco de la tarde, era el lugar más seguro. No estaba muy concurrido, no había autoridad y los pocos rezanderos que había ni nos miraban, así que el abuelo, tremendo armador del equipo y líder de la gallada, con sus canas nimbadas por el sol de aquella tarde, sacó de su chaqueta el “calillo”.

Como para el Compadre era su primera vez, los nervios lo predispusieron con lo que vendría, pero sumado a sus convicciones religiosas, pese a que le explicamos que eso no tendría nada que ver, pues pasó lo que pasó.

Como siempre, el calillo lo inauguró el Abuelo y su rostro joven y risueño, expresó la complacencia de la primera aspiración, que no distó mucho de la segunda, ni la tercera, con la cual cedió el honor al nervioso, indeciso y primerizo Compadre. Este tomó aire, miró temeroso a cada uno como si estuviera a punto de cobrar un penalti, recibió el calillo y copiando al Abuelo, se lanzó a las primeras y últimas tres aspiraciones de la yerba, que ese mismo día le harían prometer que jamás las repetiría.

El efecto no tardó mucho. El Compadre, empezó a reírse primero lento, como un bobo y después su risa se fue soltando hasta ser una carcajada estrepitosa que el Abuelo se apresuró a calmar, porque: “Cálmese ñero, que’so sí nos banderea güevón”. Hasta ahí todo fue, digamos controlable, porque cuando el primerizo comenzó a ver las ánimas salir de sus tumbas a reclamarle su irrespeto y al pendejo este le dio por ir a pedirle perdón a Pizarro, a Salomé y a todas esas ánimas tranquilas del cementerio central, que más bien se dedican es a hacer milagros, según dicen, pues ahí sí tocó sacarlo y “sacarnos” de la oficina.

Fue llegando a la avenida Caracas, que contagiados de la risa del compadre, todos hacíamos lo mismo, cuando el Abuelo se puso muy serio al exclamar:

“¡Huy güevones! ¡Se nos quedó aquello!

Y morados de la risa nos devolvimos hasta el cementerio, más exactamente en la tumba de… No, esas cosas no se deben decir. Son reservas del sumario, como quien dice. El caso fue que llegamos y ahí estaba el paquetico inocente de lo que había producido. Lo iba a coger para meterlo entre mis… Perdón; otra reserva del sumario, en fin, lo iba agarrar pero no pude, porque en ese preciso momento nos cayó una pareja de uniformados que al ver la risa del compadre, creyeron que era irrespeto y luego de requisarnos tan a fondo que a mí me descubrieron una hernia, dimos con los huesos en la comisaría, donde según dijeron los agentes, estaríamos durante 72 horas por irrespeto a la autoridad. ¿Qué tal sin alcanzo a coger el paquetico?

Ya en la comisaría, fue el Abuelo, quien, por moverse en esas lides policiales gracias a su barrio, bastante “movido”, de por sí, sacó su peinilla, peinó las prematuras canas que le sembraron el apodo de los del equipo a sus veintitrés años y después de charlar con uno y otro agente, logró que nos soltaran después de hacerle aseo a los baños.

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